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¿Se puede ser poeta sin haber escrito jamás un verso? ¿Se puede trasladar la delicadeza de la poesía a una pantalla? ¿Existen poemas cinematográficos? La respuesta a todas las preguntas es sí. Jean Vigo era un verdadero poeta, un poeta del séptimo arte, y L’Atalante fue su incontestable obra maestra. La mejor prueba de que no todas las grandes obras líricas están impresas en papel, si no que hay algunas grabadas en tiras de celuloide.

L’Atalante es una de esas obras que no tienen edad, son inmortales. Aunque hayan pasado 80 años desde su nacimiento, la maravillosa cinta de Vigo sigue como nueva y desprende vida por los cuatro costados. Resulta irónico que una película tan vitalista fuese la última obra de la cortísima carrera de Jean Vigo, que moriría de tuberculosis pocos meses después de acabarla, con tan solo 29 años. Jamás sabremos hasta donde pudo llegar el genial cineasta francés de no haber sido su muerte tan prematura, pero para el recuerdo tendremos siempre L’Atalante, una verdadera obra maestra del séptimo arte. A pesar de que hablamos de una película clave en la historia del cine francés (y nos atreveríamos a afirmar que también a escala mundial), muchos amantes del cine aún no se han decidido a descubrir y deleitarse con el maravilloso poema visual de Vigo. Puede que con el 80 aniversario del estreno del film (y también de la muerte de su director) la gente poco a poco se atreva a embarcarse en L’Atalante y gozar de su bello recorrido por las aguas del Sena. Aseguramos que la experiencia es única.

Dos enamorados, Jean y Juliette, contraen matrimonio e inmediatamente se van a vivir a L’Atalante, barco del cual Jean es capitán junto con un joven carabinero y el viejo marino Père Jules. La vida del joven matrimonio resulta idílica al principio, pero a medida que pasan los días empezarán a surgir los problemas…

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A través de esta sencilla historia Jean Vigo nos demuestra que no precisa un guión desproporcionado ni ser un director megalómano para firmar una verdadera obra maestra. Solo necesita un sencillo guión, un buen uso de la cámara y una delicadeza más propia de un poeta o de un pintor que de un cineasta para hacer totalmente tangibles a sus personajes, para embriagarnos con su bello cine y para trasladarnos a un estado prácticamente onírico. Y es que L’Atalante por momentos parece un precioso sueño sacado de la cabeza del director francés. Dos amantes, un barco, un viaje, el Sena como testigo mudo del amor que se profesan… Una verdadera fantasía romántica.

Es un  verdadero placer el encontrar una película que pueda hacer sentir al espectador un torrente de emociones, pero más grande es redescubrir esas sensaciones y experimentar otras nuevas cada vez que revisionamos una película como L’Atalante.

Es prácticamente imposible no acordarse ligeramente de la obra maestra de F.W. Murnau, Amanecer, mientras vemos L’Atalante. Además por ciertas similitudes de guión, ambas comparten el mimo y el cariño que les profesaron sus respectivos directores para hacer de ellas obras capitales de la historia del cine. La película de Vigo bien pudo haber tenido cierta influencia en otra gran obra del cine francés que se estrenaría dos años después: Una partida de campo, del mítico Jean Renoir. En el mediometraje de Renoir también podemos sentir esa poesía y esa magia que Jean Vigo supo otorgarle a su película. Muchos ven incluso una cierta influencia de L’Atalante en la inmensa La noche del cazador, de Charles Laughton. Sea como fuere, lo que está claro es que Vigo marcó una época pese a su corta carrera, como bien se ha demostrado en el hecho de que influenciara al gran François Truffaut en su obra capital Los 400 golpes.

El tema principal que toca la película es, evidentemente, el amor. Muy pocas películas han sabido remarcar tan bien lo que es el amor verdadero como L’Atalante. Ocasionalmente se suelen confundir en el cine los conceptos de amor verdadero y de enamoramiento o flechazo. Parecen similares, pero no lo son. En L’Atalante se nos habla de amor real, del bueno, de dos personas que no pueden vivir la una sin la otra. También de amor cinematográfico, el mismo que parecía profesar Jean Vigo por sus obras, aunque fuesen escasas. Ahí es donde verdaderamente se nota la mano de un artesano como lo era el francés.

Otro punto interesante a comentar es la breve pero mordaz crítica de Vigo a la sociedad francesa de la época. En las secuencias en las que se nos presenta la ciudad de París, ciudad del amor, del arte y de la belleza, Vigo la retrata como una especie de nido de malhechores y maleantes. Una ciudad que te enamora con sus luces y escaparates pero que cuando cae la noche se transforma en un lugar vil y peligroso. Mediante esta sutil metáfora Vigo nos muestra la decadencia de la sociedad francesa a la par que nos alecciona sobre el concepto de que muchas cosas no son lo que parecen ser y, apoyándonos en un conocido refrán, nunca hay que juzgar un libro por su portada. Todo ello viene dado, probablemente, a la influencia de su padre, anarquista español director de Le Bonnet Rouge y que se suicidó en la cárcel cuando Vigo contaba con 12 años. La moraleja de la película es bastante clara: a veces la felicidad la tenemos al alcance de la mano y no sabemos o no queremos verla, y necesitamos alejarnos de ella para poder valorarla justamente. Un bello mensaje para una bella fábula.

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El film cuenta con un trío protagonista bastante remarcado. Por un lado, Jean Dasté que desarrolla con gran acierto el papel de Jean. Dita Parlo, en el rol de Juliette y que nos hace recordar un poco a la gran Janet Gaynor (de nuevo nos viene a la cabeza Amanecer). Y finalmente Michel Simon, enorme en el papel de Père Jules, personaje que le da al film cierto toque humorístico. El sencillo guión fue co escrito entre Albert Riera y el propio Jean Vigo. Su sencillez no fue obstáculo para que el cineasta galo le diese forma y la dotase de una magia y una vitalidad impresionantes. Puede que ahí esté parte de la genialidad que tenía Vigo, en su capacidad de contar grandes historias aunque parezcan pequeñas, tal como demostró en su anterior obra Cero en conducta.

La ambientación es de ensueño. El barco surcando las aguas del Sena y París, la ciudad de la luz, de fondo. Pocos escenarios se antojan mejores para este maravilloso cuento de hadas.

El auténtico cinéfilo siente verdadera pena cuando se da cuenta de lo grande que pudo haber sido Jean Vigo de no haber fallecido a la temprana edad de 29 años. Para el recuerdo tenemos dos cortos documentales, el excelente mediometraje Cero en conducta y L’Atalante, una obra atemporal, obra maestra de la historia del cine y de obligada visión para todo aquel que se considere amante del cine. El séptimo arte perdió a uno de sus más geniales cineastas cuando apenas empezaba a mostrarnos su extraordinario talento. Por suerte para los que amamos el cine hemos podido conservar esta maravillosa película, herencia de un director genial como pocos. Ese gran artista llamado Jean Vigo murió hace 80 años, pero 80 años después L’Atalante sigue igual de viva. El poeta murió, pero su poesía se mantiene intacta.