Han pasado 25 años del aggiornamento, brillante y divertidísimo, que del eterno retorno nietzscheano nos regalaran Harold Ramis y Bill Murray con Atrapado en el tiempo (Groundhog Day, 1993). Precisamente el tiempo ha elevado el estatus de esa película, originalmente tratada como una comedieta intrascendente, de las muchas que protagonizara el Murray previo a Lost in Translation (ídem, 2003), hasta un punto tal que la propia expresión día de la marmota ha acabado mutando su significado original —la folclórica costumbre que el cínico reportero televisivo interpretado por Bill Murray se veía obligado a cubrir en riguroso directo— para describir la repetición ad infinitum de una situación más bien indeseada. Un cuarto de siglo después nos llega la reescritura en clave millennial de aquella elaboración posmoderna del mito y aunque cuesta imaginarla convertida en un icono cultural equiparable, a Muñeca rusa no la faltan la gracia ni un puñado de aspectos  sumamente interesantes.

Su protagonista es ahora una mujer empoderada —siempre con perdón del cacofónico neologismo—, desarrolladora de videojuegos, profundamente neoyorquina y fumadora como un carretero, obligada a revivir —o re-morir— una y otra vez su trigésimo sexto cumpleaños y la fiesta que al efecto le han organizado sus amistades. Nadie mejor para encarnar un personaje tan lleno de posibilidades que la carismática y, a mi juicio, poco aprovechada Natasha Lyonne. Habitual en papeles de adolescente redicha —Todos dicen I Love You (Everyone Says I love You, 1996), American Pie (ídem, 1999)—, su nuevo rol en tanto adulta aquejada de un galopante síndrome de Peter Pan le sienta como un traje a medida, no en vano es una de las creadoras de la serie.

Verla buscar explicaciones para su inaudita situación, recorriendo la noche con ese bamboleo suyo como de marinero en tierra mientras suelta tacos de asombrosa exuberancia morfosintáctica es, sencillamente, una delicia punk. Encontrará un acompañante para su personal bajada a los infiernos en un personaje afroamericano que no podría estar más alejado del estereotipo, lo cual es de agradecer. Así, Charlie Barnett compone un entrañable inútil social, obsesivo-compulsivo del orden y él mismo atrapado en el bucle terrible del rechazo y la infidelidad de su novia.

Antes que a ningún hallazgo argumental digno de reseña, el guión fía su eficacia a una mordacidad dialógica abrasiva. La lengua viperina de buena parte del reparto raya en un intelectualismo cáustico que —me atrevo a aventurar— no resultará del gusto de todos los paladares. Con independencia del sentido del humor que impregna la historia —negro como la indumentaria de la protagonista, cruel como su destino pertinaz—, ésta transita de manera progresiva hacia un terror psicológico ciertamente sugestivo, alcanzando a inducir en el espectador una sanísima inquietud. Igualmente encomiable es que no se nos endosen subtramas de relleno, tal como sucede en otras series, obligadas a insuflar contenido a un número de episodios —y de temporadas— casi siempre excesivo. A ello contribuye la breve duración de cada uno de los ocho que integran Muñeca rusa, apenas veinticinco minutos donde no caben ni los excursos ni los subterfugios; si bien los dos últimos capítulos bordean ese precipicio con la melodramática muletilla del conflicto materno-filial irresuelto.

No obstante, el conjunto se nos revela como una ristra de perlas de mala baba minuciosamente engarzadas. En fin, la insólita ocurrencia que han tenido Natasha Lyonne, Leslye Headland y Amy Poehler constituye una muy grata sorpresa, más si se la compara con la morralla de que se compone en gran medida la parrilla de Netflix. Definitivamente, Muñeca rusa anima a resistir la imperiosa tentación de cancelar una suscripción cuyas presuntas bondades de día en día se antojan más discutibles.

Escrito por Carlos Ortega