¿Cuánto cuesta el perdón? Para cualquier cristiano puede parecer una pregunta de fácil respuesta pero, en cierto modo, requiere de una previa reflexión. En la mayoría de religiones, y en especial en la católica, este concepto es una pieza clave sobre la cual se fundamentan muchos de los principios que encontramos en el judaísmo, el budismo o el islam. El perdón es un concepto poderoso, capaz de terminar una guerra pero también de iniciarla, ya sea a nivel político como emocional. De eso, del perdón, nos habla La canción de mi padre (I Can Only Imagine), un drama dirigido por los hermanos Andrew y Jon Erwin y basado en la historia del líder de la banda cristiana MercyMe, Bart Millard. El título original de la película, I Can Only Imagine, es la canción del pop cristiano más vendida de todos los tiempos.

La canción de mi padre habla (o lo intenta) de muchas cosas con las que podemos sentirnos identificados: el poder de los sueños, el trabajo duro, la importancia del sacrificio, las relaciones familiares o el deber, pero por encima de todo, la cinta de los hermanos Erwin habla de la fe. Una fe que no se centra necesariamente en la religión (imagino que a nivel comercial tiene mucho más gancho el filón del biopic musical y abarca la mayor parte del argumento), sino de la fe en uno mismo y en la capacidad de perdonar a los que nos ofenden porque es así como podemos llegar a ser nosotros mismos. Bart (J. Michael Finley) es un joven feligrés criado en una familia conflictiva. Un buen día, su madre se marcha de de casa sin previo aviso, abandonando a un joven Bart al cuidado de su padre, Arthur (Dennis Quaid), un hombre rudo y problemático incapaz de lidiar con sus emociones más primarias. Siguiendo los pasos de su padre, Bart se une al equipo de fútbol pero rápidamente se ve apartado del terreno de juego debido a una lesión. Es entonces cuando comienza a desarrollar una estrecha relación con la música, convirtiéndola en una vía de escape para sus frustraciones, a saber, si también buscaba ser una manera de buscar el reconocimiento de su padre. No obstante cuando Bart le confiesa a su padre que quiere ser cantante, Arthur responde con un “los sueños nos pagan las facturas” y que olvide la idea. Pero Bart no tira la toalla y se enrola en una banda con la que, años más tarde, editaría una de las canciones de pop cristiano más vendida de todos los tiempos. Como es previsible el camino es duro y en varias ocasiones Bart amenaza con abandonar. En la fatiga hacia lo que parece la tierra prometida, Brickell (Trace Adkins) el manager de la banda, le anima a seguir intentándolo (no resulta difícil ver este personaje como una especie de Dios cristiano que reconforta y guía al creyente descarriado).

A nivel de mensaje, La canción de mi padre es impecable y transmite de manera concisa y efectiva que con esfuerzo y tesón nuestros sueños pueden llegar a cumplirse. Sin embargo a nivel de realización, guión e interpretación, la cinta deja mucho que desear y se pierde en un derrotero de repetitivos montajes a cámara lenta que ponen contra las cuerdas la paciencia del espectador. La historia sobre la fundación de Mercy Me podría llegar a interesarnos, incluso más que la complicada relación de Bart con su padre (por mucho que este lo interprete un desorientado Dennis Quaid), pero el guión no termina de decirse y se queda a medio gas. El potencial de la enfermedad de Quaid se desdibuja con el uso de flashbacks y momentos de reflexión que lejos de ayudarnos a conectar con el drama de Bart, ralentizan el ritmo de la película. De hecho, todo el montaje se articula para la clásica escena final en la que Bart, ya en paz con su padre y con su pasado, sube al escenario a interpretar I Can Only Imagine. Mucho pasa a lo largo de la película pero realmente no importa puesto que lo importante era llegar aquí,  a este momento, a la clásica escena que esperamos de todo biopic musical.

No me gustaría pensar La canción de mi padre como un panfleto religioso, sino como una película curiosa y de moraleja fácil sobre la importancia de la fe en los sueños y en uno mismo. Más allá de las taras técnicas y dramáticas que pueda tener la cinta, el esfuerzo de los hermanos Erwin resulta encomiable y no debe desmerecerse en absoluto. Tal vez el error ha sido en la apuesta de construir el drama desde la cámara y no desde el guión, desde la música melancólica y no desde la interpretación de los actores. La canción de mi padre lo intenta, como Bart intenta ser cantante pero a diferencia de su protagonista la película tira la toalla en su primer revés.

Título original: I Can Only Imagine  Director: Jon Erwin, Brent McCorkle Guión: Jon Erwin, Brent McCorkle Música: Brent McCorkle Fotografía: Kristopher Kimlin Reparto: J. Michael Finley, Dennis Quaid, Cloris Leachman, Madeline Carroll, Trace Adkins,Priscilla Evans Shirer, Brody Rose Distribuidora: edreams factory