Los Oakland Athletics acabaron la temporada 2001 por todo lo alto, aunque no pudieron conseguir el trofeo de ganadores, demostraron que pese a su modestia podían hacer mucho más de lo que mayoría pensaban que harían. El problema llegó cuando al terminar la temporada las estrellas del equipo se fugaron a otros equipos más grandes y dejaron a los Athletics, uno de los equipos con el presupuesto más bajo de la liga de beisbol norteamericana con la necesidad de recomponer todo el equipo apenas sin dinero. Parecía que salvo que un milagro ocurriese los Oakland Athletics no iban a encontrar la forma de crear un equipo medianamente decente, pero mientras que se buscaba la forma de contratar jugadores sin salirse del presupuesto y poder hacer un equipo capaz de ser mínimamente competitivo, el milagro ocurrió cuando Billy Beane, el manager general del equipo conoció a Peter Brand un recién licenciado en económicas que descubre un agujero en el mundo de beisbol y aplicando una fórmula matemática es capaz de descubrir quienes son los jugadores infravalorados y que su calidad está muy por debajo de su precio. Beane y Brand unirán fuerzas para intentar no sólo crear un gran equipo con poco dinero, si no dar la vuelta a un negocio entero.

Son lógicas la comparaciones con La Red Social de Fincher, no sólo por que el guión lo escriba Aaron Sorkin, esta vez junto a Steve Zaillian (que curiosamente ha adaptado Millennium para Fincher), si no por el proceso de creación de un sistema nuevo y revolucionario en cada uno de sus campos y sobre todo el hecho de que ambas películas se sientan bastante modernas, pero ahí deben acabar las comparativas entre las dos. Quizá lo más revolucionario y nuevo que tiene la película es un tratamiento menos pasional de lo habitual al deporte de lo que siempre le ha unido al cine, no sólo al beisbol, el cual llevamos tratando de entender toda la vida con la ayuda del cine (sin obtener resultados demasiado positivos, porque aún seguimos sin acabar de entender el dichoso juego) desde la maravillosa El Orgullo de los Yanquis a la empalagosa Campo de Sueños, son muchas las que han tratado el beisbol en el cine, pero Moneyball consigue alejarse bastante de cualquier otra película deportiva. La clave para conseguir esto es la eliminación de cualquier historia de auto-superación a las que se suelen vincular y la poca trascendencia que se le da a las historias personales dentro de la película, del único que conocemos algo más allá de su vida profesional es de su protagonista, del cual se narran con unos escuetos flashbacks la que fue su trayectoria como jugador, así como también vemos en el presente una estrecha pero no abusiva relación con una hija, producto de un matrimonio roto.

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Estos pequeños datos que nos dejan de Billy Beane, son claves a la hora de definir a un personaje que anda a medio camino entre el entrenador Taylor de Kyle Chandler en Friday Night Lights y el Jerry Maguire de Tom Cruise pero que al contrario que aquellos es incapaz de convivir con la derrota y vive marcado por culpa de un error que cometieron sobre él, alguien que siempre ha querido ganar y lo ha tratado por todos los medios que ha tenido en su mano, pero que no puede evitar vivir con miedo aferrado a un pasado que le hace sentirse fracasado, tiene tanto pánico a la mala suerte que es incapaz de ver un partido de su equipo, y por supuesto pese a una prefabricada fortaleza de seguridad existe alguien que es incapaz de escapar de su cómoda estabilidad. Billy Beane es el protagonista absoluto de la película y posiblemente la película no hubiera funcionado igual de bien si no fuera por la portentosa y pasional interpretación que nos brinda un Brad Pitt que confirma estar en el mejor momento de su carrera, pero pese a que sea éste el centro de la historia, nunca deja que la película se desvíe de esa historia de oficinas que tan bien ha retratado siempre Sorkin en sus series de televisión.

Dónde quizá más falle la película es a la hora de abandonar por completo a alguno de los secundarios así los personajes de Jonah Hill y especialmente el de Phillip Seymour Hoffman pese a ser los únicos personajes que realmente reciben algo de peso en la trama se sienten bastante desaprovechados. El primero pese a la importancia que debería tener su personaje en la historia central parece en ocasiones relegado a ser simplemente el secundario graciosillo de turno, mientras que Hoffman que debería ser el contrapunto emocional al tratamiento de beisbol por parte de Billy Beane, resulta un personaje insulso, sin carisma y con una nula aportación a la trama.  Son realmente estos los únicos peros a una película que como ya ocurría en La Red Social sirve bastante como ejemplo de lo que es la América de la primera década del siglo XXI, reflejada a través de un deporte que es el que cien años después sigue moviendo a una sociedad estadounidense aterrada frente a los cambios. Es cierto que el ambientarla en un deporte tan poco conocido fuera de Estados Unidos y algunos países latinoamericanos nos puede llevar un poco a perdernos entre tecnicismos del beisbol, pero esto no hace en absoluto que el espectador se pierda en ellos, la película opta por acercarse al deporte de una forma distante, tirando de imágenes de archivo para seguir marcando esa distancia en lugar de usar recreaciones y funcionando al fin y al cabo como un gran macguffin a través del cual se desarrolla toda la película. Tras Capote, Bennett Miller demuestra ser un director camaleónico, capaz de exprimir al máximo a sus actores y confirma que es uno de los autores norteamericanos a los que más habrá que considerar durante los próximos años.

3.5_estrellas