Sin menoscabo de una segunda temporada que en absoluto era el bodrio por tantos voceado, para la tercera temporada los responsables de True Detective han regresado a las esencias de la celebradísima entrega inaugural. En efecto, ésta que nos ocupa presenta numerosos elementos en común con aquélla, algunos de los cuales parecen, de hecho, concesiones al fan más acérrimo, por ende presto a publicitar su indignación ante el mínimo atisbo de impureza.

En True Detective III, la narrativa vuelve a estructurarse en tres planos temporales: 1980, 1990 y 2015. Ello permite al equipo de vestuario el consabido ejercicio de revival, aquí además doble. No obstante, los saltos entre épocas que tan novedosos y estimulantes resultaran durante la primera temporada se antojan ahora bastante menos sorprendentes, incluso algo previsibles. También sus protagonistas remiten a los investigadores de aquélla, explotando de nuevo las posibilidades —trilladas ad nauseam, si bien todavía efectivas— de la buddy movie. La deuda es tal que se llega a insertar —con calzador y no demasiada vaselina— un pantallazo con la noticia de los hallazgos de Matthew McConaughey y Woody Harrelson. En cuanto a la trama detectivesca que vertebra el argumento, MacGuffin de talla catedralicia como casi siempre en historias de este tipo, sí se sitúa a medio camino de las dos entregas precedentes: el supuesto asesinato ritual entronca con la primera, mientras que los vínculos entre crimen y gran empresa la acercan a la segunda.

Con todo, True Detective sigue tratándose de una serie excelente en su tercera temporada, de lo mejor que se ha visto en lo que llevamos de año. La intriga funciona como un reloj suizo y todas sus piezas encajan con precisión milimétrica, especialmente para espectadores ya avezados en la extrema fragmentación discursiva característica de la marca True Detective. A ese respecto y como antes se apuntó, el misterio de niños desaparecidos sirve de marco y soporte para la preocupación primordial de sus responsables: el retrato minucioso del drama y los demonios interiores de los personajes, en particular los de Wayne Purple Hays —deliciosa referencia, por cierto, a la canción de Jimmy Hendrix—. Le da vida un Mahershala Ali magistral, particularmente en los tramos relativos a su vejez medio demente. Sorprende que alguien de 45 años pueda recrear con tal grado de detalle a un anciano aquejado de Alzheimer sin caer en exageraciones caricaturizadoras. Estremece la fragilidad que alcanza a transmitir y no extrañan los dos Oscar que atesora una carrera relativamente breve todavía.

Mucho más dilatada, aunque no tan laureada —riesgos de no rechazar un guion— es la del picaresco Stephen Dorff. Su talento, acreditado de manera fehaciente en algunos de los muchos títulos que componen su prolífica filmografía —por ejemplo y hablando de memoria, la estupenda Backbeat (ídem, 1994)—, se ve en principio un tanto opacado por la peculiar técnica de Ali. Afortunadamente, no tarda en sobreponerse al arrollador carisma de su compañero y al infame corte de pelo con que se lo castiga en los pasajes correspondientes a 1980 para acabar entregando un trabajo irreprochable, extrañamente sobrio habida cuenta de su paso por la saga Blade, cualquier cosa menos discreta. En numerosas ocasiones llega incluso a apoderarse del plano con justicia.

Redondea el reparto la británica Carmen Ejogo con un papel asimismo de antología. En su caso, el riesgo estribaba en la  tentación de hacer de ella un florero intrascendente, mero descanso del guerrero. Virtud de los guionistas y de la propia Ejogo es que eso no haya sucedido. Antes al contrario, compone una mujer independiente, hecha a sí misma y porfiada en el logro de sus aspiraciones, todo lo cual sin incurrir en aleccionamientos baratos que no generarían sino rechazo, y dotando a su Amelia Hays de una calidez fieramente humana.

La tercera temporada de True Detective se puede visionar entera en HBO España y Movistar+

Escrito por Carlos Ortega