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“Aquí tienes la guía indispensable de todo lo indispensable.

¿Todo lo indispensable cabe en un solo libro?”

En el mundo de los adultos, donde todo es gris, serio y aburrido, donde todo el mundo tiene una ambición y un objetivo que conseguir sobre todas las cosas, donde sólo y nada más que lo estrictamente importante se vuelve indispensable, poco espacio queda para la imaginación.

Pero el viejo de la casa de al lado viene de ver otros mundos, lejanos e incluso ilusorios, donde El Principito le hizo que no perdiera la ilusión, incluso ahora que convive con los adultos, quienes intentan quitársela a cada momento porque no lo entienden, porque han olvidado.

Hasta que llega aquella niña, con su inocencia escondida e interrumpida por la figura de su madre, quien tiene toda una vida programada para la pequeña, porque pronto tendrá que convertirse también en adulto y tendrá que olvidar, si es que ha conseguido guardar algo que no sea tan indispensable como el libro de geometría. La niña también es escéptica porque hasta entonces no ha vivido como tal, pero pronto queda encantada con la historia que le cuenta el viejo de un pequeño príncipe que vive en un planeta lejano y desconocido, habitado por tres volcanes y un montón de maleza natural. Allí, el pequeño queda enamorado de una rosa vanidosa con cuatro espinas, de la que termina separándose por no llegar a comprenderla.

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Esta es la historia de El Principito de Mark Osborne (Kung Fu Panda, Monstruos contra alienígenas), es la historia de la historia que Antoine de Saint-Exupéry escribió en 1943.  A través de la imagen 3D y la tecnología Stop Motion, conseguimos volver a la magia del pequeño príncipe, con sus personajes recreados a través de papel maché y los propios dibujos del autor francés original en pantalla.

Se trata de una versión actualizada y totalmente adaptada al siglo XXII, a la sociedad en la que vivimos y a la que estamos acostumbrados sin, muchas veces, darnos cuenta.  Que “lo esencial es invisible a los ojos” o que “los hombres plantan miles de rosas y no encuentran lo que quieren cuando lo que están buscando, se encuentra en una sola rosa o en un poco de agua”, son lecciones más que aprendidas del clásico de Saint-Exupéry. Aún así e inevitablemente, crecemos y olvidamos. Así que volvemos a quedarnos encantados al ver un campo lleno de rosas, olvidándonos de que sólo hay una que es única para nosotros. Volvemos a domesticar, como el principito al zorro, a todo aquel o aquello que queremos que sea nuestro, y luego nos lamentamos cuando lloramos por su pérdida. Porque, inevitablemente y una vez más,  olvidamos que siempre hay riesgo de llorar un poco cuando te domestican.

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En un momento en el que buscamos las citas online para encontrar gente, que basamos nuestras preferencias personales en un sí o un no con un movimiento de dedo ante una pantalla, Osborne nos devuelve una metáfora sobre el amor, la soledad, la libertad de pensamiento e incluso la sumisión de la sociedad a la tecnología y al progreso. Tal vez este último aspecto sí que se echa más en falta en la pantalla, pues el autor del libro original lo dejaba bien claro: “¿Qué quedará de nuestra civilización, donde lo espiritual ha sido masacrado? ¿Qué quedará de nosotros si no sabemos alzar nuestro entusiasmo más allá de los monstruos de la mecánica, resultado del cerebro de nuestros ingenieros? Eso es, parece, la civilización. Esta civilización es idiota”.

En definitiva, y diferenciándose de todo lo que ha hecho hasta ahora con sus trabajos de animación, Mark Osborne usa un estilo que nos recuerda a lo ya creado por Pixar, para mostrarnos la inocencia perdida en un mundo de locos. Llega, incluso, a recrear la misma sensación que hemos tenido con el cuento de Saint-Exupéry con su principito,  y es la de estar leyendo una historia de niños para un público adulto. Aún así, y dada la magia y lo que consiguió El Principito desde su publicación en papel, es difícil llegar a igualar lo que sus páginas nos regalan. La prueba también reside en que sólo existe una adaptación anterior, El Principito (1974), de Stanley Donen, que llegó a la pantalla pero sin demasiado éxito. Será que el mundo de la imaginación es mucho más difícil de explicar que el de los adultos.

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En definitiva, el film de 2016, supone un intento de ponernos ante la vista en plena sociedad de la imagen,  las mismas ilustraciones que aparecen en el libro del autor francés, acompañándolas de una banda sonora, compuesta por Hans Zimmer y Richard Harvey, que nos traslada por completo a su mundo.  El contraste de colores del mundo adulto con el de la niña y el viejo aviador, potencian esto de manera positiva y resaltan aún más las carencias con las que vivimos día a día y de las que no tomamos conciencia porque no son “indispensables”. 

Podemos ver ante nosotros la vanidad, la ambición o la autoridad en forma de hombres, los cuales no levantan la vista de sus objetivos. Llegan incluso a cometer la gran atrocidad de encerrar las estrellas para convertirlas en electricidad. Y la electricidad, a fin de cuentas, lo que les supone es dinero, haciendo así de un asteroide, algo indispensable para los adultos. Entonces, tal y como se plantea la niña, si algo tan pequeño, brillante e inútilmente desapercibido queda encerrado para siempre, ¿no es mejor dejar de ser indispensable en este mundo?

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Título original: Le petit Prince (The Little Prince) Director: Mark Osborne Guión: Irena Brignull (Novela: Antoine de Saint-Exupery) Música: Richard Harvey, Hans Zimmer Fotografía: Animation Reparto: Animation Distribuidora: Wanda Visión Fecha de estreno: 09/09/2016