Frente a Stranger Things, como frente a la vida en general, caben dos actitudes bien diferenciadas, fundadas ambas en dejarnos atrapar o no por las expectativas que se nos inoculan desde casi todos los púlpitos. Así, pretender un reencuentro con las gratas –pero efímeras– esencias de los episodios primeros sólo se explica en base a un olvido –sublimatorio, si se quiere– de la desalentadora deriva en que la serie ha venido embarrándose desde muy poco después, y en especial durante la decepcionante Stranger Things 2. Por el contrario, si hacemos oídos sordos a los cantos de sirena, inmunizándonos contra el poderoso aparato propagandístico que siempre ha arropado al producto estrella de Netflix, podremos disfrutar de las bondades de esta tercera entrega, que las tiene y no son pocas.

En primer lugar, los hermanos Duffer parecen haber caído en la cuenta de que hasta las fórmulas de más éxito tienen fecha de caducidad. La edulcorada macedonia de motivos extraídos de Stephen King y Steven Spielberg que tan buen resultado arrojara al principio estaba ya largamente agotada para una segunda temporada que, de hecho, dio muestras de un acomodamiento próximo a la parálisis. Habiendo al fin aprendido de aquellos errores, las referencias son ahora a Los ladrones de cuerpos, en cualquiera de sus cuatro versiones cinematográficas, y al maestro John Carpenter, desde el póster de La cosa  (The Thing, 1981) hasta ese bicho repugnante que lleva a Once por el camino de la amargura, todo boca y colmillos, garras y tentáculos y moco, mucho moco. El resultado, a fuer de bizarro, es ciertamente divertido. Ejemplo palmario de lo cual son los atracones de fertilizante, memorable hallazgo escatológico.

Otra virtud de esta Stranger Things 3 radica en que logra conjurar uno de los grandes peligros que la amenazaban; a saber, la transformación de los encantadores niños protagonistas en horrísonos mancebos transidos de hormonas. Porque, en efecto, ha sucedido; pero tamaña hecatombe estética encerraba también un sinfín de posibilidades cómicas que se han explotado con sumo aprovechamiento, retumbantes regüeldos  incluidos. A ello contribuye sobremanera la inclusión de Maya Hawke y Priah Ferguson, sendas robaplanos consumadas y refrescante contrapunto femenino al insólito tándem formado por Joe Keery y Gaten Matarazzo. Si bien la función de la pelirroja Max sigue sin estar demasiado clara –salvo llevarse a Once de compras–, al menos el vocalista del grupo de Hair Metal de tu barrio, el tal Billy, ha encontrado algo que hacer con su vida, reorientando su nihilismo hacia una mucho más activa destrucción del mundo.

Independientemente de las bicis de cross, los walkie-talkies y los maratones de Dragones y mazmorras, el consabido revival ochentero nos regala guiños tan locos como esa infiltración del Ejército Rojo en territorio americano –y nada menos que en los sótanos de un centro comercial, santuario del consumismo capitalista– o su matón de cabecera, cuyas ortopédicas trazas y lengua de trapo remiten sin rubor al “Gobernador Schwarzenegger”.

Por su parte, David Harbour compone una versión (más) decadente de Magnum, P.I. (Magnum, 1980-1988), resacosa conjunción de bigotazo chevron, camisas hawaianas y cigarros a pares. O qué decir de la sala de cine llena hasta los topes para ver Regreso al futuro (Back to the Future, 1985), con la posterior discusión en torno a la pertinencia de su título entre unos Joe Keery y Maya Hawke hasta las cejas de sustancias nefandas. Mención aparte merece la gloriosa interpretación, a dos voces y aparatos de radioaficionado mediante, de la icónica –para bien y para mal– La historia interminable (The NeverEnding Story) a cargo del mencionado Gaten Matarazzo y Gabriella Pizzolo –por cierto, irrupción breve pero muy prometedora–, para uno de los momentos culminantes de una temporada que deja mejor sabor de boca del esperado, quizá precisamente por eso. Expectativas, decíamos.

Crítica escrita por Carlos Ortega