Pensar en una escena por sí misma aislada es difícil. Y no siempre que se te viene una a la cabeza significa que esa escena sea buena sino simplemente que te gusta, que te gusta mucho. Buscando en los recovecos de mi (mala) memoria, apareció el color amarillo. Después vinieron unas gafas y un pelo liso largo, y entonces mi memoria dijo “¡Eh, estoy aquí, en la furgoneta Volkswagen, lista para hacer ese viaje!”. Y en un flashback recorrí toda la historia de Pequeña Miss Sunshine, hasta que la velocidad pasó a cámara lenta en esa maravillosa escena final. Porque esa escena además de gustarme, de gustarme mucho, es muy buena.

Pongamos que las películas fueran tartas. Si Pequeña Miss Sunshine fuera el nombre de una tarta, esa tarta tendría una envoltura muy sencilla, tan sencilla como el supermercado de barrio donde la venderían. Y esa tarta la compraría cualquier persona porque estaría libre de alérgenos y tendría una fácil digestión. Tan agradable de comer que sería la típica que recomiendas a tus amigos cuando habláis de tartas sencillas que no te esperas que estén ricas. Tendría tantas ventas que su receta comenzaría a difundirse y a imitarse. Pero, no todas las tartas son iguales. Si esa tarta sencilla, para todos los públicos, se recuerda como una tarta tan rica, es por su guinda. Esa guinda tan ácida que acabas recordando su sabor, esa guinda que solo puedes comértela si ya te has comido el resto de la tarta, esa guinda cuyo sabor se te queda en la boca mientras tragas el último trozo de tarta. Esa guinda es a esa tarta, como esa escena a Pequeña Miss Sunshine. La guinda por sí sola no tiene gracia si no has comido la tarta, así que esta escena es el cierre perfecto para esta historia pero no sería nada sin entender el contexto completo: los problemas individuales de cada miembro de la familia, los problemas conjuntos de la familia y el recorrido que hacen para resolver tanto unos como otros. Todo sencillo problema se vuelve más complejo si lo sumas con otros problemas, y ese nudo conjunto se desata con un inesperado baile que rompe todos los esquemas.

Esta escena es una fina ironía que da una vuelta de tuerca a la psicología de los concursos de belleza para niñas, representada con una sutil bofetada en toda la cara que no va a cambiar nada en ese mundo pero que servirá para que la inocencia de una niña le dé a toda su familia la lección que necesitaba. Esa escena transforma el hecho de no poder con la carga de toda tu familia, ser un fracasado en el trabajo, no poder ser piloto por ser daltónico o ser un suicida con depresión, en una estupidez. Una estupidez sobre la importancia que le damos a que la sociedad nos juzgue como lo es igual de estúpido el baile sensualmente atrevido de una niña a la que no le importa que la juzguen. Y se lo toma con tanto humor (empieza diciendo que este baile se lo dedica a su abuelo, que está en el maletero del coche) que hace que lo complejo se transforme en sencillo, que la tarta no cueste tragarla a la vez que te quedas recordando su magnífico sabor.

Esa, señores, esa tarta amarilla está deliciosa. Sobre todo cuando llegas a la guinda.