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Quizá quepa desagregar las películas navideñas en dos subgéneros: aquellas donde es Navidad a lo largo de toda la película y esas otras donde la historia que se nos cuenta tiene un mayor recorrido temporal pero alcanza su desenlace en esas fechas. Luego están, por supuesto, aquellas películas navideñas por las que no aparece rastro alguno de la Navidad (Atrapado en el tiempo sería un buen ejemplo), pero esa es otra categoría que dejamos para mejor ocasión.

Smoke, de Wayne Wang, es una película navideña a pesar de (o tal vez precisamente porque) nos permite seguir la vida de sus protagonistas a lo largo de muchos meses que preceden a la Navidad final. Son estampas de las vidas entrecruzadas de varios personajes en Brooklyn. Se trata por tanto de un film eminentemente coral, si bien el foco nos señala de manera especial el devenir cotidiano de dos personajes: Paul Benjamin (encarnado por ese actor de rara eficacia que es William Hurt) y Auggie Wren (magistralmente interpretado por el incomparable Harvey Keitel). La cámara de Wang retrata con ejemplar clasicismo, a través de largos planos estáticos, el proceso por el cual estos dos personajes van forjando una gran amistad. Paul es un escritor venido a menos que aún no ha logrado superar la muerte de su mujer, y Auggie es propietario de un estanco. Les veremos enfrentarse por separado a las tribulaciones de sus vidas, y les veremos también interactuar, ayudarse, poner a prueba los mecanismos del egoísmo y la solidaridad. ¿Y no trata la Navidad precisamente de eso? Por ello cobra todo el sentido que el relato, dilatado en el tiempo, de las alegrías y las penas de Auggie y Paul describa una trayectoria ascendente en su emotividad, en su profundidad, hasta llegar al clímax de su desenlace navideño.

Antes de ese desenlace, el prodigioso guión de Paul Auster nos concederá abundantes momentos de sereno deleite. Auggie hace partícipe a Paul de su afición secreta, mostrándole el fruto de la misma: cada mañana, exactamente a la misma hora, la cámara y el trípode de Auggie capturan lo que sucede en ese momento en el cruce de calles donde se ubica su estanco, y numerosos álbumes de fotos recogen miles y miles de instantáneas que muestran el mismo rincón de Brooklyn. “Pero es siempre lo mismo”, apunta Paul con perplejidad y algo de cautela, temeroso de herir la sensibilidad de su amigo. Nada más lejos de la realidad. Es la misma esquina de Brooklyn retratada a la misma hora a lo largo de innumerables jornadas mes tras mes, estación tras estación, pero cada escena es irrepetible y única. Poco a poco, Paul comienza a apreciar la belleza desconcertante de la tarea que ha ocupado a Auggie todas y cada una de las ochos y media de las mañanas de sus últimos lustros, y comienza a pasar las páginas despacio, lánguidamente, saboreando el detalle de cada foto. “Es lo que recomiendo”, le dice Auggie. En medio de ese ir y venir de gente dentro de álbumes de fotos se producirá de pronto el milagro terrible e inevitable que hundirá a Paul entre las páginas de uno de esos álbumes, pero que al mismo tiempo le hará volar al fin, el milagro que sellará su amistad con Auggie. Es la escena que de algún modo prefigura el cénit de la secuencia final de Smoke, al cual nos conducirá la película en su ritmo pausado, como el humo que asciende hacia el cielo sin buscar la línea recta, demorándose en curvas prescindibles pero disfrutables, es decir, imprescindibles.

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Es Navidad. La carrera literaria de Paul apunta la inminencia de un punto de inflexión positivo: la revista New Yorker le ha encargado que escriba un cuento de Navidad. Paul está emocionado y preocupado al mismo tiempo, ya que la fecha límite se aproxima y no se le ocurre nada. Un día pasa por el estanco de Auggie a comprar sus puros, y este le asegura que tiene una gran historia navideña. Se citan en una de sus cafeterías favoritas de la zona y comienza a contarle su cuento, algo que presuntamente le sucedió al propio Auggie en alguna de sus navidades pasadas.

Estamos ya en el clímax de Smoke, y se trata del momento de la película donde todo el clasicismo atesorado hasta el momento no se quiebra, porque nada se quiebra en Smoke, pero digamos que se pone a prueba a través de uno de los movimientos de cámara más audaces (y al mismo tiempo sutiles, aunque ambas cosas parezcan contradictorias) de todo el cine de los noventa. La cámara parece estar fija en Auggie mientras desgrana su relato a Paul, y es solo al cabo de largos minutos de lo que pensamos que es un plano estático cuando nos damos cuenta de que la cámara, de manera casi imperceptible a nuestros ojos, se ha ido aproximando a la boca de Auggie, de donde brotan las palabras que conforman su narración. Cuando el espectador quiere darse cuenta (y aquí me remito al espectador que la vio en sala de cine en el año 95) se encuentra en un lugar oscuro frente a una gigantesca boca, que ocupa toda la pantalla pronunciando la historia que le mantiene pegado a su butaca por sí misma y esa es quizá la hazaña, que el espectador no siente miedo ni extrañeza ante esa boca ingente que podría devorarle. Hubo quizá quien (en el año 95 en la sala de cine, o a día de hoy en su casa) optó por ver la película doblada para terminar enfrentado a una monstruosa boca cuyos movimientos labiales no se correspondían en absoluto con los sonidos supuestamente emitidos por ella. Ese espectador sí experimentó alguna extrañeza e inseguridad, supongo, y no diré que lo lamento.

La película funde sus títulos de crédito con una recreación en precioso blanco y negro del cuento de Navidad de Auggie Wren, el mismo que acabamos de escuchar de su (inabarcable) boca. No sabemos cuánto hay en esta historia final (que se sostiene de manera independiente al resto de la película, pero que al mismo tiempo no encontraría acomodo en ningún otro film) de verdad y cuánto de invención de Auggie, como también ignoramos cuánto hay en ella de mezquindad y de espíritu navideño, cuánto de bonhomía y cuánto de ruindad. Es decir, exactamente lo mismo que nos pasa con todas y cada una de las personas que conocemos. Por lo demás, cuando Harvey Keitel abandona la casa de aquella anciana y la música de Tom Waits nos recuerda que solo somos inocentes cuando soñamos, ya solo nos queda llorar, reconfortados.