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No he podido leer La ladrona de libros, el libro de Marcus Zusak que con frecuencia se ha comparado con El niño con el pijama de rayas. Entre las comparaciones entre ambas obras, siempre he leído que la de Zusak y la de Boyne comparten su visión cínica y edulcorada del holocausto. Una forma de acercar la tragedia nazi a los más pequeños, con una clara herencia de La vida es bella. Es posible que a la hora de traspasar a la pantalla la obra de Zusak hayan existido los mismos problemas que ocurrieron con la de Boyne, la falta de compresión de que estábamos ante una lectura extremadamente ligera, dirigida a un público muy concreto y para la que le resulta muy difícil encontrar su tono como largometraje. Y es que aunque no haya leído la obra de Zusak, viendo a la película sí que se me vienen rápidamente a la cabeza aquellas comparaciones que hacía la gente entre las dos obras. Y recuerdo lo placentera que fue la lectura del libro de John Boyne, como sin ninguna pretensión, conseguía atraparme la humanidad de esos dos niños a los que separaba una reja, y como en la película asistía a un relato anodino sin ninguna chispa. Y observo, fácilmente viendo La ladrona de libros que existen en ellas muchas ideas que podrían llegar a gustarme, pero contadas de una forma tan torpe que jamás llegan a despertar a mi interés.

La historia de La ladrona de libros nos traslada a Alemania en medio de la guerra, allí, en una pequeña calle, la muerte (narradora de la historia, de una forma que inconsecuentemente parece casi angelical) rodea a la niña protagonista. En un largo viaje en tren, buscando una nueva familia, pues no sabe el destino de su madre (posiblemente muerta), su hermano también fenecerá, y será acogida en el seno de una familia de una mujer estricta y un hombre bondadoso. No sabemos muy bien nunca cuál es el motivo que lleva a esta familia a adoptar a la joven niña, es fácil suponer que es una pareja infeliz incapaz de tener hijos, incluso ronda por el ambiente la sensación de que hace tiempo que no practican el coito. En esta nueva experiencia en una Alemania controlada por el régimen nazi, la niña, analfabeta, encontrará un libro que le hará conocer el placer de la lectura. Junto a su nuevo padre, aprenderá a leer, y poco a poco irá devorando libros que robará para leer a un joven judío que se encuentra escondido en el sótano.

Lo primero que despierta mis dudas y me desconcierta en La ladrona de libros es la imagen que hacen del Tercer Reich. Es cierto que uno de los incidentes más recordados fue la quema de libros, una quema de libros, que es algo siempre atroz, no se hizo sin justificación ninguna, pues se lanzaban a la hoguera los libros, nombrando al autor y dando los motivos por los que se quemaban. La forma en la que en la película se representa esto, no podía ser más lejana a lo que ocurrió, pues entre todas las atrocidades que cometieron los nazis, bien es cierto que jamás un régimen totalitarista fue más respetoso con el arte. Pero aquí asistimos a una imagen cercana a la que ofrece Ray Bradbury en Fahrenheit 451, con un poder que busca la analfabetización de su pueblo.

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Pero más allá de esto, lo que me crispa de La ladrona de libros es la melaza con la que está narrada, una película vilmente edulcorada en busca de la emoción gratuita, que se apoya incluso en un montaje manipulador que parece insistir únicamente en la provocación del llanto del espectador. Prueba de esto está en una de las escenas más ruines de la película, dónde tras una escena en la que el matrimonio habla de que harían en caso de que el huésped muriera, la niña es retirada de la clase para darle la noticia de que este señor sigue vivo. Pero toda esta manipulación llega a su peor punto en la recta final de la película, dónde esa muerte que narra la película vuelve a ser parte principal de la misma. Un desenlace bastante previsible ejecutado de la peor de las maneras, incluyendo una de las muertes más espantosas que un servidor ha podido ver en la gran pantalla.

Lo cierto es que La ladrona de libros acaba pareciendo una sentimentaloide historia cuyo propósito no va más allá de provocar descaradamente la emoción en el espectador. Esto es algo que acaba resultando tan evidente en sus intenciones que no funciona e incluso llega a cabrearme y me provoca la carcajada cuando sus maniobras son cada vez más obvias. Incluso toda la trama de la relación infantil, enmarcada por un casting de niños realmente nefasto, dónde lo que más destaca es el parecido físico de Nico Liersch, el amigo de la protagonista con el Edmund de Alemania, año cero, acaba pareciéndose a algo así como la versión nazi de Mi chica. Tan sólo el casting adulto, encabezado por un siempre convincente Geofrey Rush y la dirección de Brian Percival, salido de la escuela de Downton Abbey y que destila cierta elegancia moviéndose por los fascinantes decorados creados en los estudios Baselberg de Berlín, dejan una ligera sensación positiva en una película que es poco más que una apuesta descarada por ir a por el Oscar, aunque para ello tenga que recurrir a la prostitución sentimental.

1.5_estrellas

Ficha Técnica:

Título original: The Book Thief Director: Brian Percival Guión: Michael Petroni Música: John Williams Fotografía: Florian Ballhaus Interpretes: Sophie Nélisse, Geoffrey Rush, Emily Watson, Nico Liersch, Ben Schnetzer, Sandra Nedeleff, Hildegard Schroedter, Gotthard Lange Distribuidora: FOX Fecha de estreno: 10/01/2014