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Mientras asistía a la proyección de Exodus: Dioses y reyes por mi cabeza no dejaba de pasar una pregunta, ¿qué le ha pasado al cine de entretenimiento? Quizá es por mi apego a la maravillosa obra que hizo Cecil B. DeMille para sellar su carrera, Los diez mandamientos, pero no podía dejar de pensar que en estos 60 años se ha pedido la capacidad de sorprender de manera alarmante, por un despliegue anodino de efectos especiales que poco me interesan. Verle las costuras a la obra de Ridley Scott tampoco es algo que me sorprenda demasiado, me entusiasman alguna de sus grandes obras maestras como Alien, Blade Runner o Thelma y Louise, pero sus películas cada vez me gustan menos, por mucho que pueda defender ligeramente obras como Prometheus o Black Hawk Derribado. El gran problema de Ridley Scott no reside tanto en que sea un mal director, cosa que no considero que sea, suele ser bastante correcto, sino más bien su falta de personalidad. Es un director que siempre trata de apegarse al material que dirige, sin ofrecer su propia visión, sin dotarlo de un estilo propio (algo que si había en sus primeros filmes), si además, el material es poco afortunado, algo bastante frecuente, Ridley acaba siendo poco más que un funcionario fichando, algo, que por ejemplo, no le pasaba a su hermano, del cual se podían discutir siempre si los proyectos que elegía tendían ser livianos, e incluso tontos, pero sabía amoldarlos a la perfección para llevarlos al terreno que mejor dominaba.

Bien, son multitud de problemas los que nos encontramos en Exodus: Dioses y reyes, empezando especialmente por el terrible guión que tiene. Una historia mal estructurada, con diálogos bastante risibles (en el momento de la invasión de plagas, la mujer de Ramsés se despierta alterada con la cama llena de ranas y grita: “¡Ramsés! ¡Haz algo!”, éste llega a la habitación y de forma impasible observa el cuadro y replica: “Sólo son ranas”; y es que de no ser por el tono del filme, conversaciones como ésta, de las cuáles hay varias en el film, podrían incluso llevar al espectador a pensar de que se trata de una parodia). Pero sobre todo, estamos ante una película completamente desenfocada.

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En el cine de hoy, se ha convertido en una tendencia a hacer todo más espectacular aunque esto perjudique por completo la historia. Así, por ejemplo, el personaje de Moisés se convierte en un héroe por accidente, con una nula construcción, este hombre resulta ser un perfecto espadachín, maestro de arco, y además es capaz, no sólo de liderar a un pueblo durante su éxodo, sino también de convertirse en un perfecto militar capaz de organizar un ataque estratégico con explosiones incluidas, sin mayor motivo aparente que el de ser una película en la que todo tiene cabida. Todo, menos los personajes, así uno no se explica la presencia de un actor con cierto caché (y bastante talento) como Aaron Paul en un personaje tan insustancial para la trama como el que tiene, el hecho de que un actor con nombre tenga un papel como éste hace que su presencia sea constante, aunque sea a base de contra-planos que poco tienen que aportar a la historia, y que acaban de haciendo de cada intervención suya un no intencionado momento cómico.

Volvamos ahora a mi preocupación inicial, ¿ha olvidado Hollywood como entretener al espectador? Voy a hacer algo que no me gusta hacer que es comparar películas, pero en este caso creo que viene muy bien para explicar los principales problemas que encuentro a la película, así, vamos a ver las sustanciales diferencias que se encuentran en el gran clímax de la historia, la separación del Mar Rojo, en la versión de Cecil B. DeMille y Ridley Scott, ni que decir tiene que desvelaré partes del argumento en los siguientes párrafos, pero damos por hecho que es una historia mil veces contadas y los espectadores ya la conocéis.

En Los diez mandamientos en una de las secuencias más impresionantes que nos ha dado la historia del cine, Moisés, al que da vida Charlton Heston se sube en la roca y divide el agua en dos. Bien es cierto que los efectos especiales de la película, que tiene cerca de 60 años han quedado bastante obsoletos, sin embargo, vista hoy, no deja de resultar excepcionalmente espectacular. El efecto, que luego se mantiene en pantalla a base de transparencias, deja un pasillo abierto entre dos paredes enormes de agua. El pueblo hebreo empieza a pasar, y Moisés, el protagonista, es de los primeros en llegar al otro lado, un acto que se justifica bajo el pretexto de que siendo el líder su presencia les alentará. Por lo tanto, toda la emoción del espectador queda depositada en todo ese pueblo al que Moisés dirige.

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Al llegar Ramsés, al que da vida Yul Brinner a la otra orilla, él se queda sin atravesar el mar y ordena a su ejército que vaya a por Moisés. De este modo, DeMille ha dejado a los dos protagonistas fuera de la situación de peligro, y toda la concentración del espectador se deposita en los dos bandos como un todo. La presencia de las paredes de agua es permanente, DeMille se apoya en ella con planos generales de ambos grupos de personas, y también planos cortos del ejército de Ramsés, con las transparencias con el agua detrás, dónde estos tratan de apurarse por dar caza a los hebreos. El espectador permanece en constante tensión, algo que se incrementa incluso con planos generales en el que vemos a los hebreos llegar a la orilla y cómo el ejército cada vez se acerca más. Hay un objetivo claro que cumplir y hasta que Moisés no manda cerrar las aguas con todo su pueblo a salvo, la escena se mantiene en un nivel de tensión altísimo.

Ahora vayamos a la versión de Ridley Scott, lo primero, y sin lugar a dudas más sorprendente es como se suprime la escena en la que el mar se divide en dos. En una película como ésta, no cabe duda de que el momento que espera más impacientemente es éste, y con la tecnología actual podía haber dado pie a una escena de lo más sorprendente. Se podría hablar, simplemente por no contar con esta escena, de estar engañando a un espectador que ha comprado la entrada, y durante dos horas ha esperado impaciente a contemplar el momento dónde toda la emoción se deposita, para finalmente quedarse atónito viendo que éste se omite. Todo esto viene explicado por un motivo, parece que Scott intenta alejarse del tono más milagroso de la cinta, lo cual me parece un error bastante grave si conlleva eliminar una secuencia tan necesaria como ésta.

De nuevo se repite la misma situación, el pueblo hebreo está cruzando el mar abierto, mientras que llega el ejército de Ramsés, pero hasta que éste no aparece en pantalla, tampoco existe una necesidad de urgencia, pues el mar ha desaparecido por completo y se ha eliminado el principal factor de tensión. Cuando el ejército aparece, en un acto de gallardía, Moisés con sus hombres más cercanos se vuelve a plantar cara al ejército de Ramsés, una situación ilógica, puesto que son ampliamente superados en número. El cierre del mar se produce con la aparición de una ola lejana que es la que va a cerrar el mar. Cuando se empieza a notar su presencia, Moisés manda a sus hombres volver, mientras que los de Ramsés en un acto de pleno juicio deciden dar la vuelta por sí mismos. El pueblo hebreo aún no ha llegado al completo a la otra orilla, pero realmente esto importa poco al espectador puesto que el protagonista se encuentra justo en la zona de peligro.

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Esto trae consigo también varios problemas. Primero, la ola se va acercando, pero su presencia nunca se siente inminente, está ahí, va llegando, pero no se sabe jugar con el espacio para notar como ésta cada vez se acercando más. Además, sabe a ciencia cierta que los dos protagonistas van a ser tragados con la ola, suponemos, porque conocemos la historia, que encontrarán alguna forma de salvarse después, pero que van a ser atrapados no consigue emocionar al espectador de ninguna forma, puesto que los dos protagonistas no están en una situación de peligro, si no que han decidido enterrarse a sí mismos en un acto de gallardía, lo que provoca incluso la antipatía del espectador. El resultado es un clímax final nulo, en el que no se saben aprovechar las principales herramientas cinematográficas.

La conclusión parece clara, se ha olvidado por completo como jugar con el espectador, como mantenerle en tensión, como hacer de la película una experiencia emocionante. Todo esto, ¿para qué? ¿Para convertir a una película en una exhibición de medios tecnológicos? Sí, los efectos especiales de Exodus: Dioses y reyes son desde el punto de vista técnico una completa maravilla, pero al final, las pinturas de DeMille, por anticuadas que estén, acaban por producir el efecto que realmente deberían producir cualquier tipo de efectos especiales. Porque este cine, estos grandes péplums que se hicieron sobre todo en la década de los 50, siguen siendo hoy tan emocionantes como el día que se crearon, ¿qué quedará de una película como ésta cuando sus efectos visuales se encuentren desfasados? La respuesta es simple: Absolutamente nada.

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Ficha técnica:

Título Original: Exodus: Gods and Kings Director: Ridley Scott Guión: Steve Zaillian Música: Alberto Iglesias Fotografía: Dariusz Wolski Reparto: Christian Bale, Joel Edgerton, Aaron Paul, Sigourney Weaver, Ben Kingsley, Emun Elliott, John Turturro, María Valverde Distribuidora: Fox Fecha de estreno: 05/12/2014