“El miedo a la vejez, los almanaques. La historia que se mofa de nosotros. La batalla diaria entre dos cuerpos. Los años transcurridos tan deprisa.” Esas eran sólo algunas de las cosas que pertenecían a Sabina en su canción Inventario, cosas que también poseen los protagonistas de Madrid, 1987, una película que perfectamente podría ser una canción de Sabina, un canto al olvido de las personas, al cambio, a un Madrid resucitado que busca encontrarse, encontrar una identidad propia, un canto a las personas, a la vida que se va y a la que comienza, a la desesperación y el deseo.

Madrid, 1987 es la historia de dos almas, digo almas porque sería injusto referirse a ellas simplemente como personas, el alma de un hombre mayor, mordaz, corrosivo, que ha visto todo las fases de la última España, pasó por la dictadura y llegó a la transición, cansado de todo, receloso de la vida, aburrido de envejecer, destila sabiduría, pero añora la belleza y la libertad de la juventud, y el alma de un joven que no ha visto nada, inocente, aparentemente frágil, no sabe nada, lo único que ha pasado ante sus ojos han sido los textos de los libros, se presenta como una alumna, dispuesta a escuchar al maestro, a aprender, pero quizá ella puede enseñar más de lo que cree.

Dos almas, desnudas por completo, literalmente, en un albricia de guión en la que el espectador debe estar colaborativo para entender que sí, esa puerta del baño es bien sencilla de derribar, que podrían haber salido en cualquier momento, pero realmente no importa, lo que importa es el encuentro que sucede, ambos, encerrados por completo en un cuarto de baño durante todo un fin de semana. Puro cine de cámara, pequeño, de réplica y contrarréplica, apoyado todo sobre un guión brillante, que pone sobre las mesa temas políticos, sexuales y emocionales, para examinarlos bajo el prisma de dos generaciones distintas, dos visiones completamente distintas, la de una España rota perdida sin ganas, la de una España con ansias de vivir, de cantar de felicidad de evolucionar.

Y en ese juego los que se mueven son un José Sacristán radical, con una voz rasgada y rota, presa del güisqui y los cigarrillos, a medio camino de ser el propio Sabina, Fernán-Gómez o quizá un Francisco Umbral más acorde con su oficio de literato, pero sería injusto compararle con nadie, su personalidad por si sola ya es completamente arrolladora. Le da contrapié una María Valverde sorprendente, sensual, asombrosa, que no se amedranta ante su compañero de reparto, haciendo de su aparente fragilidad toda su fuerza, de su incipiente curiosidad su mejor arma, de su cuerpo, apenas tapado por una toalla que no deja ningún lugar a la imaginación el más oscuro y ardiente objeto del deseo.

Madrid, 1987 es cine atípico, cine de cámara, del que se tiene que sustentar básicamente en la fuerza interpretativa de sus protagonistas, en un guión sin demasiadas carencias y en la destreza de un realizador como David Trueba, que tras la sensacional serie ¿Qué fue de Jorge Sanz?, se desmarca como un completo examinador de espacios pequeños, aprendiendo a jugar con todos y cada uno de los elementos de su alrededor, evitando caer en la teatralidad y sobretodo escapando de agobiar al espectador que se encuentra atónito ante el poder de absorción que tiene ese protagonista y que irremediablemente nos hace recordar ese documental que también dirigió Trueba sobre Fernando Fernán-Goméz, aquella silla de Fernando que tenía un poder de fascinación casi sobrehumano sobre el espectador, seguramente si Trueba no se hubiera acercado tanto a Fernán-Gómez, el David que aquí interpreta Sacristán nunca habría existido, pero también si Pepe Sacristán no hubiera vivido ese espíritu de la transición a través de las calles de Madrid, su personaje nunca habría sido igual.

 Título Original: Madrid, 1987 Director: David Trueba Guión: David Trueba Música: David Trueba, Irene Rodríguez Tremblay y Leonor Rodríguez Fotografía: David Trueba Interpretes: José Sacristán, María Valverde Distribuidora: Alfa Pictures Fecha de Estreno: 13/04/2012