Resulta difícil escribir sobre una película tan popular y sobre la que se han escrito tantas cosas, y más aún hacerlo sobre su escena más famosa, la más homenajeada, parodiada e imitada, sobre un momento que siempre figura en esos montajes que pretenden resumir en dos minutos la historia y la magia del cine, pero uno no puede evitarlo si es, ciertamente, una de sus escenas favoritas de todos los tiempos.

Todos, en líneas generales, sabemos por qué esa escena gusta tanto: es uno de los grandes momentos épicos fabricados por Hollywood, en el que la protagonista, en el momento en que está a punto de tirar la toalla, sobrepasada por unas circunstancias que la han dejado hambrienta, empobrecida, huérfana y para colmo descompuesta y sin novio, encuentra un triste rábano entre la tierra, y abalanzándose sobre él, se lo come, aferrándose a la tierra y a la vida, y justo antes de tirar esa toalla se arrepiente, se yergue, y declara que antes prefiere estafar, ser ladrona o asesina que dejarse arrollar. Momentos así los ha habido después a puñados en el cine épico americano, pero hay muchas razones tangibles por las que éste y no otro es el más recordado. A saber:

  • Las palabras: Muchos de los momentos similares de la historia del cine contienen mensajes con los que es fácil estar de acuerdo. Cuando, digamos, un tal William Wallace grita “Libertad” al final de Braveheart, es normal sentir que la libertad es algo deseable y objetivamente hermoso. Pero atención a lo que dice aquí nuestra chica: que aunque tenga que estafar, que robar o matar, ella hambre, lo que es hambre, no va a volver a pasar. Olvidémonos de altos ideales, aquí hablamos de supervivencia pura y dura. La gran mayoría de nosotros no llegaremos a morir (o matar) por la libertad, por la justicia o por la fe, pero por uno mismo y por los nuestros sí haremos lo que haga falta. Lo que el viento se llevó nos dice aquí que pocas cosas hay tan épicas como, simplemente, sobrevivir.
  • El contexto: Hacer una oda a la mera supervivencia quizá no tiene la misma fuerza, digamos, en los opulentos 90 y primeros 2000 que en 1939: el mundo había vivido la crisis económica más brutal del mundo moderno y, como Escarlata O’Hara, mucha gente que vivía, cuando menos, cómoda se había visto en las calles, en la pobreza, y ante el hambre (eso si no habían saltado desde una azotea). Para bien o para mal (bueno, o solo para mal) los ciclos económicos existen, y quién nos iba a decir hace 10 años que volveríamos a necesitar recordar que cuando el hambre aprieta, uno tiene que jurar que vivirá por encima de cualquier circunstancia.
  • La música: cuando Escarlata acaba su monólogo, Max Steiner parece subrayarlo, firmarlo, sellarlo y enviarlo a la estratosfera como un desafío cósmico a esos dioses a los que se ha puesto por testigos, con un estruendo de trompetas y violines tan mítico como la propia película. Muy pocas veces un tema musical ha conseguido una identificación tan extrema y perfecta con el tono, con la protagonista y con la esencia de una película.
  • El color: Lo que el viento se llevó fue una de las primeras grandes películas en technicolor, y sus responsables se propusieron poner al mundo por testigo de que el color había llegado para quedarse, y de que podía ser tan expresivo como los mejores claroscuros del expresionismo. En el momento cumbre de la historia de Escarlata, la pantalla se vuelve toda ella tan escarlata como la O’Hara, casi como si el cielo, rojo de amanecer, y la tierra, roja de Tara, no tuvieran más remedio que doblegarse a semejante voluntad y fundirse con ella.
  • El encuadre: La silueta, pequeña pero erguida ante un horizonte infinito, junto a una valla desvencijada pero firme, y junto a un árbol seco y moribundo pero igualmente altivo, todos ellos contra el horizonte. Ese árbol a la derecha del plano, sobre todo, con sus raíces tan en la tierra como Escarlata tiene los pies, es un símbolo tan poderoso como los acordes de Steiner. Y me gusta especialmente que los tres queden muy abajo en la pantalla, no en el centro, sino los tres, valla, mujer y árbol, pequeños pero inhiestos ante en cielo enorme que ocupa más de tres cuartos de la pantalla.
  • El travelling: Mientras la protagonista dice su monólogo la cámara permanece en primer plano en su cara. Justo cuando va a pronunciar la última frase (el último “A Dios pongo por testigo…”) el plano cambia para encuadrar todo su cuerpo, y en ese momento comienza uno de los más majestuosos movimientos de cámara jamás vistos, hacia atrás, alejándose para ir mostrando poco a poco esa valla, ese árbol que es como Escarlata, y finalmente todo ese cielo que anuncia, con su rojo intenso, lucha y sufrimiento. Parece como si la declaración de principios de Escarlata no solo fuera tan fuerte como para teñir el cielo y la tierra de su color, sino también para empujar la cámara lejos de ella, como si ese “aquí estoy yo” tuviera la onda expansiva de una bomba que acaba de explotar.

En definitiva, si todo esto no es usar las posibilidades expresivas del lenguaje cinematográfico al máximo, que baje Orson Welles y lo vea. Creo que conviene de vez en cuando pararse, separarse un poco de la parodia y el homenaje, del millón de veces que hemos visto esta escena, de la mítica que rodea a esta película, de lo tontorronamente de moda que se ha puesto hacerse el esnob y criticarla, y analizar lo que dice y cómo lo dice: más allá de su opulencia y de los aspectos más melodramáticos de su trama, Lo que el viento se llevó y, en concreto, esta escena, tocan algo tan esencial del ser humano como es su coraje y su instinto de supervivencia, lo tocan, lo conmueven y lo potencian con fuerza sobrecogedora. Todos deberíamos tener reconocido en alguna ley el derecho a que, cuando estemos a punto de doblar la rodilla, suenen violines apoteósicos y el cielo se tiña de rojo para recordarnos que nunca debemos rendirnos.