El segundo día de nuestro festival más internacional nos ha dejado sensaciones agridulces, más agrias que dulces todo sea dicho, con unas buenas sensaciones con las nuevas películas de François Ozon y Bille August, Una nueva amiga y Silent Heart respectivamente y unas horribles con la sorprendente ganadora del 
Festival de Berlín, Black Coal, y la última película deAntonio Banderas, Autómata.

Silent Heart – Miedo a la muerte

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Resulta fascinante descubrir la buena forma en la que se encuentra Bille August. El director de Pelle el conquistador trabaja a un ritmo admirable para sus 66 años y es que Silent Heart es su tercer proyecto en tres años (va a una película por año últimamente). En este nuevo trabajo August ofrece su particular (aunque algo envejecida) visión sobre la eutanasia y los conflictos familiares apoyándose en la historia de tres generaciones de una familia que se reúnen un fin de semana para afrontar juntos la decisión de su madre de suicidarse y poder poner fin así a su enfermedad terminal. Sanne y Hedidi respetan el deseo de su madre pero según transcurre el fin de semana, la decisión resulta cada vez más difícil de aceptar y viejos conflictos salen a la superficie.

Antes de nada hay que dejar dos cosas claras: Silent Heart no es ni Celebración ni Amor. La película de August indaga de manera muy humana en un tema tan delicado como la eutanasia pero apenas se atreve a profundizar en las cuestiones más polémicas del asunto. El director se limita a mostrarnos, con mucha naturalidad, el proceso de aceptación por el que pasan las hermanas protagonistas, pero nunca llega a contarnos ni a plantearnos nada realmente interesante. La película consigue sobresalir gracias a las impecables actuaciones de su trío protagónico, que regalan al espectador algunas de las escenas más poderosas de la cinta, como en la que Esther, la anciana a la que da vida una gran Ghita Nørby y Sanne, la hija pequeña, lloran juntas en la cama abrazadas.

El primer tramo de la cinta, en el que se plantea el dilema principal al que tiene que hacer frente la familia y en el que salen a la luz los conflictos entre los miembros familiares, es sin duda el mejor del largometraje, porque aún sin plantearse nada novedoso ni arriesgado August consigue que te intereses por la historia y por el devenir de los personajes. Además en esta parte del filme se incluyen escenas tan fantásticas como en la que la familia se va pasando un porro de uno a otro. No obstante, la resolución de los conflictos es bastante torpe y termina por bajar el listón de lo que podría haber sido una cinta notable.

Una nueva amiga – Ozon libera lastre

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François Ozon ha sido uno de los nombres propios del cine francés los últimos años debido a una inusual capacidad de convertir situaciones relativamente inverosímiles en poderosos y en algunos casos brillantes dramas.

Una nueva amiga, al contrario que sus dos anteriores y excelentes películas es notablemente más ligera, con una historia más blanda y cómica. Y sí, también peor. En ella, una mujer promete cuidar del marido e hijo de una amiga a punto de fallecer, llevándose una sorpresa al descubrir que el marido tenía por costumbre travestirse en secreto. La relación del marido de la fallecida con la protagonista da pie a no pocas escenas divertidas y a un bonito alegato a favor de la igualdad y de la eliminación de etiquetas.

Pero es justo reconocer que no va más allá. No consigue llegar a ningún punto ni muy cómico ni muy dramático, oscilando entre estos dos estados todo el metraje. Es Ozon, sí, pero descafeinado, blando y demasiado ligero.

Black coal – Mil viejos proverbios chinos  

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Ha causado no poca sorpresa Black Coal Thin Ice en el pase de San Sebastián pues de la ganadora del Oso de Oro se esperaba algo de calidad más evidente. Pero Black Coal es oriental, muy oriental, demasiado oriental.

Que los thriller asiáticos suelen ser crípticos, lentos e incluso confusos lo sabemos bien en occidente y los que somos muy aficionados a este subgénero nos encanta. Pero Diao Yinan va mil pasos más allá y nos pierde en un mar infinito de metáforas, elipsis y truncamientos haciendo del visionado de la cinta una odisea absoluta. Este mar infinito por momentos parece una forma de ocultar una historia que mirada totalmente en frío es lo más simple e incluso tonta que se puede ocurrir.

Está oculta también en, ahora sí, su mayor acierto, un apartado visual apabullante, que quita el hipo. Con una fotografía que recuerda a Sólo Dios perdona o Enter The Void y algunas escenas (muy escasas eso sí) impresionantes, sostenidas por largos planos fijos y secuencia se muestra la parte más brillante de la película que pudo ser y no fue. Es evidente que las intenciones del director eran las que se han visto. Quizá para él tenga sentido este puzle de momentos inconexos pero al menos para un único visionado la sensación es de hastío y confusión durante casi toda la película.

Autómata – Si Asimov levantase la cabeza…

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Antonio Banderas, Gabe Ibáñez, ciencia-ficción… No suena muy bien, no. La duda fue la sensación mayoritaria incluso antes de la proyección de Autómata, a quien muchos se referían antes de verla como la Yo, robot española. Pues siendo totalmente sincera solo puedo decir que ojalá se pareciera un poco más a Yo, robot. Autómata cuenta la historia de un agente de seguros de una compañía de robótica que mientras está trabajando descubre algo que podría tener consecuencias decisivas para el futuro de la humanidad.

Es una auténtica pena lo que ocurre con esta película. Ibáñez tenía material suficiente para haber hecho una película capaz de reflexionar con agudeza sobre los peligros de la inteligencia artificial, de lo que ocurriría si ésta superase a la del hombre en el futuro, y sin embargo el director de Hierro ha parido una obra de lo más boba e innecesaria, que no plantea absolutamente nada y que únicamente provoca bochorno en el espectador. Porque aunque al principio Autómata plantea cosas que pueden llegar a llamar la atención del público, pronto todo se torna estúpido e irrisorio (empezando por el personaje de Melanie Griffith y terminando por ese final tan espantoso). Por alabar algo, la fotografía es de lo más destacable, aunque en general el apartado técnico del filme es bastante solvente. Pero en conjunto Autómata carece de alma, es un producto totalmente fallido que no aportada nada a un género que en los días que corren podría ser muy interesante de abordar. Sin embargo, Ibáñez opta aquí por mostrarnos a Banderas pasando hambre y sed durante casi dos horas.

 Crónica escrita por Beatriz Bravo y Guillermo Martínez