Mountain – Yaelle Kayam

rsz_mountain_still

El debut de esta directora israelí es una película que aborda los siempre complicados temas de la mujer, la religión y el sexo en un contexto de represión interna y deshumanización pasiva. La protagonista es una ama de casa con varios hijos y un marido muy atareado, poco atento, que mantiene el silencio cuando su mujer le comenta alguna cosa y que se muestra poco receptivo a la hora de hacer el amor. Dentro de esa vida que cada vez se antoja más insoportable y soporífera para la mujer, se encuentra que por la noche, cerca de donde viven, se reúnen varias personas que realizan actos sexuales, se emborrachan y se drogan. El espacio que ella consideraba hasta el momento sagrado (viven al lado de un enorme cementerio, un sitio apartado y aparentemente tranquilo) se muestra pervertido por una faceta de la vida que ella, aunque sabe de su existencia, parece nunca haber sentido cerca. Tal situación desencadena una explosión de sentimiento reprimidos internos en la protagonista que significarán un antes y un después para ella.

Con un ritmo lento, una narrativa minimalista, en la que en apariencia suceden pocas cosas, la sobria dirección de Yaelle Kayam permite que intuyamos qué siente y qué piensa esta mujer a pesar de hablar poco y actuar menos. No cae en los tópicos en los que cae el cine de estos países, ni entra en campos políticos, ni en ningún momento se muestra efectista la manera de transmitir tales actitudes. En cambio, recuerda a películas como Jeanne Diezman, 23 quad du Commerce, 1080 Bruxelles, de Chantal Akerman, o Una Mujer bajo la influencia, de John Cassavetes, donde vemos mujeres que sufren en silencio la opresión de un entorno sutilmente hostil. Una propuesta interesante que espero que no pase desapercibida en un futuro.

Sangue del mío sangue – Marco Bellocchio

rsz_sangue-del-mio-sangue-disponibile-il-poster-234259-1280x720

Bellocchio ha conseguido lo que quería. Sorprender, descolorar, emocionar e intrigar. Bellocchio en este filme consigue todo lo que se propone. Elipsis enormes, acompañamientos musicales casi perfectos, cambios de personalidades, cambios estéticos y un gran etcétera. Se ha firmado una de las mejores películas que han pisado este festival y también ha conseguido dejar algo que desea perdurar y que tiene los elementos para hacerlo. 

Me he propuesto no decir nada de la película y espero que quien vaya a verla tampoco vaya con la idea de saber mucho antes de verla. Solo decir que se nos presenta algo que no es, que luego vuelve a no ser y que juega con la apariencia de lo que muestra y los códigos ocultos que se esconden tras otros códigos constantemente. Una narrativa, estética y mensaje que nos dejan perplejos, sin que nunca sepamos muy bien cuál la finalidad de todo lo que vemos. Eso en otras películas de este festival ha sido un gran error, ya que al mismo tiempo que no sabíamos nada de lo que estábamos viendo, tampoco esto nos transmitía nada. Aquí el director se encarga de asentar unas reglas para después jugar con ellas, dejándonos ser intrusos en su película para luego sacudirnos él a nosotros. 

Bellocchio juega también a presentarnos ideas que creemos caducas en el cine, pero como se intuye varias veces en la película, nunca mueren, sino que se transforman, y a pesar de que no hay nada eterno, los buenos directores deben entender la historia de este arte y saber sus códigos más básicos para recrear, mover, romper y edificar otra vez todo cimiento. No vale  venir con cualquier cosa y hacer cualquier cosa que se antoje, superficialmente, vanguardista y transgresora. No vale no porque alguna autoridad lo diga, ya que la idea de autoridades en algo como el arte es risible, no vale en cuanto al alcance de tal arte. Una película sin razón de ser, sin conocerse a sí misma, un director sin saber qué hace, nunca acaba en algo que, al ver, pensemos en cuan grande puede llegar a ser el séptimo arte.

Lección de cine de parte de este director italiano que siempre ha buscado descolocar y muchas veces lo ha conseguido. Lección de cine para mi también después de un fatídico día cinéfilo como el de ayer.