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El turco Nuri Bilge Ceylan se ha caracterizado por hacer siempre retratos humanos desoladores, en los que la soledad (Lejano), el intentar sacar adelante una relación (Los climas) o el peso del pasado (Tres monos), suponían grandes losas en el carácter de sus personajes. Quizá con la excepción de Érase una vez en Anatolia, un thriller criminalista, aunque no menos existencialista que sus trabajos anteriores, el retrato que ha hecho sobre el pesar humano es de increíblemente certero. En Sueño de invierno, su nueva película, ganadora de la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes vuelve a aquello que caracterizó sus anteriores películas. Para ellos, nos cuenta la historia de un viejo actor retirado que posee un pequeño hotel en Anatolia, así como pequeñas casas que tiene alquiladas en el ancho de la comunidad. Mientras este hombre trata de completar su sueño de ser escritor, haciendo una antología de la historia del teatro turco y escribiendo columnas en un diario local, debe vivir con su hermana, víctima de un matrimonio roto y su mujer, con la que se está distanciando. Relaciones dilapidadas para una película que durante más de tres horas trata de hacer un análisis concienzudo de la incapacidad del hombre para perdonar.

Quizá lo más me fascina en el cine del director otomano sea su capacidad de crear bombas de la nada, aquí, el detonante de la gran explosión es simplemente una piedra lanzada por un niño a la ventanilla de un coche. Ahí todas las relaciones colisionaran por completo, el acto del niño es una simple reacción de ira, se siente desnudo y desprotegido. Su padre ha estado seis meses en la cárcel y no puede encontrar trabajo, no ha pagado el alquiler de los últimos meses y la nevera y la televisión le han sido embargadas. Simplemente se limita a buscar la venganza por su mano. Con ello asistiremos a una tensa conversación entre las dos partes implicadas, ¿hasta qué punto puede llegar el hombre para reclamar lo que es suyo?

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La primera parte de Sueño de invierno me resulta realmente fascinante, Ceylan se aleja del Estambul de sus primeras películas para acercarse hacia el paraje rural de la Anatolia, con un estilo que recuerda al del iraní Abbas Kiarostami. En ella asciende al protagonista hasta un poder cercano al de El padrino, le despoja de toda humanidad, no le importa que otros se arrastren para implorarle perdón, se siente como el maestro titiritero que tiene a todos los demás a su antojo, pero esto acaba por dilapidar su relación, ya que su mujer es incapaz de entender el comportamiento prepotente de esto, lo que llevará a una lenta redención interna tratando de buscar cuál es el motivo de su culpa.

No cabe duda de que Sueño de invierno es la película más distinta del realizador turco, acostumbrados a sus oníricos paisajes, sus largos planos fijos y su continuos silencios, sorprenderá encontrar una obra de marcado estilo teatral (bonita metáfora ligada directamente al sueño del protagonista), donde todo se apoya en conversaciones, casi siempre entre dos personajes y no más, dónde estos se van poco a poco desnudando, tratando de expiar sus pecados. Esto es un privilegio, porque permite elevar la tensión de cada una de estos actos de forma exponencial, consiguiendo mantener así la intensidad durante su larga duración. Pero aún con eso, la sensación es pesada, ya que no siempre es capaz de mantener el mismo ritmo, y deja la sensación omnipresente de que se hubiera podido prescindir de gran parte del metraje que la lastra y en ocasiones la empuja hasta el tedio.

Pero aún con esta sensación agridulce, Sueño de invierno es a todas luces una gran película. Uno echa de menos la belleza de los planos a la que nos tiene acostumbrado el realizador, si bien estos siguen presentes, acompañados además de forma realmente bella con la Sonata en A Mayor de Franz Schubert y por supuesto, una fotografía tan cuidada y bella como es costumbre. Ceylan decide cambiar los exteriores por los interiores, en una decisión no del todo acertada, ya que la aleja del lirismo que también controla el otomano y que le acercaba a realizadores como Tarkovsky, con un drama íntimo con mayor presencia de Ingmar Bergman, que no parece acabar de atinar de lleno en el clavo.

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Esta obra mastodóntica, no es el mejor trabajo de Ceylan, aunque posiblemente sí que sea una evolución lógica de sus trabajos puramente existenciales a una obra mucho más intimista, y pese a contar con escenas verdaderamente maravillosas, como la tensa conversación tras el lanzamiento de la piedra o la del dinero, uno no puede evitar tener la sensación de que al turco se le ha ido el planteamiento de las manos, y que con una duración menor, podría haber mantenido presente una intensidad que no cambiase su planteamiento, ni su visión, y la película podría haber sido un maravilloso hito.

Ficha técnica:

Título original: Kis uykusu Director: Nuri Bilge Ceylan Guión: Ebru Ceylan, Nuri Bilge Ceylan Música: Franz Schubert Fotografía: Gökhan Tiryaki Reparto: Haluk Bilginer, Melisa Sözen, Demet Akbag, Nadir Saribacak, Ayberk Pekcan, Nejat Isler, Tamer Levent Distribuidora: Golem Fecha de estreno: 10/10/2014