La ceremonia de los Oscar de 2002 estuvo marcada por el comienzo de la guerra de Irak y el boicot de muchos nominados, que se negaron a acudir como acto de protesta: entre ellos, podríamos citar nombres tan dispares como los de Aki Kaurismäki, Hayao Miyazaki, Eminem, Angelina Jolie, Will Smith o Caroline Link. Otros muchos aprovecharon su presencia en el estrado para hacer inequívocas alusiones críticas a la guerra: Chris Cooper, Pedro Almodóvar y Gael García Bernal entre ellos. Pero quien se llevó la palma (y no la de Oro, que le llegaría dos años después) fue Michael Moore, premiado en la categoría de mejor documental por Bowling for Colombine. Moore, un cineasta hoy desprestigiado, acusado de manipulador, demagogo, multimillonario, oportunista, explotador, etcétera, y cuyas últimas películas han sido recibidas con notoria indiferencia, se hizo acompañar en el estrado de los demás nominados en su categoría y realizó entonces un breve discurso de una rotundidad y valentía que ningún otro miembro de la industria fue capaz de igualar en ninguna ceremonia posterior y, tal vez, en ninguna otra celebrada antes:

“Vivimos en tiempos de ficción, con resultados ficticios de una elección, que elige a un presidente ficticio. Vivimos en un tiempo en el que tenemos a un hombre que nos envía a una guerra por motivos ficticios, ya sea por la ficción de cinta adhesiva. Estamos en contra de la guerra, Sr. Bush nos avergüenza, Sr. Bush nos avergüenza”

El discurso fue recibido con escándalo, caras de sorpresa, silencio, algunos abucheos, caras de circunstancias y tímidos, muy tímidos, aplausos.