La gran vencedora en el pasado festival de Sitges, presenta un “día rutinario” en la vida de un hombre sin nombre (Denis Lavant) y sus múltiples caras (asesino, mendigo, padre de familia…). De buena mañana, una limusina, conducida por Céline (Edith Scob), viene a buscarlo para que pueda asistir a una serie de citas, cada una más rara que la anterior. Lo que podría parecer un día de trabajo convencional acaba siendo una extraña mezcla de desafíos.

La película empieza y termina con imágenes cronofotográficas de Étienne-Jules Marey, uno de los nombres importantes de la prehistoria del cine. Probablemente, Carax nos esté mostrando su voluntad de quedar-se en la historia del cine. Sabe de dónde venimos y nos muestra como busca su sitio en este relato. De ahí que nada más empezar la película, nuestro protagonista descubra una sala de cine escondida tras una puerta cubierta de papel pintado. Pronto, Carax nos descubre sus intenciones: quiere llevarnos de viaje por el cine a través del cine.

Sin embargo, ¿Qué es el cine? Empezó como una atracción de feria, pero pronto grandes genios como Méliès descubrieron que servía para algo más importante, como el mero hecho de contar historias. Gracias a estos pioneros, ha llegado el cine a nuestros días. Un vehículo de expresión que sirve para entretener e informar. Y así, buscando su rincón en la historia, Carax nos presenta una película formada por películas que funcionan como capítulos. Cada una nos cuenta una historia con sus propias particularidades y géneros: musical, comedia, drama, sonoro, silente, animación, surrealista… Son muchos los adjetivos que se podrían usar para tratar esta película y Carax pretende abarcarlos todos. Dice el refrán que quien mucho abarca poco aprieta, pero salvo contadas ocasiones, el director ha sabido apretar lo justo.

Todas estas historias, aparentemente inconexas entre sí, tienen nexos comunes: el hombre sin nombre, Céline y la limusina. El mismo vehículo que transporta a Robert Pattinson por Nueva York en la última película de David Cronenberg. En el caso de Cronenberg, critica la crisis y los estamentos financieros a través de una figura del sistema que está de paso cruzando Nueva York en limusina en busca de una peluquería. Carax sitúa a su personaje sin nombre, multifacético y complejo, en una limusina cruzando el mundo del cine. Mientras que Cronenberg plantea su protagonista como despreocupado por lo que sucede a su alrededor, Carax envía al suyo a la aventura, lo adentra en lo más profundo de la magia cinematográfica. Todo para que pueda volver a casa con el deber cumplido, creyendo haber encontrado respuestas.

Es un filme de difícil digestión, a veces no se sabe bien que se está viendo, de muchas lecturas, con momentos de gran belleza, tanto visual como dramática, y otros más desagradables. Por momentos pesada, por momentos maravillosa, Carax pone a prueba al espectador, le reta a ver cuánto es capaz de aguantar. Sin grandes nombres, los de Eva Mendes y Kylie Minogue son meros reclamos con poca presencia en el grueso de la película. Su concesión a un tipo de cine más comercial. Todo este collage culmina con una secuencia final que resume lo que ha sido esta película: un agotador viaje del que volvemos con pocas respuestas, pero con una certeza: algo ha cambiado en nuestra percepción. Para bien o para mal, Holy Motors es una película que no deja indiferente y que afortunadamente nos permite muchísimas lecturas.

Título original: Holy Motors. Director: Léos Carax. Guión: Léos Carax. Música: Neil Hannon. Fotografía: Yves Cape y Caroline Champetier. Reparto: Denis Lavant, Edith Scob, Eva Mendes, Kylie Minogue, Michel Piccoli, Jean-François Balmer, Big John, François Rimbau, Karl Hoffmeister.