Tras recibir el favor unánime de Birdman en la inauguración de la Mostra, el Festival de Venecia continua presentando cintas interesantes en su segundo día en la que destacaban los dramas sociales. Una de las destacadas era The Look of Silence, segundo documental de Joshua Oppenheimer después de triunfar hace un año con The Act of Killing, donde esta vez serán las víctimas los protagonistas. También llegaba el nuevo film de Xavier Beauvois, La rançon de la gloiresobre el robo del ataúd de Chaplin, y Tales de la directora Rakhshan Bani-E’temad, sobre un director de cine que filma las quejas de un grupo de trabajadores.

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The Look of Silence

‘The Look of Silence’ acerca todavía más a Oppenheimer a los referentes que poblaban el imaginario de “The Act of Killing’. Por una parte, el tenaz peregrinaje de un hombre en busca de la verdad remite al gran documental de Kazuo Hara ‘The Emperor’s Naced Army Marches On’, mientras que los cara a cara entre víctima y verdugos, cargados de una tensión cortante pero también de un sorprendente respeto, apuntan a la seminal ‘S21: La máquina de matar de los jemeres rojos’ de Rithy Panh. Por no hablar del referente totémico que es ‘Shoah’ de Claude Lanzmann, con su obstinada indagación en las sombras de la abyección histórica. Oppenheimer maneja toda esta herencia fílmica renunciando a todo purismo, sin miedo a herir sensibilidades. En ciertos momentos, su insistencia en exponer el horror en toda su crudeza bordea el morbo y, en ‘The Look of Silence’, hay atisbos de un desconcertante preciosismo en la iluminación y composición de algunos planos. El padre del protagonista es un anciano centenario que se está quedando ciego y Oppenheimer, con su característica impasibilidad, nos lo muerta perdido y aterrado dentro de su propia casa… hasta ahí está dispuesto a llegar el cineasta para cerrar su parábola sobre el extravío de una sociedad golpeada por la desmemoria.

Manu Yáñez (Fotogramas)

Si en The act of killing el cineasta retrataba a los gánsteres que perpetraron las matanzas, llegando alguno de ellos a encarnar a las víctimas en unas secuencias, en The look of silence confronta a los asesinos con los familiares de los ejecutados gracias a la bonhomía de Adi Runkun, un óptico cuyo hermano fue asesinado en aquel genocidio.

Oppenheimer retoma ese estilo poético para crear planos bellísimos de los lugares de la masacre, en concreto de la orilla del río Serpiente, donde el hermano de Adi fue ajusticiado junto a miles de personas.

Gregorio Belinchón (El País)

 

Con The Act of Killing, Oppenheimer ponía la cámara ante los responsables del genocidio que perpetraron las autoridades de Indonesia contra un millón de personas acusadas de ser comunistas en 1965, quienes se mostraban ufanos de haber cumplido su deber, ya que el régimen actual es continuador del de Suharto.`The Look of Silence’ enfrenta a una víctima con los verdugos de su hermano, que se ríen y dan todos los detalles del asesinato. 

Este segundo documental que se rodó antes del estreno de ‘The Act of Killing’ no aporta la sorpresa que supuso áquel, pero no pierde ni ápice de fuerza ética ni potencia cinematográfica. El Estado de Indonesia ha declarado a Oppenheimer persona non grata, la familia protagonista vive en el anonimato y ha tenido que abandonar su ciudad y todos los indonesios que han participado en la película aparecen en los títulos de crédito como anónimos.

María Guerra (La Script)

En ‘The act of killing’, los líderes del genocidio, muchos de ellos hombres ‘respetables’ en la Indonesia de hoy, la que está tan cerca de las playas atestadas de turistas, interpretaban sus actos funestos. Ante la cámara, se convertían en intérpretes de sus propias vidas convencidos quizá de la función redentora del cine. Y así, la película entera, entre la extrañeza y el espanto, adquiría toda ella el carácter de un duda: ¿Qué estamos mirando?

Ahora, el viaje es, si se quiere, el opuesto. Ahora es una de las víctimas, el familiar de uno de los ejecutados, el que se enfrenta a la mirada de los asesinos. Adi, así se llama, nació poco después de que su hermano fuera asesinado. Es óptico y con sus aparatos de medir dioptrías analiza la mirada de, precisamente, el verdugo. Les pregunta y ellos, ufanos, describen puntualmente cada uno de sus crímenes. 

Toda la película no es más que un inmenso y perfecto monumento al silencio. La cámara se coloca delante de la realidad y con gesto sorprendido intenta captar el sentido profundo de tanto horror, de tanta mentira. Y en ese momento, lo que se descubre no es la rareza exótica y brutal de un país extraño, sino la naturaleza misma de eso que el tiempo ha dado en llamar ser humano.

Luis Martínez (El Mundo)

Si en “The Act of Killing” el autor daba carta blanca a los asesinos, permitiéndoles expresar su orgullo por el citado exterminio filmando una película de serie Z recreando los hechos, en “The Look of Silence” Oppenheimer vuelve a Indonesia, en busca de los mismos criminales, pero esta vez acompañado de Adi, el hermano de una de las víctimas.

El recurso del monólogo, agotado en “The Act of Killing”, es substituido por despiadadas entrevistas entre verdugo y allegado que repugnan la conciencia moral del espectador. La última producción de Joshua Oppenheimer es más inteligible que la anterior. Sin embargo la búsqueda forzada del sentimiento de culpa no puede encontrarse en una sociedad que falsamente acepta un genocidio por miedo a repetirse. “The Look of Silence” es un gran documental pero la artificiosidad con la que Oppenheimer manipula los hechos para crear un choque ético entre la cultura oriental de los protagonistas y la occidental público sitúa el proyecto muy por debajo de su predecesor.

Carlota Moseguí (Videodromo)

 “The Look of Silence” tiene la virtud de destapar la masacre desde la confrontación y la frontalidad, sin embargo, también tiene la habilidad de evitar la peligrosa morbosidad que tan escabroso y funesto tema abarca marcando distancia, sugeriendo y no mostrando, centrándose en una víctima mucho más preocupada de ahondar en la redención y arrepentimiento de los vérdugos que en clamar venganza, dejando espacio a la reflexión desde su cruda y desnuda propuesta formal y utilizando la reiteración descriptiva de tan deleznable matanza para clavarnos tan trágico suceso en nuestro recuerdo. 

Una apabullante creación desemboca en un imprescindible díptico cinematográficamente robusto, socialmente revelador e imprescindiblemente necesario, que bien merece ser clavado en nuestra memoria para dar pie a una profunda reflexión. Una misión aparentemente imposible, magistralmente cumplida. Olé sus huevos.

Joan Sala (Filmin)

La rançon de la gloire

En ‘La rançon de la gloire’, Beauvois homenajea en clave humorística a los grandes exponentes del humanismo fílmico: los maestros del Neorrealismo italiano y Charles Chaplin, cuya muerte se convierte en uno de los ejes centrales de esta película ambientada en 1977 y basada en hechos reales. Una fábula naïf colmada de buenas intenciones y personajes entrañables, la película presenta la odisea vital de dos inmigrantes sumidos en la pobreza que intentan abrirse paso en un mundo que no les ofrece posibilidades.

 ‘La rançon de la gloire’ despliega un honesto idealismo pero fracasa a la hora de reproducir la urgencia, el vigor y la magia de sus ilustres referentes.

Manu Yáñez (Fotogramas)

La rançon de la glorie supone un respiro en su carrera (Xavier Beauvois), aunque mantenga pinceladas de su estilo, como la importancia de la banda sonora –obra de Michel Legrand, veterano ganador de tres oscars– para remarcar acciones sin sonido o largas secuencias sin diálogos, pero es una comedia y cumple con bastantes principios del género.

Gregorio Belinchón (El País)

Un homenaje al Chaplin y a la comedia italiana que ha resultado un fiasco grandilocuente, cargado de buenas intenciones y una atronadora banda sonora más firmada por Michel Legrand, que versiona temas de Chaplin y subraya de forma dolorosa todo giro emocional.

María Guerra (La Script)

Basado en un hecho real, la película cuenta el secuestro del cadáver del cineasta (o el mito) a manos de unos desheredados y muy ‘chaplinescos’ personajes. Es comedia y para nada negra.

El director se limita, con gesto quizá ingenuo, a reconstruir en la aventura desangelada de unos pobres diablos algo así como una forma de ver el mundo. Inocente, cálida, digna. No es el momento ni el día para cinismos. Es simplemente cine. 

Luis Martínez (El Mundo)

Una comedia loca y desatada en la que los sentimientos de emoción y melancolía colidan apoyándose en la evocadora y omnipresente banda sonora del míto compositor de “Los Paraguas de Cherburgo”, Michel Legrand. 

Un estimulante logro que resulta aún mayor si nos atenemos a una historia que, por increíble que parezca, está basada en hechos reales. Dos antihéroes irremediablemente gañanes pero de alma sobradamente caritativa, una mujer rebosante de bondad a la que amparar, y un hilarante crimen por cometer que encima, atañe a la figura del emblemático cineasta. 

Una hilarante quimera que nunca mejor dicho, está destinada a reflejar oro en el recuerdo de todo gran cinéfilo. Cine dentro del cine, y con mucho amor.

Joan Sala (Filmin)

Tales

Un alarmante fresco de la realidad iraní que Bani-E’temad explora con ánimo brechtiano. Utilizando una estructura de mini-relatos encadenados que remite al cine de Jafar Panahi (o a ‘Slacker de Richard Linklater), la película bascula entre lo didáctico y lo histérico, negándole al espectador ningún margen de reflexión. Sin embargo, cuando todo parece perdido, el film deja a un lado su tendencia al chillido para recrear dos hermosas y serenas piezas de cámara: la primera matrimonial, la segunda de noviazgo, cada una de aproximadamente 15 minutos. Un notable remate final que compensa un film marcadamente irregular.

Manu Yáñez (Fotogramas)

La idea es juntar en un puzzle las historias, actores y pesares que han perseguido un filmografía entera.Cine iraní (y que nadie se me asuste) tan preciso como el de, para situarnos, Asghar Farhadi.

El resultado es a la vez el reflejo de una sociedad convulsa, la descripción de un estado de ánimo también convulso y, ya que estamos, una muy acertada reflexión sobre el sentido del cine. (…) El último relato (una simple conversación dentro de un taxi) justifica él solo cualquier premio imaginable. Pocas veces, una declaración de amor dolió tanto. Perfecta. Pongamos un León de Oro.

Luis Martínez (El Mundo)