Gracias a nuestros compañeros de SensaCine, La Cabecita pudo acudir como medio acreditado al pasado Festival de Cine 4 + 1 en Madrid, que se ha celebrado de manera simultánea en Bogotá, Buenos Aires, Ciudad de México y Río de Janeiro. Fueron cinco días muy intensos y una experiencia muy enriquecedora para el Blog, por eso desde aquí quiero dar las gracias a todos los responsables del Festival.

La fotógrafa francesa Valérie Massadian se ha abierto paso en el mundo del cine con Nana, una película que no pasó desapercibida por los circuitos festivaleros del año pasado (alzándose incluso con el premio a la Mejor ópera prima en el Festival de Locarno) y que sigo dando de qué hablar en la actualidad. Con gran expectación se proyectó en la Sección Oficial del Festival 4 + 1 en Madrid, hasta donde se trasladó Valérie para hablarnos de su película. La estrella de su primer largometraje es la pequeña que da nombre a la película y que no dejamos de ver durante los casi 70 minutos de metraje. Nana es un duro retrato de la niñez a través del cual su directora cuenta cómo una niña afronta un viaje oscuro a una edad marcada por la inocencia y la espontaneidad con una sutilidad en la que el misterio y la delicadeza se dan la mano. Aún así la cinta de Massadian puede pecar de insustancial, porque la niña es muy graciosa y es imposible no sentir ternura hacia ella desde el primer momento en que aparece en pantalla, pero dejar que la película se sustente únicamente en eso es algo que puede resultar tedioso.

Massadian aporta cierto lirismo al largometraje gracias a su destreza como fotógrafa, de ahí que en las secuencias en el bosque la directora francesa logre sorprender a los espectadores con planos y encuadres rebosantes de belleza (fascinante la escena en la que Nana pasea con su abuelo por el bosque o en la que encuentra un animal muerto entre el follaje). Por ello, y dejando a un lado lo simpática que pueda resultar la niña, no cabe duda de que lo mejor de Nana es su fotografía. Puede que este no sea el mejor debut cinematográfico que hayamos visto en los últimos años pero valdrá la pena seguir la pista de los futuros proyectos de Valérie Massadian.

Nana es una niña de cuatro años que vive con su madre y su abuelo en una casa de piedra situada en el campo. Es en ese entorno rural donde las maravillas y los peligros se unen para dar rienda suelta a la trama, donde la niña aprende a vestirse sola, juega al aire libre y pasea por el bosque. Una tarde, cuando Nana vuelve del colegio, sólo encuentra silencio en su casa…

Massadian da plena libertad en su película a Nana. Desde la primera secuencia de la matanza del cerdo (una de las pocas que Valérie sabía que tenía que incluir en la cinta) la cámara sigue a la pequeña allá donde va, juegue con lo que juegue y haga lo que haga, y de todas las maneras Nana resulta adorable, impredecible, graciosa y cautivadora, el problema llega cuando intentamos ver más allá de eso y no encontramos nada. Nana se puede considerar un documental de observaciónen el que contemplamos cómo una niña, de la noche a la mañana, se hace dueña de su propio mundo, de cómo afronta una soledad de la que ella misma no se da cuenta, pero poco más… Quizá Massadian haya pagado que el guión apenas pasase de las quince páginas, porque en muchos momentos el espectador se encuentra perdido, sin saber muy bien qué es lo que en realidad se pretende contar en el filme. Lo innegable es que tanto la fotografía como el sonido son impecables, con momentos magistrales en los que el silencio sólo se ve roto por los ecos de la naturaleza.

Nana no aportará nada nuevo al espectador, pero al menos la ingenuidad de Kelyna Lecomte (que ahora tiene 7 años) resulta encantadora.