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Ocurre a veces que el proyecto soñado por un director, esa película que siempre quiso poder hacer, en la que ha pensado durante años, y de la que ha imaginado cada plano a lo largo de las décadas hasta que, por fin, algún productor insensato se ha decidido a financiar, se convierte en una obra algo embalsamada por el exceso de cuidado y cálculo que el director ha acabado poniendo en ella. Algo de eso puede haber, por ejemplo, y siempre según las subjetividades y opiniones de cada uno, claro, en La voz de la montaña de Mikio Naruse, o El árbol de la vida de Terrence Malick.

Y algo de eso hay, cree el que suscribe, también en Sunset Song, adaptación de la novela de Lewis Grassic Gibbon, clásico de la literatura escocesa, con la que el gran Terence Davies venía soñando desde hace años.

La película cuenta la historia de una joven de principios del siglo XX, que vive con su familia en una pequeña y muy humilde granja de Escocia. Seguimos a Chris, que así se llama la joven, y que está interpretada por la modelo inglesa Agyness Deyn, desde su adolescencia hasta la mediana edad, cuando ya es madre, y la vemos tomar poco a poco las riendas de su destino, frente a una infancia marcada por alguna tragedia y por la dureza de las condiciones de la escocia rural, frente a un padre despótico y machista, frente a una sociedad que mira de lado a las mujeres independientes, y en última instancia frente a la Primera Guerra Mundial y sus consecuencias.

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El material dramático es de primera, pero en ocasiones Davies lo sirve envuelto en una fotografía tan cuidadísima y evanescente y en un tempo tan parsimonioso que acaba produciéndose, a veces, ese efecto de embalsamamiento por el que parece que estemos viendo una recreación de museo de cera de unos acontecimientos en lugar de esos acontecimientos.

Ojo, que el estilo de Davies a veces busca precisamente eso, y ha construido una magnífica carrera como especialista en retratar la memoria y la nostalgia. Busca a veces que no sintamos que estamos viendo directamente la acción de la trama, sino su recuerdo, que experimentemos no unos hechos, sino el sentimiento que evocan esos hechos que ya pertenecen al pasado, la huella que han dejado más que la pisada en sí. No hay que pasar por alto que la película está contada por la voz en off de Chris, y relatada en pasado, desde un presente difuso desde el que recuerda su vida, por lo que en principio podría estar justificada esa sensación de idealización. Pero hay una línea, sutil pero importante, que separa el evocar en pantalla una memoria evasiva y etérea, y el plasmar una recreación engolada, museística, tan idealizada que se convierte más, casi, en una parodia que en un recuerdo (la escena de la boda es la que más peca de estos excesos). Y hay que decir que la interpretación algo envarada y ausente de Deyn no ayuda a dar vida a esos dioramas lánguidos y algo cursis.

Sin embargo, no es este un defecto que afecte a todas y cada una de las escenas. La película cae en ello aquí y allá, pero otras veces ese signo distintivo de Davies, esa capacidad para hacernos sentir todo el peso del paso del tiempo, para recordarnos que toda vida es la historia de un pasado perdido en el mismo minuto en que ha sucedido, consigue momentos de una intensidad y agudeza inolvidables. Nuestra protagonista sufre en el primer acto, por ejemplo, una tragedia en toda regla, y las escenas posteriores, esas en que Chris ya ha comenzado a asumir y aceptar lo que ha pasado, ganan enormemente en profundidad y emoción precisamente porque el director hace que sintamos la melancolía y sabiduría de la Chris adulta, que recuerda cómo se sobrepuso a todo aquello, pero reconoce cómo la marcó, reconoce esa huella de la que hablábamos, y la honra.

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Afortunadamente, en todo el tramo final de la película Davies sí consigue mantener ese tono, ese estado de gracia, ese punto exacto anterior a cruzar la línea de la idealización excesiva, para contarnos la parte más dramática del viaje, y en esos momentos el film se convierte en uno de los melodramas más poderosos y conmovedores de los últimos tres o cuatro años, en el que la historia personal de Chris se funde con la historia de toda Escocia, y sus recuerdos con los recuerdos de un país, para recordarnos que, por encima de las guerras y las condiciones económicas, la Historia, los países y su memoria los hacen las personas, honradas, valientes, fuertes, trabajadoras y pacíficas, como Chris Guthrie.

Es una pena que a Davies se le haya escapado de las manos a veces su propio estilo, que la película tenga algunos defectos de bulto, porque viendo algunas escenas y, sobre todo, esos últimos quince o veinte minutos, uno comprende por qué el director amaba tanto esta historia y por qué quería contarla. Es cierto que podría haber sido su gran obra maestra, pero tristemente no lo es (por el momento mantiene el cetro The Deep Blue Sea). Pero, aun así, merece la pena, sobre todo para el espectador paciente que sepa perdonar lo lánguido del ritmo, la ocasional cursilería, o alguna interpretación flojilla: la recompensa del final es enorme.

3.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Sunset Song Director: Terence Davies Guión: Terence Davies Música: Gast Waltzing Fotografía: Michael McDonough Reparto: Peter Mullan, Agyness Deyn, Kevin Guthrie Distribuidora: Festival Films Fecha de estreno:  22/07/2016