La lectura es una actividad que, en la opinión de este que escribe, se le debería inculcar a todo el mundo, aunque de una forma mucho más estimulante que como se hace actualmente. El sistema educativo, que en muchas ocasiones obliga a niños a leer obras a las que quizá no están preparados para enfrentarse, provoca que leer signifique para muchos una obligación, una acción aburrida que es preferible evitar. Leer es maravilloso, y enseñar y demostrar la magia de la literatura debería ser una prioridad para aquellos que se consideran maestros de las nuevas generaciones. Intentar que sea el mayor número de gente (o, principalmente, niños y niñas) los que se introduzca en los grandes autores, en las grandes obras, de una forma natural y orgánica. Se trata más de dar un pequeño empujoncito que de meterle una patada en el trasero a alguien diciéndole que o lee esto o va a suspender la evaluación.

Quizá porque no se está haciendo bien, o porque directamente cada uno elige lo que quiere hacer, que una de las frases más populares de hoy en día (aunque ya empiece a sonar viejuna) es “Mejor me espero a la película”. Me da bastante rabia esta oración porque da por hecho que la adaptación cinematográfica va a ser una traslación directa de las páginas escritas, o que va a tener la misma calidad, o que va a suponer la misma experiencia, y no tiene por qué. En ocasiones puede sonar a una declaración de prioridades, pero creo que habitualmente es la muestra de una pereza que está íntimamente relacionada con lo comentado en el primer párrafo. 

En cualquier caso, y con ánimo de recomendar buen cine y buena literatura, o por lo menos lo que a mí me parece tal, os traigo cinco adaptaciones cinematográficas de cinco libros que merece la pena ser comentados. Algunas ejemplifican la necesidad de enfrentarse a la obra escrita y a la obra fílmica desde diferentes perspectivas, algunas son destacables por su fiel (o no tan fiel) traslación a la pantalla, pero en general les engloba un interés incuestionable. 

El resplandor (1980)

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Soy de los que sostiene que una buena adaptación no tiene por qué ser una adaptación fiel, que no debe ni saltarse una coma. Puede coger el material original y darle una vuelta de tuerca, trasladarlo al lenguaje cinematográfico provocando cambios y al mismo tiempo mantener la esencia de la novela original. Algo así hizo un señor que no sé si conoceréis, Stanley Kubrick, con la novela de otro señor poco nombrado, Stephen King.

Si leemos el libro y vemos la película, El resplandor nos está contando la misma historia: el cómo la locura, a través del aislamiento y el tenebroso pasado del Overlook Hotel, se apodera de un padre, que intenta asesinar a su propia familia. Sin embargo, ambas son muy distintas, y la razón radica en una de las más claras diferencias entre la literatura y el cine: en una novela el autor tiene más espacio para desarrollar las tramas, mientras que el cine (o por lo menos el cine destinado a mostrarse en salas, que es prácticamente todo) se ve atado a una duración máxima. En el libro, Stephen King habla del pasado de Jack Torrance, del pasado del Overlook y del pasado de prácticamente todo lo relacionado con ese universo de una forma más intensa que como se muestra en la película. Sin embargo, y esto es una valoración personal, la adaptación de Kubrick me parece tremendamente superior a la obra original. ¿Por qué? Porque va mucho más al grano y sabe resumir la historia de una forma más estimulante. Leyendo la novela me encontraba aburrido ante situaciones reiterativas y un desarrollo de la psicología de personajes que se me antojaba mucho más cansado; también más profundo, cierto, pero lo que hace de El resplandor, la película, una buena adaptación (además de una obra maestra del séptimo arte) es su capacidad para resumir páginas y páginas en miradas, en conversaciones más certeras y en momentos que, guardando ecos de las páginas originales, conseguían un nuevo sabor.

No es país para viejos (2007) 

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Son dos las novelas de Cormac McCarthy que han pasado por mis manos: La carretera y No es país para viejos. Sus respectivas adaptaciones, la primera realizada por John Hillcoat y la segunda por los Coen, me parecen dos películas muy interesantes, pero he decidido centrarme en No es país para viejos porque, a quién quiero engañar, me gusta más. La película, digo; las dos novelas están mucho más igualadas.

Leyendo el libro de McCarthy no podía dejar de sentir sed y calor, e incluso me pareció que una vez se me metió arena en el ojo. La América profunda que describe, con esos personajes rudos, si no locos, me cautivó desde el principio, además de que la propia historia que se estaba narrando me resultaba tremendamente interesante y bien escrita. Los Coen, a la hora de llevar esta obra a la gran pantalla, supongo que deberían sentir cierta presión, o quizá el placer de tener entre manos un material tan remarcable.

El resultado fue excelente: una adaptación brillante de una novela brillante. No sé cuántos directores habrían sido capaces de llevar, a este nivel, la menciona historia a las salas, ser muy fieles a la obra original y al mismo tiempo ampliar, gracias a las propiedades visuales que brinda el cine, ese sucio y caluroso universo. Quizá Paul Thomas Anderson, con Pozos de ambición en la mente, podría haber realizado un trabajo de este calibre; o tal vez Clint Eastwood, con esa mezcla de western y género policíaco. En cualquier caso, los Coen merecen un monumento por esto. Y McCarthy otro, claro.

Puro vicio (2014)

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Y habiendo mencionado a Paul Thomas Anderson, era difícil no acordarse de la novela que acaba de adaptar al cine: la en nuestro país llamada Vicio propio, escrita por Thomas Pynchon. Leyendo el libro había una frase que no dejaba de venirme a la cabeza: ¿Cómo va a ser capaz de adaptar esto? La escurridiza historia, con muchos personajes y una forma de narrar que te descoloca por segundos, parecía tarea imposible de cara a realizar un film. “Paul Thomas Anderson, dónde te has metido”, pensaba. 

Tras ver la película, de nombre Puro vicio, recordé por qué este señor me parece el mejor director actual, o al menos merecedor de estar en los puestos más altos de la lista de los grandes realizadores de nuestro tiempo. Leer la novela es una experiencia recomendable; ver el film es una experiencia imprescindible. P.T. Anderson consigue encapsular la (loca) esencia del libro de Pynchon y lo traslada con envidiable respeto a la gran pantalla, en mi opinión mejorando el material original dotándole de aun más frenetismo e hilaridad a esa trama que tiene más de historia de amor frustrado y de representación de la decadencia de una época que de investigación policíaca al uso. El más claro ejemplo de que ni el cielo es el límite cuando un buen material, por muy peculiar que sea, se encuentra en las manos adecuadas.

Mystic River (2003)

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A la hora de realizar una película siempre es importante los actores que se han elegido para llevar acabo los correspondientes papeles. Y cuando es una adaptación ya no solo es crucial, sino que estás jugando en contra de la imaginación de cientos de personas que han dado a un personaje un aspecto concreto. En cualquier caso la imaginación de momento no es capaz de actuar, así que el cine necesita a actores, y hay roles que necesitan alimentarse del talento de un intérprete para ser tan inolvidables como al final observamos en la pantalla. En la adaptación de Mystic River ocurre con Sean Penn.

Leí la novela de Dennis Lehane mucho después de ver la película de Clint Eastwood, por lo que a la hora de enfrentarme a las páginas ya conocía la historia y sabía de la potencia del papel desarrollado por el señor Penn. Esa historia de viejas heridas imposibles de cicatrizar y de dolor se alimentó, en su adaptación, de la buena mano de su realizador para narrar la historia con una claridad total, además de la interpretación de su actor principal, que fue capaz de encarnar a ese padre destrozado por la muerte de su hija con una verdad tremenda.

No sabría decir si es mejor la novela o la adaptación, porque ambas me parecen muy destacables, pero sí pondría a la segunda como ejemplo de que es muy importante encontrar al actor o actriz adecuado para interpretar un papel en concreto. Y quizá haya unos cuantos que podrían haber clavado el personaje de Jimmy Markum, pero la capacidad que tuvo Sean Penn para articular el dolor de esa persona es imperdible, solo al alcance de un gran actor. Y lo es.

Harry Potter y la orden del fénix (2007) / Harry Potter y el misterio del príncipe (2009)

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Adentrándome en el terreno de las novelas juveniles que han supuesto grandes éxitos, y haciendo trampas con un dos por uno, me parece interesante poner encima de la mesa dos libros (y dos adaptaciones) que demuestran que un buen libro no tiene por qué convertirse en una buena película, o viceversa. La quinta y sexta entrega de la saga Harry Potter.

Harry Potter y la orden del fénix es el libro más largo de la marca y, para este que escribe, el más difícil de soportar. Por mucho que disfrutes con las peripecias del joven mago y te sientas feliz en su universo, el quinto tomo es un amasijo de buenas intenciones que se acaban diluyendo en un conjunto muy irregular. Sin embargo, la adaptación es otro cuento: consigue resumir y quitar mucha paja, y así servirnos en bandeja lo importante de la historia que se nos contaba con las páginas. Es una traslación que entiende el material original, separa lo importante del relleno y lo muestra con notable habilidad.

Por otro lado, ocurre lo contrario con Harry Potter y el misterio del príncipe, siendo la novela muy superior a la adaptación (que, también es verdad, es la peor película de la franquicia). Lo que resulta misterioso y estimulante en el libro se convierte en anodino en la pantalla, intentando ser la entrega más oscura de la saga y quedándose en un compendio de escenas que no llegaban ni a entretener ni a hacer justicia a una novela por lo menos interesante.

Me he dejado muchísimas adaptaciones interesantes, como es obvio, pero me apetecía hablar de estas cinco (o seis) y creo que son ejemplos interesantes de lo que puede hacer, o ser, una obra literaria en el cine, además de resultar una excusa para hablar y recomendar libros y películas de las que vale la pena pararse a pensar. Quién sabe si en el futuro me adentraré de nuevo en estas tierras, con nuevos participantes.