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Cómo cuesta hablar de una película perteneciente a una época que no has vivido… Porque, aunque el cine sea inmortal, el año en el que nace una película es el año al que va a pertenecer en su eternidad. Y Fiebre del sábado noche es setentera a más no poder.

Por suerte, al menos cualquiera puede tener una pista de lo que fueron aquellos maravillosos años a través del recuerdo de una madre y/o padre que alguna que otra vez haya puesto en el equipo de música, en casa o en el coche, las canciones de los BeeGees y se haya emocionado (seguramente más la madre) preguntándote: “¡¿Has visto Fiebre del sábado noche?!”. Qué demonios, no puedes librarte de esa película cuando hasta en Madagascar hubo cabida para un sencillo cliché con los de sobra conocidos pasos al ritmo de Stayingalive. Pero, ¿por qué Fiebre del sábado noche no ha pasado a la historia sino que es historia?

La cosa parece fácil de explicar: por la música. Y es que si esta es la primera respuesta que se nos viene a la cabeza es por lo que acabo de decir, porque los setenta fueron los años de explosión musical. Sí, pero es que también fueron los años de “sexo, drogas y alcohol”, y resulta que todo eso se puede reunir en una misma pieza. Pues Fiebre del sábado noche saca a la pista el boom americano y se lleva el primer premio con su baile, muy bien coordinado, de chicas que van detrás de chicos de barrio que trabajan para gastárselo todo en el fin de semana, en esas noches que empiezan rezando en la cena con la familia y acaban en el asiento trasero de un coche, descubriendo el auge de los anticonceptivos, eso sí, después de unos cuantos pitis y un buen colocón para aguantar al grupo de amigotes.

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Y es que Tony Manero vivía por y para esa noche, donde lo daba todo desde que cogía el cepillo y el secador y se colgaba la cruz de oro hasta cuando se marcaba (no sólo el paquete) sus bailes ensayados con perfeccionismo. Pero… ¿ya está? Pues no. Fiebre del sábado noche es sólo un título representativo de los nueves meses de ensayos de baile de John Travolta (y otros tantos de actores y profesionales), una frase con flow que atraía a las generaciones de chavales que se iban a ver representados en la película. Sin embargo, detrás de todo ello queda en un segundo plano otro de los muchos tópicos de la época pero que es lo que hace que la película tenga en el fondo una buena historia que contar: ¿qué hay aparte de todo esto, qué ser si no? Esa es la clave de la psicología de los personajes, cuando Tony descubre a través de Stephanie Mangano (Karen Lynn Gorney) que además del baile se puede tener otras cosas, literalmente más allá del barrio.

Y realmente es esa la belleza que esconde este filme, más allá del mitificado baile de un guaperas de la época que saltó del cardado a la gomina para hacer otro taquillazo del estilo: Grease, algo más sencillo y para todos los públicos pero en el que, ahora sí, el actor encontraba a una pareja de su talla (Olivia Newton-John) con la que acentuar aún más la envidia de los adolescentes, convirtiéndose gracias a este papel en el legendario actor y excelente bailarín que todos conocemos y supieron reconocer en su día también con la merecidísima nominación a los Oscar. ¿Qué sabían que iban a marcar tendencia y que los BeeGees iban a estar en el top 10 de muchas listas? Por supuesto. ¿Y por qué? Pues porque en aquella época la música funcionaba de otra manera, una manera tan especial que podía hacer que una película fuera rememorada por su banda sonora y recordada con el entusiasmo de darlo todo en la pista de la discoteca… Pero no de forma vulgar, sino todo lo contrario: con mucho, pero que mucho, estilo.