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Un hombre debe dejar atrás a sus hijos para embarcarse en una aventura que le llevará por lugares inimaginables y sueños increíbles. Estoy hablando de Cooper (Interstellar), estoy describiendo a Cobb (Origen) y me estoy refiriendo a Christopher Nolan.

Nolan es padre de una hija y un hijo, de los que se tiene que separar cada vez que se enrola en producciones mastodónticas en las que durante meses, debe moverse alrededor del globo. Su propósito, intentar que aceptemos su invitación para ser asombrados. 

La última propuesta de los hermanos Nolan pretende aunar la salvación de la humanidad con el amor que siente un padre por su hija. Sí, también tiene un hijo pero tuvo que hacer algo muy jodido de pequeño porque, en el que es uno de los fallos de la película, Cooper no le hace demasiado caso, y el guión no se preocupa de darle muchas cosas que hacer, quedando como un incordio para Murph (espléndida Mackenzie Foy) tanto como para la propia cinta. 

Cooper está soñando que una vez fue piloto de la NASA, entonces, se despierta en una pesadilla, es granjero, está condenado a trabajar la superficie que tanto desea dejar atrás, una superficie que empieza a negar que alguna vez llegamos a la Luna. Una superficie que se muere. El primer tercio es absolutamente vital, si no logras encariñarte de Murph y su padre, prácticamente toda la película se te puede venir abajo pues establecerá la relación sobre la que se pretende elevar, además del amor por lo inexplorado, y el paso del tiempo.

Interstellar jugará durante casi todo el metraje con las dualidades, lo íntimo con lo gigantesco, el primer plano de documental con el plano abierto de la Endurance en el vacío del espacio, la música atronadora del órgano con las tímidas notas de un piano. Y funciona, es extremadamente arriesgado pero, simplemente, funciona. A medida que la historia se aleja de la Tierra, las set-pieces, la banda sonora crece, ahondamos más en el sufrimiento y sentimiento de culpa de Cooper.

Nolan pretende contagiarnos de su pasión por la exploración espacial no sólo a través del protagonista si no a través de los planos y de la mezcla de sonido. Estas tácticas se pueden ver en la persecución del dron al inicio de la cinta: la cámara se mantiene pegada al vehículo, tal y cómo hará en las maquetas de las distintas naves y además deja que el golpe del maíz en la camioneta emborrone el diálogo, dando una sensación de inmersión maravillosa.

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Cuando Cooper debe despedirse de su mundo, su hija, para salvarla, Nolan logrará, guiado por la bellísima melodía de Zimmer, que la pantalla de cine se convierta en un inmenso espejo en el que vemos caer nuestras lágrimas en el rostro de Matthew. El milagro es que esto ocurrirá más de una vez. Hans Zimmer en una entrevista comenta cómo Nolan le “presentó” el proyecto: le envió una carta escriba a máquina, en la que relataba una fábula sobre lo que significaba ser padre. Ni una palabra sobre la extinción de la raza humana, ni de agujeros de gusano. Entonces, le pidió que escribiera la melodía que le sugería esa fábula. Cuando Zimmer se la enseñó, el director quedó enamorado y le contó todo lo que rodearía a esa relación . 

La película es consciente de su ambición, y tratará de no perdernos con preciosos detalles como escuchar llover mientras observamos Saturno, trazar paralelismos con la camioneta y la nave al dejar que el exterior distorsione lo que podemos oír, tapar puntos de luz con estructuras espaciales en momentos delicadamente seleccionados y escuchar a Michael Caine recitando a Dylan Thomas.

Conocíamos las habilidades del hermano mayor de los Nolan para crear tensión y, aunque no llegue al nivel de otras de sus películas, logra dejarnos sin respiración a través de conceptos menos tangibles, como el irremediable, y relativo, paso del tiempo.

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Siempre se le ha criticado al director británico su tendencia a la sobre-exposición, a explicar una y otra vez conceptos que necesita que el espectador entienda para que pueda seguir la historia. El problema es que a veces la presentación de estos mecanismos narrativos surgen de diálogos forzados, que rozan el ridículo, y, aunque en Interstellar son más necesarios que nunca, es cierto que producen bajones en el ritmo de la cinta, salvados a veces únicamente por el estupendo elenco.

Matthew McConaughey sigue a lo suyo, siendo capaz de vender el héroe, padre y científico al que es imposible no adorar. Jessica Chastain logra que se te rompa el corazón al rememorar una promesa incumplida y Casey Affleck cumple con el personaje desdibujado que el guión le ha dado. Hatthaway tiene el monólogo más romántico, trágico y sacado de contexto del año y Caine vuelve a ser la máquina que entrega explicaciones pero con un gran matiz, y es que parece que Nolan sabe lo que esperamos de los personajes de Caine. La sorpresa es David Gyasi que consigue, en un solo plano, que nos acordemos de la expresión corporal de Fassbender en Shame.

Interstellar es un módulo de investigación gigantesco que, aunque teniendo fallos a la hora de aterrizar, consigue anclarse a un diminuto cometa llamado 67P/Churyumov-Gerasimenko,  o Emoción, sí, Emoción suena mejor.

A partir de aquí Spoilers del tamaño de mi vergüenza ajena cuando Rom suelta “¡Esto es la relatividad amigos!”

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Mientras veía señores mayores hablando en una entrevista sobre los campos de maíz no compraba este recurso, me parecía que Nolan se estaba pasando con el estilo documental, que quedaban como un pegote que no aportaba absolutamente nada, es más, la exposición que soltaba era más que cantosa. Entonces ¿por qué vuelve a ellas un par de veces en el primer tercio? No tenía ningún sentido, hasta que vi el final, claro. El salto mortal que se encontraba al principio. La biblioteca, el reloj, el partido de béisbol, las entrevistas pretenden cerrar el círculo, que la propia película funcione como 5ª dimensión.

El espectador forma parte de aquella humanidad futura de la que habla Cooper en el Teseracto, fuera del propio tiempo, de la dimensión en la que solemos estar atrapados. Pero esto no ocurre cuando vemos una película: podemos volver a ver este viaje una y otra vez, parándolo a nuestro antojo, volviendo atrás, rebobinando hacia delante pues en el principio está el final.  El montaje nos lo muestra: el enorme desfase de tiempo que hay cuando Cooper observa a Murph llorar y el desesperado intento de Chastain de encontrar respuestas se nos muestra en un montaje paralelo, que pretende crear tensión. Como si un meteorito que está a años luz de estrellarse en la Tierra nos fuese presentado como algo inminente. El tiempo se convierte en un personaje más, villano cuando rompe promesas, héroe al transmitir información.

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El momento en el que Cooper entra en el Teseracto te puede parecer un momento mágico si te has dejado llevar, te quedas sin aliento, primero debido a la sorpresa y segundo, al ver cómo un hombre ha quedado encerrado en su peor pesadilla, cuando rompió el corazón de su hija.

Es el culmen de todo lo que hemos visto hasta ese instante, el héroe se encuentra en esa 5ª dimensión, ciencia ficción pura, gigante, mientras se ve obligado a revivir el momento más íntimo y triste de su vida. La pequeña biblioteca en la que vemos dos personajes destrozados se convertirá en la dimensión del castigo constante, espacio-temporalmente infinito.

Nolan tocará, en los vídeos enviados al Endurance, temas universales como el miedo a que los hijos crezcan demasiado rápido, al abandono, a aceptar la muerte de un ser querido y se lo lanza a Matthew en un primer plano que te destroza.

Sobre el famoso monólogo de Hathaway, es un grito de desesperanza, un intento egoísta de ir a donde su corazón le dicta, que no deja de ser precioso y que sacado de contexto queda extremadamente ñoño.

El Dr. Mann es quizás la otra cara de la moneda, es un “villano” que recita a Dylan Thomas con un matiz totalmente distinto, la de no aceptar su destino, no aceptar morir sólo, al fin y al cabo, podemos empatizar con eso.

Es cierto que la obsesión de Casey Affleck con la granja es extraña, sólo se me ocurre pensar en que aún no había superado el abandono/desaparición de su padre pero como he dicho antes, es un personaje mal llevado, si bien el vídeo que manda es uno de los mejores momentos de la película. Otro de los aspectos que más me extrañó en el primer visionado fue ese epílogo montado de una forma en la que parecía un sueño, el breve reencuentro con Murph, la falta de preocupación por su hijo.

Sin embargo tras verla una segunda vez esos últimos instantes se revelan como una simple exhalación, Cooper podrá regresar a donde siempre había pertenecido, y esta vez, sin ningún sentimiento de culpa.

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