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Desde que Siempre Alice fue presentada a la prensa en el Festival Internacional de Cine de Toronto y obtuvo críticas entusiastas (o, más exactamente, desde que, tras su pase, Sony Pictures Classics adquirió los derechos de distribución en Estados Unidos y anunció su estreno en diciembre de 2014), la gran Julianne Moore se convirtió de inmediato en la favorita para ganar ese Oscar que le ha sido esquivo en numerosas ocasiones, pese a haberlo merecido casi siempre.

A pesar, sin embargo, de dichas excelentes críticas iniciales, al poco tiempo surgieron algunas voces, pocas pero ruidosas, que acusaron a la película de parecer un telefilme sin nada interesante que ofrecer, e incluso esa palabra tan peligrosa y mal usada “melodramático”, comenzó a aparecer aquí y allí.

Quizá sea esta una buena ocasión para comenzar abogando por el buen uso de esa palabra: el melodrama, drama teatral acompañado de música en alguno de sus pasajes, en sentido estricto, sería casi cualquier drama cinematográfico actual, ya que casi ninguno carece de una banda sonora musical, original o no. Cuando muchos de estos dramas utilizaron esa música para exagerar única o principalmente los aspectos sentimentales, por encima de los sociales, intelectuales o de cualquier otro tipo, el término empezó a adquirir el sentido peyorativo que muchas veces tiene en la actualidad, y que se utiliza para denigrar la obra que, efectivamente, fuerza las emociones hasta el extremo de vulgarizarlas o manipularlas, bien con la música, o con personajes y situaciones exagerados, o con guiones tramposos. Pero, sin duda, el término puede no tener connotaciones negativas, y tanto el cine como el teatro y la televisión nos han dado obras maestras del melodrama.

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El problema surge cuando, por defecto y con muy poco rigor, se aplica el término a casi cualquier obra que retrate y provoque emociones… especialmente si éstas son femeninas, y más aún si se relacionan con la vida doméstica; el problema surge cuando se da por supuesto que este tipo de películas femeninas son siempre melodramáticas, y cuando se da por supuesto que lo melodramático es necesariamente malo. Resulta sorprendente que se haya lanzado la acusación de melodramática a una película tan contenida, sobria y elegante como Siempre Alice mientras que poco se ha dicho al respecto (o se ha disfrazado con otras palabras) de películas como La teoría del todo, protagonizada por un varón pero ignorante de cualquier cosa que no sea el sentimentalismo y absolutamente cuajada de todos los tópicos destinados a convertir en biopic inspirador y emocional la vida de Stephen Hawking.

Siempre Alice tiene, sí, una puesta en escena muy sencilla, sin una fotografía llamativa, ni grandes esfuerzos de producción, ni movimientos de cámara sensacionales. Cuando se la acusa de ser televisiva uno incluso piensa que quizá el crítico viva aún en los años 80, puesto que la ficción televisiva actual tiene mucha más pirotecnia audiovisual y de producción que esta humilde pieza de cámara firmada por Richard Glatzer y Wash Westmoreland. Pero sería un grave error confundir la sobriedad con la falta de inspiración y la concisión expresiva con lo televisivo (especialmente con lo que actualmente es televisivo): la puesta en escena de Siempre Alice es tan exacta como su guión, y eso es decir mucho. Ningún mal llamado melodrama televisivo mantiene la cámara quieta sobre el rostro de uno solo de los personajes en una conversación entre dos, como hace esta película, ninguno renuncia a mostrar el contraplano o a subrayar con música, efectos sonoros o movimientos de cámara, como sí renuncia esta película, el momento en que alguien informa al protagonista de que padece una enfermedad degenerativa, plano inmóvil de varios minutos, cercano pero no pegado, sobre el rostro de Moore. Si lo comparamos con el momento similar de, de nuevo, La teoría del todo, en que el médico informa a Hawking de su condición, observamos que en la película de James Marsh el primerísimo plano de Eddie Redmayne es muchísimo más cercano, un filtro grisáceo acrecienta la tristeza de la escena, un efecto sonoro hace resonar las palabras de los personajes con un desolado eco (y no se oye nada más pese a transcurrir en un concurrido pasillo de un hospital), la banda sonora comienza a incorporar un ominoso zumbido (que estallará en estruendo de violines justo cuando corte a la siguiente escena) y un movimiento de cámara se alejará de Hawking en lánguido travelling para subrayar su soledad. Ésta es la diferencia entre algo melodramático en el sentido peyorativo (la escena de Marsh) y algo simplemente dramático, mostrado con rigor y elegancia, en la escena de Glatzer y Westmoreland. Uno no puede evitar preguntarse, con preocupación, si lo que hace a algunos críticos soltar la palabra “melodramático” no será, simple y llanamente, el hecho de que la protagonista sea una mujer y su drama sea eminentemente íntimo.

Y eso que la sobriedad no excluye la imaginación, y los directores utilizan de manera muy expresiva algunos motivos visuales (el desenfocado de las partes de la realidad que Alice comienza a confundir, los números brillantes de un reloj detrás de su cabeza mientras duerme, marcando sutilmente su sensación de vivir en constante competición contrarreloj con su memoria). También, todo hay que decirlo, hay algún pequeño subrayado musical innecesario, sí, pero acusar precisamente a esta película por ello, cuando en algo así como un 90% de su duración se caracteriza por todo lo contrario, por una serenidad casi espartana, se antoja bastante caprichoso.

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Esta misma elegancia de la puesta en escena, pero aún mayor, puede observarse en el delicadísimo guión que firman los propios directores. De nuevo, me gustaría saber qué telefilme utiliza con tanta precisión y regularidad la elipsis como la que muestra esta película. La inmensa mayoría de los momentos que se prestarían al llanto y la emoción desaforada son cuidadosamente dejados en off: si en un momento dado la Alice del título comenta que debe hacerse la prueba definitiva para saber si tiene Mal de Alzheimer, la siguiente escena nos muestra a la pareja mucho tiempo después, ya asumido el resultado de esa prueba, ahorrándonos el drama de la confirmación final. Cuando los hijos se hacen la prueba para saber si han heredado la enfermedad, la película mantiene el resultado al otro lado de un teléfono (y sin contraplano de las hijas, y sin especial patetismo). La cuestión del futuro profesional de Alice según la enfermedad avanza se discute en las primeras fases pero, de nuevo, queda omitida la decisión final y solo vemos sus efectos… Se trata de una historia en la que constantemente vemos los efectos de los distintos puntos clave del avance de la enfermedad, pero se nos ahorra rigurosamente el momento dramático y emocional en que esos puntos clave suceden.

Y es que la película no está interesada, en contra de lo que se ha dicho y en contra de la moda imperante en los dramas de enfermedad más manidos, en mostrar los efectos que el síndrome de la protagonista tiene en su vida familiar o incluso profesional, aunque tampoco los evite, sino en los efectos que tiene para consigo misma, en la manera en que se identifica, se valora y se define a sí misma esa mujer, no por sus relaciones ni su puesto en el hogar, sino por la inteligencia que poseía, sus capacidades verbales e intelectuales, su capacidad de comunicar, formar y educar. La película alcanza sus mejores momentos cuando vemos a Moore (y sí, su interpretación es portentosa), luchando consigo misma por mantener la dignidad pero sin ocultar su frustración, tratando de redefinirse a cada paso y tratando siempre de ir un paso más allá de lo que su enfermedad parece permitirle. Nada hay de melodramático en ello, y sí de humano, comprensivo e inteligente. También el film traza un hermoso paralelismo entre madre e hija (una sorprendente Kristen Stewart) cuando vemos que la segunda, en su enfrentamiento con su madre por sus decisiones profesionales, también estaba tratando, simplemente, de mantener su dignidad y de ser valorada por lo que ella valora más de sí misma: por sus capacidades artísticas.

Es triste que una película que trata, sin estridencias y con mucha sutileza, de la definición de la propia identidad de las mujeres a través de sus capacidades intelectuales y profesionales y no de sus relaciones emocionales, sea acusada precisamente de ser melodramática, televisiva y (queda implicado cuando se le llama “telefilme de sobremesa”) exclusivamente para amas de casa con tendencia a la lágrima fácil, u otro comentario sexista similar, cuando es todo lo contrario. Siempre Alice es una película, ante todo, inteligente y serena, elegante y creativa sin ser excesiva. Y es precisamente por ello por lo que acaba siendo también noblemente emocionante, porque renuncia a centrarse solamente en la emoción, y renuncia a ser un telefilme.

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Ficha técnica:

Título original: Still Alice Director: Richard Glatzer, Wash Westmoreland Guión: Richard Glatzer, Wash Westmoreland Música: Ilan Eshkeri Fotografía: Denis Lenoir Reparto: Julianne Moore, Alec Baldwin, Kristen Stewart, Kate Bosworth, Hunter Parrish, Erin Darke, Shane McRae, Victoria Cartagena Distribuidora: Golem Fecha de estreno: 16/01/2015