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La sorpresa cinematográfica del pasado verano en Estados Unidos, tanto por sus excelentes críticas como por su inesperado pequeño gran éxito comercial, y la sorpresa también de la temporada de premios en la que ya nos hayamos inmersos (ha conseguido un puñado de nominaciones a los Globos de Oro y a los Critics’ Choice, y se esperan nominaciones gordas a los Oscars) ha sido esta obra de David Mackenzie, director ya veterano que logra, tras más de dos décadas de trabajo, su primera película de gran repercusión en la industria.

Se trata de la historia de dos hermanos de Texas que, tras la muerte de su madre, y con muy poco que perder, se lanzan a una carrera criminal para tratar de conservar el rancho familiar, frente a los bancos que quieren quedárselo y frente a una sociedad que les había dado ya la espalda antes de que empezaran a delinquir. Hay, sí, un importante trasfondo social que hace de este filme algo especial, pues es uno de los pocos retratos que se ha dignado a hacer el cine “mainstream” norteamericano de esa masa que se ha visto inerme y abandonada frente a la usura financiera de bancos que, con la excusa de la crisis causada por ellos mismos, han arrasado vidas y familias sin que el establishment pudiera o quisiera hacer nada para impedirlo. Un retrato de lo que por allí llaman “white trash”, blancos al borde de la misma marginalidad en que muchas minorías han vivido siempre en EEUU, ese colectivo rural, grande y olvidado que, supuestamente, ha llevado a la victoria al señor Donald Trump, a fuerza de sentirse desclasado e ignorado por las elites culturales y económicas que viven en las grandes ciudades.

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Este es probablemente el mayor acierto de la película, el presentar, aunque quizá sobre todo para un público perteneciente a esa elite urbana que odia a Trump, que es quien principalmente va a ver este cine indie, el vívido y empático retrato de ese Sur y ese medio Oeste en el que el multimillonario ha triunfado. Y tampoco es que la cinta tenga un contenido político explícito, ni mucho menos que sea un análisis socio-económico profundo, sino que es una cinta sencilla pero potente que muestra una realidad muy olvidada por el cine americano de una manera en que cualquiera puede entender lo que ha estado pasando en América (y en todo el mundo occidental, aunque quizá con menos pistolas) durante los terribles años de la crisis, una vieja historia de atracos pero con un subtexto jugoso en el que pueden leerse muchas claves de la brecha social contemporánea.

Y si ese subtexto es su mayor virtud, su principal problema sería el texto en sí, la trama, la historia que nos cuenta, y su entorno e imágenes, que quizá hayamos visto demasiadas veces, hasta el punto de volverse todo un poco predecible. Estamos ante un neo-western (hay un viejo sheriff que persigue a dos forajidos a través de Texas) y también ante un neo-noir, vertiente rural (piénsese en El último refugio, de Raoul Walsh, o El demonio de las armas, de Joseph H. Lewis). Esto quiere decir que veremos ranchos, desiertos, puestas de sol y tensiones raciales con gente de origen indio, y también atracos, pistolas y perdedores en busca de redención que recuerdan que alguna vez tuvieron una infancia casi feliz cuando ya es demasiado tarde… En definitiva, casi toda la  imaginería (¿y casi todos los tópicos?) tanto del Oeste como del cine negro. Sigue teniendo su atractivo, sin duda, y no será este crítico precisamente quien niegue que siempre es bienvenido todo ello. Algunas escenas incluso conmueven, aunque pocas sorprendan. Pero el problema es que, si el Western y el Noir pertenecen al pasado, el neo-Western y el neo-Noir casi empiezan a pertenecer al pasado también. Estamos ya todos muy curtidos, y para muchos será inevitable sentir que esto no deja de ser un Peckinpah con menos brutalidad y menos poesía (descafeinado, quizá) o una de los Coen sin su enorme profundidad e ironía.

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Hay cosas innegables: los actores están soberbios todos, hasta los que tienen los papeles más pequeños, en especial un Jeff Bridges que pule, en clave más realista y triste, su personaje de Valor de Ley, y es que su presencia es otro punto de contacto más con los Coen, aunque él no estuviera en ese No es país para viejos al que esta película tanto recuerda (ah, y que alguien dé un gran personaje a Dale Dickie pronto, por favor); y sí, algunas de las escenas están magníficamente rodadas (el primer atraco, el tiroteo en la autopista), el montaje es preciso y mantiene un rito pausado pero tenso,  la música y la fotografía son preciosas… No hay nada que reprochar a la película desde el punto de vista técnico, y el substrato social del que tanto hemos hablado la hace especial y necesaria… Pero no tan especial como para hacer olvidar a algunos que no deja de ser un derivado algo light de obras aún mejores.

3.5_estrellas

 

Título original: High or High Water Director: David Mackenzie Guión: Taylor Sheridan Música: Nick Cave, Warren Ellis Fotografía: Giles Nuttgens Reparto:    Jeff Bridges, Chris Pine, Ben Foster, Gil Birmingham, Katy Mixon, Dale Dickey,Kevin Rankin, Melanie Papalia, Lora Martinez-Cunningham Distribuidora: Vértigo Films Fecha de estreno:  30/12/2016