Hablar de los logros cinematográficos y extra-cinematográficos de El señor de los anillos es algo que a día de hoy no merece la pena ni comentar, especialmente poco después de que llegase a su fin la muy inferior trilogía El Hobbit, tras la cual a muchos fans de la Tierra Media se nos venían a la mente esos tres gloriosos años en los que Peter Jackson nos regaló, a opinión de un servidor, la saga más épica de la historia del cine.

Sin embargo, en estas fechas en las que los cinéfilos vemos Oscars hasta en la sopa, se hace difícil no recordar aquella noche del 29 de febrero de 2004 en la que El retorno del Rey hizo historia. A mis escasos 12 años vi mi primera ceremonia de los Oscar, con la esperanza de ver a mi amada La comunidad del anillo alzarse con esos premios que la Academia aún no estaba dispuesta a darle (en favor de la floja Una mente maravillosa, dicho sea de paso). De este modo, tendría que esperar dos años más para vivir la noche de las estatuillas doradas más emocionante que recuerdo, aquella noche de febrero bisiesto en la que Peter Jackson y compañía cargaron por última vez y consiguieron alzarse con todos y cada uno de los 11 premios a los que estaban nominados.

Fue la tercera vez en la historia en que una misma película llegaba hasta el undécimo Oscar (tras Ben Hur y Titanic), pero sí que fue la primera ceremonia en que una película de género fantástico lograba el premio a la Mejor película, sumando un total de 17 estatuillas para una saga que batió prácticamente todos los récords, y que supo acabar en lo más alto con una de las películas más épicas jamás filmadas.

Sin más dilación, termino con mi momento favorito que he vivido viendo los Oscars, aquel en el que Steven Spielberg (no se me ocurre nadie mejor) dijo aquello de “It’s a cleansweep”, anunciando la absoluta vencedora de la noche (11 premios de 11 nominaciones) y haciendo que Peter Jackson y su particular comunidad del anillo se levantaran de sus sillas por última vez.