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Antes de la edad de oro del cine de superhéroes que estamos viviendo ahora mismo, tanto en cantidad como, personalmente, en calidad, contadas adaptaciones golpeaban las pantallas de los grandes cines con tal de llevar a los seguidores que disfrutaban de los escogidos personajes en los comics a las salas. Con Mark Steven Johnson a los mandos y Ben Affleck como cara protagonista, Daredevil fue uno de los afortunados. O bueno, quizá debería decir de los mancillados.

Muchas obras nos han demostrado que a la hora de realizar una adaptación a la gran pantalla no hay que auto limitarse con el objetivo de trasladar punto por punto el material original para así contentar a los seguidores. Una adaptación no tiene que ser una copia, ni siquiera tiene por qué ser fiel en su conjunto, pero lo que sí debe poseer es cierto respecto e intención de mostrar otro enfoque que quizá la obra primigenia era incapaz de brindar por las limitaciones de su medio u otros factores. El caso es que Daredevil no es una mala película por contar con un Wilson Fisk negro ni por cambiar radicalmente el aspecto del periodista Ben Urich, sino que es una mala película porque, entre otras cosas, no tiene ningún cariño por la historia que está adaptando.

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No creo que haga mucha falta explicar quién es Daredevil, y más ahora con el éxito de la notable serie de Netflix, pero en caso de necesitar indicaciones podríamos decir que es uno de los superhéroes más famosos, o queridos, o como lo quieras decir, de la factoría Marvel gracias a la peculiaridad de ser un personaje ciego que, por culpa de unos compuestos químicos que salpicaron sus ojos en un accidente cuando era pequeño, posee los demás sentidos más desarrollados, hasta el punto de contar con un radar sensorial que le permite guiarle por los tejados de la Cocina del Infierno. Matt Murdock, que así se llama en realidad, es un personaje muy interesante porque además de su faceta como vigilante nocturno lidera un pequeño bufete de abogados, lo que ironiza su lucha legal contra la injustica a la luz del día y su lucha al margen de la ley por la noche. Ironía que en la película no se trata ni un segundo a pesar de hacernos testigos de un caso que va salpicando todo el metraje pero que ni llega a interesar ni a contar con un propósito dramático en la trama.

Daredevil quiere ser una película de superhéroes que toque todos los palos dentro de la evolución de un (súper) individuo: su origen, la demostración de sus poderes, su faceta como justiciero, su faceta como amigo, su faceta como amante… y todo mientras a su alrededor se van introduciendo de forma arbitraria personajes, la mayoría antagónicos, con el único fin de hacerle el camino más arduo pero sin el suficiente desarrollo como para que nos interesemos por ellos. Wilson Fisk, también conocido como Kingpin, acaba renegado a un papel de mafioso de tres al cuarto, sin carisma y que nos intenta vender su lado peligroso mediante escenas (una especialmente terrible, en la que acaba con ciertos guardaespaldas) que solo dejan en evidencia la falta de poso en el guión. Por no hablar de Elektra, trasladada a la pantalla como apenas un instrumento y cuya presentación (el combate con Murdock) roza lo ridículo. Bueno, realmente no lo roza: lo sobrepasa.

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Nada funciona en este film: los intérpretes parecen no creerse su papel y algunos se limitan a poner cara de maníacos (Colin Farrell, por favor); los efectos especiales, aunque es cierto que se pueden escudar en su longevidad, cantan más que los concursantes de Eurovisión y encima no cuidan las transiciones entre lo digital y lo rodado en el set; es que incluso la música desentona a veces, con secuencias que van hacia un lado y melodías que van hacia el otro. Daredevil es posiblemente la peor película de superhéroes que he visto jamás; me he enfrentado a las dos horas y cuarto de su Director’s Cut con la esperanza de que la “visión” de su realizador pudiera mejorar un film que está considerado popularmente como lamentable, pero el resultado final solo me ha confirmado el despropósito que es y el insulto que sufrió un personaje que, gracias a la mencionada serie de Netflix, se ha recuperado en cuanto al medio audiovisual se refiere.