Lo han vuelto a hacer, pese a dejarnos con un sabor algo insatisfactorio (y aún así bastante bueno) con El Silencio de Lorna, los hermanos Dardenne, símbolo actual de vital importancia dentro del panorama europeo, vuelven a su mejor estado de forma con El Niño de la Bicicleta, posiblemente su película más distinta, pero que aún así no deja de tener ese inconfundible sabor a puro cine que tienen todas las producciones de los belgas.

Como decíamos es su película más distinta, por primera vez ruedan una película mucho más iluminada y colorista que en el resto de las ocasiones, el sol se muestra presente en todo momento. También es la primera  vez que cuentan con una estrella de nivel internacional como Cécile de France, y como ya hicieron en El Silencio de Lorna la música se empieza a convertir en compañera de la historia, recurriendo en esta ocasión a una fantástica pieza de Beethoven para adornar las escenas de más pura soledad.

Pero no por alejarse más que nunca de su filmografía dejan de lado las referencias que siempre ha tenido su cine, el papel de De France es un pequeño oasis en un reparto en el que como siempre predominan actores sin experiencia, y dónde como siempre vuelven a demostrar su buen ojo al darle el papel protagonista a un sensacional Thomas Doret. Por supuesto aparecen actores que han sido constantes en su filmografía como Olivier Gourmet o Jérémie Renier. Pero sobre todo lo que deja claro que pese a los cambios ésta sigue siendo una película de los Dardenne lo encontramos en la manera de retratar a los personajes, de forma limpia, sin juicios, sin reprocharles nada.

El niño de la bicicleta comienza con una búsqueda insaciable, Ciryl al cual la cámara persigue constantemente de una forma que nos puede recordar con facilidad a Rossetta, ha sido abandonado en un hogar de recogida por su padre, el cual le prometió que volvería y no lo hice, durante el primer tramo de la película nuestro protagonista vaga desesperadamente buscando no sólo al padre el cual rechaza que le haya defraudado, si no por supuesto a sí mismo, esto se ve sobre todo en el uso de la bicicleta como elemento incluido en la búsqueda que no es más que una metáfora preciosista por parte de los Dardenne. Es gracias a la bicicleta (o más bien a ese anuncio) cuando por primera vez se da cuenta de que su padre si le puede haber decepcionado, es luego el único vinculo que le ata a él, es lo único por lo que siente una imperiosa necesidad de protección.

Por otro lado tenemos también la perfecta incursión de Samantha, el personaje interpretado por Cécile de France, en lugar de caer en lo sencillo y dejar que ésta le proteja por necesidad de cubrir un vacío producido por una perdida, se ve enfocado desde la otra perspectiva, desde su primera incursión es el niño quien se pega a ella, quien no la quiere soltar, ella impresionada ante esto hace lo posible para devolverle la bici al chaval, con eso espera terminar esa inexistente relación, pero el que si tiene necesidad de cubrir un hueco es él, necesitado de protección, es el que acaba rondando y persiguiendo a la protagonista en todo momento.

Por supuesto la moralidad de los personajes también se pone a prueba como suele ser habitual en el cine de los belgas, aunque por supuesto sin ningún tipo de juicio moral. La incursión de la violencia en el protagonista, con lugar a un bastante desafortunado incidente, no sirve para otra cosa que para conseguir fortalecer las relaciones humanas, dando lugar a una más que necesaria resurrección y un final que se siente bastante optimista.

Los Dardenne lo han vuelto a hacer, sí, nos han vuelto a ofrecer un fantástico espectáculo, de cine con mayúsculas, un cine directo, sin concesiones, con un ritmo trepidante y una historia realmente apasionante e incapaz de dejar indiferente, otra joya más que sumar a la exquisita filmografía de los cineastas belgas.

4.5_estrellas