Hay veces que una serie lo tiene muy difícil para seguir adelante, y pocas son las que como Friday Night Lights tienen la oportunidad de poder levantarse, aguantar y resarcirse de sus errores. Tras una gran primera temporada, pero terriblemente discreta en las audiencias, la serie parecía condenada al fracaso, por suerte las bajas audiencias de la NBC y las buenas críticas que había recibido la serie, fueron suficientes motivos como para darle una nueva oportunidad. La segunda temporada no solo repitió los mismos malos datos de audiencia, sino que en un intento forzoso de recuperar el favor del público se convirtió en un culebrón teen que nada tenía que ver con lo que habíamos visto hasta el momento. Esta vez sí que parecía que nadie la salvaría de la canción, pero entro en escena un invitado que nadie esperaba, el canal por satélite DirecTV que compartió gastos de producción para una nueva temporada de trece episodios que parecía que sería la última, aunque sorprendentemente la serie acabo renovando por dos nuevas tandas de trece capítulos cada una.

Debo entonar el “mea culpa” y decir  que yo me baje del carro tras esa tercera temporada, tan fantástica como la primera y que quedaba perfectamente cerrada en la boda de Bill Riggins. Sabía que las otras dos temporadas no estaban planeadas en un principio, y el fantasma de la segunda temporada aún se sentía bastante reciente. Pronto me di cuenta de mi error, no paraba de escuchar cosas buenas de la serie y del final, pero había algo que no me hacía decidirme del todo para ponerme a verlas. Por suerte, el pasado domingo durante los premios Emmys, la serie se convirtió en la pequeña Cenicienta, y los premios al mejor guión y sobre todo el premio a mejor actor para Kyle Chandler, hizo que una vez más, después de tanto tiempo, entonase ese “Clear Eyes. Full Hearts. Can’t Lose.” Es cierto, que al final no se llevo el premio a la mejor serie dramática, pero a estas alturas nadie puede dudar que fuera una de las grandes vencedoras de la noche (por encima de Mad Men que fue la que nuevamente se alzó con ese Emmy). Y por si eso fuera poco, me acabo de dar el empujón definitivo para ponerme a terminar de ver la serie, y acabar esas dos temporadas que me faltaban, lo cual he hecho de forma totalmente maratoniana, y es que una vez que me puse, se convirtió en una droga de la que realmente no podía escapar.

Es muy difícil explicar a alguien que nunca ha visto Friday Night Lights qué es lo que es, y más difícil aún es convencerle, sobre todo si está bastante reticente a verla. Friday Night Lights es la historia de un pequeño pueblo de Texas, Dillon, dónde el fútbol americano es prácticamente una religión, y como tal, el centro de toda la atención del pueblo está en el equipo de fútbol de su instituto. Y sí, es cierto que Friday Night Lights no tiene nada más aparte que eso, pero tiene algo que la hace terriblemente especial, su gran realismo. Ninguno de los personajes de la serie se ve en peligro de caer en el cliché, son tipos que fácilmente te puedes creer que te los podrías encontrar allí, sus tramas (a excepción de la ya comentada segunda temporada). Tampoco buscan ser espectaculares y meter giros imposibles, realmente la serie no lo necesita y se sobra con apoyarse en los pequeños conflictos que van surgiendo durante la convivencia, unos mayores que otros, pero sin necesidad de caer en lo inverosímil. Pero si algo destaca sobre todo en Friday Night Lights, junto a su peculiar manera de rodar, cámara en mano, son sus contundentes guiones, de nuevo destilando hiperrealismo, dónde es mejor soltar una mirada que un monólogo absurdo, dónde las palabras no abundan cuando no es necesario, y en dónde en ningún momento dejan al espectador sentir la sensación de que se encuentra viendo una ficción.

Y sí, también está el fútbol, al fin y al cabo no deja de ser el leitmotiv de la serie. ¡Y de qué manera está llevado! No sólo sin pretenderlo el espectador acaba aprendiendo muchísimo sobre el deporte en cuestión (creo que ahora mismo sería capaz de ver un partido de fútbol americano sin perderme en absoluto), es increíble la emoción que se le imprime a cada uno de los partidos que hay en la serie, haciéndonos incluso botar del asiento apoyando primero a los Panthers de Saracen y Riggins, y luego a los Lions de Howard y Cafferty. Esto llega a la cumbre en su último episodio, en esa maravillosa final estatal, llevado con una precisión casi cinematográfica, pocas veces se ha imprimido tanta tensión y emoción en un partido tanto en la pequeña como en la gran pantalla.

Por supuesto está serie tampoco sería lo que es de no ser por sus protagonistas, unos fantásticos Kyle Chandler y Connie Britton, que tienen una química brutal que pocas veces hemos visto entre dos actores. Capaces de zanjar una discusión con una simple mirada. Se convierte en dos personas increíblemente expresivas y adorables, sin duda no podía haber habido unos mejores Taylor para la serie, es imposible que nadie que vea la serie no sea capaz de enamorarse de esa pareja. Pero esto no funciona sólo gracias a ellos, mucha culpa tienen también sus secundarios, desde Taylor Kistch a Brad Leland, todos y cada uno de los personajes y actores de la serie son fundamentales, al fin y al cabo estamos tratando una serie bastante coral y no se podría sostener sin esos grandes personajes y fantásticas interpretaciones. Si algo deja claro Friday Night Lights es la libertad que han tenido los actores para componer a sus personajes y sentirse cómodos de ellos, tanto que al final resulta difícil ver que detrás del personaje se esconde un actor.

Durante cinco temporadas Friday Night Lights se ha convertido en una de las sensaciones más maravillosas que te podías encontrar en tu televisión, era imposible que triunfase en una cadena en abierto, y fue lo que paso, estábamos hablando de una serie que por calidad pertenecía al cable, pero que por temática realmente tenía difícil encontrar su sitio. Finalmente lo puto encontrar, y emocionarnos hasta un final esplendido (justamente reconocido con el Emmy al mejor guión), vibrante y emocionante, y con el que es imposible no soltar una lagrima. Por mucho tiempo nos acordaremos de Tim Riggins, Matt Saracen, Jason Street, Tinker, Luke Cafferty, Vince Howard, Smash Williams, Landry, Buddy Garritty…  y también de ellas, no nos podremos olvidar fácilmente de Julie, Tyra, Lyla, Jess o Becky. Ni de esa fantástica canción de la cabecera compuesta por Explosions in the Sky, ni tampoco nos olvidaremos de las carreteras de Dillon y de sus Panthers y sus Lions que formaron parte de nosotros como si fueran nuestros propios equipos. Y por supuesto nadie nunca podrá olvidar al “Coach” Eric Taylor ni a su mujer. Las luces finalmente se apagaron, pero para el recuerdo nos queda una de las mejores series de los últimos años. Clear Eyes, Full Hearts, Can’t Lose.

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