En un momento de Dogma (la película de Kevin Smith, no el movimiento cinematográfico que abogaba por sacar a los actores feos), Alan Rickman suelta una de esas frases que, cuando las oyes, sabes que te van a acompañar siempre. No recuerdo cuándo ni a quién se la dice, pero es especialmente demoledora en boca de Metatrón, el ángel mediador entre Dios y el hombre: “Humanos… si no se ha hecho una película sobre un hecho histórico, no merece la pena conocer dicho suceso”. Aquel personaje me conocía mejor que mi madre. Y no solo a mí, también a muchos de vosotros. Venga, confesad, ¿cuántos os habíais interesado por William Wallace, el tal Schindler o aquel transatlántico británico que chocó con un iceberg antes de verlos en el cine?

AlanRickman

Viene esto a cuento de las últimas películas que he visto, basadas en historias reales, todas ellas engarzadas en una especie de trébol de la buena suerte. Porque me han salido buenas, las tres. Y eso hoy en día ya es para batir palmas. Lo que no es para celebrar, en cambio, es mi desdén por la Historia o, al menos, por las historias. Porque si bien los relatos de Fruitvale Station de Ryan Coogler, 127 horas de Danny Boyle y The Town de Ben Affleck, no tratan sucesos históricos comparables en importancia a la Revolución Industrial o la Guerra Civil Española, sí que nacen de noticias reales, de esas que marcan la vida de los protagonistas y de cuantos les rodean. Eso tiende a echarme para atrás a la hora de pagar una entrada: ¿una visión de… LA REALIDAD? ¿Un reflejo de… NOSOTROS? ¿Dónde quedan los superhéroes, las Megan Foxes y el escapismo en general?

Lo admito: soy un tío de gustos sencillos. Me gusta llegar a casa y enchufarme hora y media de diálogos ligeros, de ocurrencias banales, con el último éxito pop en la banda sonora y dos o tres chistes  irreverentes que en realidad no lo son (probablemente esté describiendo media filmografía de Jennifer Aniston…). Pensar, fruncir el ceño y, ay, quedar intranquilo tras acabar una película son cosas a las que hay que ponerse. No es llegar a casa y darle al “play”, no. Para ver una historia de verdad, basada en personas de carne y hueso, hay que arremangarse y ponerse. Y ponerse siempre cuesta un esfuerzo. ¿Y sabéis qué es lo peor de todo? Que el esfuerzo merece la pena. Que, cuando sale buena la película, la recompensa es doble: buen cine con algo sólido que llevarse a la sesera o al alma. No a la entrepierna, por una vez. Pero si hay doble premio cuando apuesto por este cine, ¿por qué me sigo resistiendo a él?

127hours

Y hete aquí (E.T. here) que he dado con una respuesta: Hollywood no quiere que lo haga. La Meca del cine me ha estado entregando un paquetito de entretenimiento perfecto desde que empecé a ir al cine sin mi padre agarrado al otro extremo del brazo. Risas, un poquito de drama bien medido, esos efectos especiales que nunca falten… lo tienen muy bien montado. Los efectos especiales son el azúcar de esta comida feliz: cuanto más te ponen, más quieres. La dependencia es fuerte, el abrigo de lo conocido siempre reconforta por muy roída que esté la tela. Un Dos policías rebeldes III o un Misión Imposible 7 son ponerse al calorcito del brasero. La historia de un tipo que se arrancó un brazo o la de un atracador de bancos que sueña con dejar atrás su vida criminal son salir a la nieve a partir leña. Luego da más gustirrinín el calor de la hoguera, pero hasta que eso llega… uff, qué pereza, ¿no?

El perecismo ilustrado, el ombliguismo eterno. Ese es mi problema. Estoy intentando curarme.