Antonio y Carmona

El día de hoy en el Festival de cine de Málaga ha sido complicado. Ha recordado bastante al del sábado, donde pudimos ver una buena película precedida de una bastante mala. En este caso el orden ha sido distinto, pero el resultado ha sido el mismo, primero tocó la buena y luego la mala. Si el pasado sábado Carmina y amén nos hizo olvidar con su buen humor el chasco que supuso A escondidas, en este sexto día Por un puñado de besos ha eclipsado, en parte, con su mediocridad el buen resultado ofrecido por 321 días en Michigan. 

La mañana empezaba de manera muy especial con el pase de 321 días en Michigan, ya que la película de Enrique García era la primera película malagueña que competía en el festival de su tierra. Tuvo buena acogida de público el Cervantes, pese a que eran las 9 de la mañana de un día laboral, muchos querían ver la cinta más importante del día en el festival. 321 días en Michigan nos cuenta como Antonio, un joven ejecutivo, se ve obligado a pasar un tiempo en prisión por un delito fiscal. Para ocultarlo en relación con su vida laboral, Antonio convence a todos de que se va a Michigan a estudiar un máster durante el tiempo que esté en prisión.

La obra de Enrique García gustó a la gran mayoría, que despidió la proyección con un sonoro y merecido aplauso. 321 días en Michigan es un drama carcelario rodado con buen pulso por García y que, pese a no ofrecer nada realmente novedoso al cine de centros penitenciarios, convence y se hace un hueco entre las mejores películas presentadas hasta ahora en el festival. El reparto cumple con nota, Chico García se hace cargo del rol protagonista ofreciendo una buena actuación, aunque es precisamente García el que menos brilla de todo el reparto principal. Mucho más acertados están Virginia DeMorata y Héctor Medina, muy carismáticos. Completan el elenco principal Virginia Muñoz y el humorista Salva Reina, que da al film cierto toque cómico. 

321 días en Michigan es una buena cinta que podría colarse en el palmarés más allá de que sea un film de casa, de Málaga. La película de Enrique García, que puede estar más que satisfecho por su trabajo de debut en el festival, es de largo una de las propuestas más interesantes y notables del 17º Festival de Málaga. 

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Tras el gran sabor de boca que proporcionó 321 días en Michigan tocaba ver Por un puñado de besos, film que, para un servidor, era el menos atractivo de los que se presentaban en la sección oficial. Y efectivamente, las sospechas se confirmaron, y Por un puñado de besos resultó ser el bodrio que muchos temíamos.

Lo verdaderamente increíble no es que la película de David Menkes sea tan mala, lo increíble es que haya sido presentada en un festival de prestigio como es el de Málaga. En esta película, basada en una novela de Jordi Sierra i Fabra, vemos la historia de amor entre Sol y Dani, dos jóvenes que quedan para conocerse y que comparten un secreto común.

Lo cierto es que no hay forma humana de salvar Por un puñado de besos. La película es absolutamente ridícula, incluso vomitiva. Empezando por la dirección de David Menkes, que narra la película con una estética de videoclip horrenda, con la que a veces no sabemos si estamos viendo una película, un vídeo musical de una estrella del pop o un anuncio navideño de perfume. El guión es abominable a todas luces, escrito por el propio Menkes. Situaciones ridículas, rozando lo absurdo y diálogos intrascendentes y edulcorados con frases que parecen sacadas de un libro de auto ayuda para quinceañeros. 

El dúo protagonista tampoco se salva de la quema. Ana de Armas está de lo más artificial y robótica, la actriz de origen cubano parece querer disimular su acento unas veces sí y otras no, a veces hasta en un mismo diálogo. No sabemos si esto es por exigencias de guión, porque De Armas se lía con los acentos o porque directamente ni ella misma se toma en serio la película. Martiño Rivas tampoco está muy fino que digamos. Su actuación es tan plana y carente de matices que si lo cambiaran por una escoba con ropa y pusieran voz en off la diferencia sería mínima. Del resto del reparto ni hablamos, no tiene peso en la película, no aporta nada.

La gran anécdota de la proyección fue que, pese a que la película es un drama de corte romántico, Por un puñado de besos provocó más carcajadas que algunas comedias presentadas en el festival. Puede que no sea de buena educación reírse así de una película (ojo, reírse de, no con), pero había momentos tan sumamente ridículos y bochornosos que la carcajada era inevitable. Está muy claro que la gran mayoría de los asistentes, tanto de prensa como de público, vapulearon a la película de Menkes con sus continuas risas, un servidor incluido. Muchos sentimos vergüenza ajena al ver este engendro cinematográfico, vergüenza de que algo tan horroroso participe en la sección oficial de un buen festival.  

Puede que cuando un director y su equipo ven que una película no ha recibido apoyo por parte del público se hagan esa pregunta de: “¿Qué hemos hecho mal?”, pero en el caso del film de David Menkes y los suyos sería más acertado formular esa de: “¿Qué hemos hecho bien?”. Y la respuesta es, por desgracia, “Nada”. Si algo bueno tiene Por un puñado de besos es que, al convertirse en el bodrio insalvable oficial del festival, es materialmente imposible que haya una película peor en los días que quedan.