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Un hombre y una mujer se encuentran en un tren. O en una estación, que viene a ser casi lo mismo. Se miran, se llaman la atención, se conocen y pasan uno o más días enamorándose en una gran ciudad. ¿Es El reloj, de Vincente Minnelli? ¿Es Breve encuentro? ¿Es Enamorarse? ¿Es Antes de amanecer? Es, o al menos parece, una más de las miles de películas sobre enamoramientos fugaces en trenes o estaciones que en el cine han sido. Así pues, la pregunta que uno se hace es ¿me ofrecerá esta película algo que no me hayan ofrecido las otras miles? La respuesta, en la opinión del que esto suscribe, sería “sí, pero no mucho”.

En realidad tanto el título en español como el cartel o las sinopsis que uno pueda leer por ahí de esta película son algo engañosos. Cuando uno lee en el cartel “El tiempo de los amantes” se imagina que el metraje dedicará su tiempo a los amantes, ambos, pero el hecho es que el film se titula originalmente “El tiempo de la aventura”, con sus posibles dobles sentidos, puesto que podemos estar hablando del tiempo que, en la vida, uno tiene para correr aventuras, o del tiempo que dedicaremos a una aventura en concreto, y de una aventura que además podría ser amorosa o de otro tipo. Era un título mejor que el español, en cualquier caso, y la película mantiene sus ambigüedades. Para empezar, no dedica su tiempo a “los amantes”, principalmente, sino más que nada a una sola de ellos, Alix, interpretada con su habitual naturalidad y profundidad por la gran Emmanuelle Devos. Gabriel Byrne podría casi hasta llegar a considerarse secundario aquí, ya que estamos ante todo ante un retrato femenino, interesante, complejo y bonito, aunque quizá algo manido. La aventura entre Alix y Doug es más bien un catalizador para que podamos conocer mejor a la primera, sus deseos, sus frustraciones, sus ganas de vivir aventuras y su miedo a vivirlas. Mucho de esta personalidad está construida, más que a través del diálogo o la acción, a través de la atenta observación de los gestos y miradas de Devos, en ocasiones utilizando la cámara a la manera de los hermanos Dardenne, pegándola al cogote de la actriz y siguiéndola hasta que nos muestre algo, aunque, eso sí, con una cámara menos nerviosa y unos planos más serenos y estables.

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Pero puede que serenidad y seriedad sean, precisamente, dos cosas que le sobran un poco a la película. Gabriel Byrne, que cuenta con una presencia imponente en pantalla y del que tampoco se puede decir que esté mal, se excede ligeramente en la caracterización de su personaje como alguien que parece llevar sobre sus hombros, o en su mirada, todo el peso de todas las melancolías del mundo; pero es que tampoco le ayudan unos diálogos algo relamidos, ni la utilización del solemne Concierto Nº 6 de Vivaldi en la banda sonora (por sublime que sea de escuchar independientemente), ni una fotografía que, de tan cuidada, especialmente en las escenas en una habitación de hotel, parece convertir a los personajes en abstracciones dedicadas a desgranar pensamientos profundos a la luz gris del otoño parisino. A pesar de que las escenas del romance (ese tiempo de los amantes) son el centro dramático y el catalizador que permite que el retrato de Alix evolucione, son precisamente las más acartonadas del metraje

La película cobra vida en cambio, y bastante, cuando Alix está sola y se dedica a hacer una audición para un papel (pues nuestra protagonista es actriz), a hablar por teléfono con su madre o con su novio, a visitar a su hermana, a pensar mientras la vida de la ciudad discurre a su alrededor. Sin los pasajes junto a Byrne nos perderíamos el propósito de todo ello, la semblanza de Alix como mujer poco convencional y abierta a emociones y aventuras que, sin embargo, siente también la necesidad, por muchos motivos que se irán revelando poco a poco, de tener ciertas seguridades y estabilidades en su vida; pero todo es más disfrutable cuando nos quedamos con Emmanuelle Devos a solas.

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¿Cuál es el tiempo de la aventura en la vida de cada uno? ¿Hay una edad en la que vivirlas y un momento en el que se acabará? Estas son las preguntas que parece querer hacernos Jérôme Bonnell, el director y guionista de la obra, a través de este personaje, y esto es precisamente lo que de original tiene esta nueva incursión en una trama tan vista: en lugar de estudiar el amor, el romance y el lado melodramático de todo ello, utiliza sus mimbres como pretexto para presentarnos a esta mujer y reflexionar con ella sobre la necesidad que tenemos de estas emociones y la posibilidad de que haya solo unos pocos momentos para vivirlas. La presencia constante de relojes en las imágenes que vemos (tomada tal vez de ese El reloj de Minnelli que mencionaba al principio, aunque utilizada con un matiz distinto) acentúa todo ello sin resultar obvia, y pone el énfasis en ese “tiempo” del título. Es una reflexión interesante, realizada a través de un personaje interesante y con quien es agradable pasar una hora y media larga. No es un film que descubra la pólvora, algún momento levemente pomposo o hasta cursi puede atragantarse, pero es entretenido, está muy bien interpretado y, lo más importante, en conjunto sí aporta una mirada de cierta originalidad a su sobada trama.

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Ficha técnica:

Título Original: Le temps de l’aventure Director: Jérôme Bonnell Guión: Jérôme Bonnell Fotografía: Pascal Lagriffoul Reparto: Emmanuelle Devos, Gabriel Byrne, Gilles Privat, Aurélia Petit, Laurent Capelluto Distribuidora: Abordar Distribución Fecha de estreno: 20/11/2014