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Este día pudimos ver la película Dead Slow Ahead, del director Mauro Herce. Por mi parte, dudo que pueda ver peor película que ésta en el festival. Herce plantea un filme repleto de detalles experimentales y donde el absoluto protagonista es el potencial audiovisual de las imágenes y la música. Este es un tipo de cine que últimamente está siendo creado cada vez más a menudo y que suele ser protagonista de muchos festivales en todo el mundo, hecho que no me parecería insoportable si no fuese porque gran parte de esas películas se parecen entre sí, giran sobre la nada y, por conclusión lógica, no provocan absolutamente nada en el espectador. Incluso en Dead Slow Ahead podemos ver un plano igual a un plano simbólico y potente que realiza Apichatpong Weerasetakul en Síndromes y un Siglo, lo que nos hace sentir que aquí hay material interesante, hay quizá una intención que parte de la mejor curiosidad y el interés por algo que no suele abordarse en el cine, pero hay una ejecución que no consigue distanciarse de sus influencias, una ejecución que se queda a medias en todos los sentidos, una ejecución que resulta frustrante por el potencial que se intuye al comienzo.

Ver esta película me ha recordado a una frase de Carlo Padial dicha en la edición anterior de este mismo festival al estrenar Taller Capuchoc, cuando dijo que la mayoría de las películas que se producen hoy en día no dejan de ser una simple copia y un continuo uso abusivo de la fórmula creada en la década de los setentas. Ésta película de la que hablamos hoy no copia la fórmula de los setentas, pero sí copia las bases, y de manera burda, que se utilizan para la mayoría de cine de autor experimental que pone su énfasis en las imágenes y la música. Dead Slow Ahead recuerda a At Sea, de Peter Hutton, a Three Landscapes, de Hutton también, a Inland Empire, al cine de Weerasetakul, a los documentales de Lucien Castaing-Taylor y un enorme etcétera. Esos recuerdos a otras películas no es algo malo en si, pero eso se suma a que éste es un filme que comienza bien y que luego pierde fuelle por estancarse y no avanzar, un filme poseedor de imágenes impactantes que luego se desvían en diálogos entre los trabajadores del barco donde se desarrolla la película y sus familiares, cosa que no aporta mucho ya que el director en ningún momento muestra interés por desarrollar esas relaciones, razón por las que sus conversaciones acaban importando poco a quien las escucha. 

Dead Slow Ahead no se trata de una obra horrible, pero se muestra débil, sin acabar de producir en el espectador esas sensaciones que, en pequeños momentos muy concretos, la película transmite, como lo apabullante del mar, el frío de las máquinas y la desolación de esa lejanía que impide ver a quien se quiere. En cualquier sentido, esa atmósfera oscura y el juego audiovisual no resultan ni nuevos, ni acertados, ni acaban de golpear al espectador como cree que lo hace durante sus 74 minutos.