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Del director Davis Guggenheim, Él me llamó Malala cuenta la historia de Malala Yousafzai, una adolescente pakistaní que, ante el auge de los talibanes en su natal valle del Swat, se atrevió a plantar cara a su régimen del terror. Al final, tras varias apariciones en los medios de comunicación en las que denunciaba los abusos de los radicales islámicos, Malala fue disparada por uno de los fundamentalistas a la salida de su escuela. Sin embargo, esta joven guerrera consiguió sobrevivir para llevar consigo su heroica historia a través de numerosos países, intentado concienciar a las adormecidas mentes del primer mundo de los horrores perpetrados por los extremistas.

Bien sea porque el director del documental lo ha querido así, o bien porque la candidez de Malala así lo ha exigido, el relato está contado desde un punto de vista amable. La benevolencia con la que trata la protagonista sus recuerdos hace ver que se trata de una persona muy especial. Sus continuas sonrisas de perdón son capaces de romper el corazón del espectador, que a la vez que se ve imbuido de la sensación de paz que transmite, se estremece al oír cómo la chica rememora sus días bajo el yugo islamista.

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No obstante, la historia sola no basta para escandalizar a un público que ya ha vivido, desde lejos, eso sí, numerosos golpes a su conciencia. Para llegar a lo más hondo hay que ser realista, y si la vida es cruda, reflejarlo; y si hay muerte, reflejarlo también. Hace unas semanas el mundo occidental fue duramente golpeado por las imágenes de un niño sirio muerto, que falleció en la costa turca escapando de la guerra que vivía su país. Seguro que todo el mundo se acuerda de Aylan Kurdi, cuya infausta muerte fue fotografiada y servida en todos los hogares europeos. Pero más seguro estoy todavía de que nadie se acuerda de los otros más de 10.000 niños que han muerto hasta la fecha en el conflicto en Siria. En esto falla gravemente el documental: intenta mostrarnos una realidad edulcorada en la que se ve a la nueva Malala, pero nada de las circunstancias que la han llevado a ser quien es hoy en día. No me refiero a que no se cuente la situación del valle del Swat, sino a que no hay imágenes que puedan conmover y horrorizar al espectador. No es lo mismo escuchar que en la plaza del pueblo asesinaban a gente inocente mientras ves a Malala contarlo desde un sillón en su casa de Birmingham; que hacerlo mientras ves la devastación de esa plaza o incluso el resultado de una de esas acciones.

Evidentemente va a haber gente que se va a ofender al ver estas imágenes, pero su enfado no se debe a esto. Su irritación es el resultado de la incómoda verdad de que ellos, desde su inactividad, son partícipes de cada una de las matanzas. Aun así, es muy posible que su reacción más inmediata sea criticar el documental y tildarlo de amarillista y sensacionalista; pero siempre sabrán que no es verdad: la realidad nunca es sensacionalista. Solo así, provocando sentimientos fuertes en los espectadores, se puede considerar un éxito un documental que pretenda criticar una situación injusta.

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Por lo tanto, la forma excesivamente endulzada de tratar una historia que en su raíz desprendía una fuerza absoluta, hace que esta quede totalmente difuminada por una pátina de suavidad apaciguadora. De este modo, aunque la puntuación final que le he dado han sido 2,5 estrellas; hay que hacer un desglose para poder entenderla. Historia: 5 estrellas; Tratamiento: 1 estrella. No se puede pretender hacer un documental protesta apto para todos los públicos.

2.5_estrellas

 

Ficha técnica:

Título original: He named me Malala Director: Davis Guggenheim Guión: Davis Guggenheim Música: Thomas Newman Fotografía: Erich Roland Reparto:  Malala Yousafzai, Ziauddin Yousafzai, Toor Pekai Yousafzai,Khushal Yousafzai, Atal Yousafzai Distribuidora: Fox  Fecha de estreno: 06/11/2015