Llegaban ayer a Cannes tres pesos pesados y por lo general, ninguno ha defraudado (aunque siempre existan opiniones discordanetes). Los Dardenne con Dos días, una noche, se postulan a mucho más que a ganar una Palma de Oro, si no a ser los primeros cineastas de la historia del festival que consiguen el máximo galardón por tercera ocasión. También presentó película Naomi Kawase, una obra llena de lirismo, que parece que podría hacer las delicias de la directora del jurado Jane Campion. Por último, y aunque fuera de concurso, presentaba Zhang Yimou, con una película que parece llevar su cine a sus comienzos (algo que ya ocurría con la fantástica Amor bajo el espino blanco), aunque sin la rotunda certeza de películas como ¡Vivir! o La linterna roja.

Dos días, una noche de Los hermanos Dardenne

dos dias

Estos artistas del cine social europeo pueden ser muchas cosas excepto maniqueos. Ellos plantean; si se quiere, incluso escupen ideas a la cara, situaciones con las que identificarse. Pero nunca juzgan. Y aquí cada trabajador encuentra sus razones para apoyar o denegar la cuestión, y todas pueden llegar a ser loables, comprensibles. Si unas lo son más que otras queda en la mente, en la conciencia, y en las tripas del espectador.

Javier Ocaña (El país)

Sin moralismos (con moral, pero sin moralismos. Nótese el matiz). Si se quiere, ésta es la cinta de los Dardenne menos lírica, menos fábula, menos pendiente de sorprender al espectador en una esquina milagrosa de la cotidianidad. Queriendo, éste es el acercamiento más evidente a eso que el tiempo ha dado en llamar cine social. Pero sin exagerar. El pulso firme, limpio y sin melodrama de los realizadores se mantiene, en efecto, transparente y perfectamente atento a las aristas de una realidad algo más que imperfecta. Sencillamente injusta.

Luis Martínez (El mundo)

Un certero y apabullante disparo al corazón del drama laboral que vive Europa. Marion Cotillard le pone más alma que cuerpo a esta cronología en busca de la dignidad propia y de los demás… La trama es sencilla: la echan del trabajo y a cambio le ofrecen a sus compañeros de fábrica una paga de mil euros… Sería la tercera Palma de Oro que ganan estos broders tan atentos al pulso que les rodea, y no sería algo descabellado.

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

El lugar del film es el de las obras emblemáticas del Neorrealismo. Urgente, transparente, serenamente militante, Deux jours… despliega el habitual torrente narrativo del sistema de los Dardenne: un río de escenas en perpetuo movimiento, pudorosas elipsis y un fino halo de suspense recubriendo todo el relato. En este caso, se trata de un “16 hombres sin piedad” en el que Cotillard va visitando, en un ritual dialéctico, a sus compañeros de trabajo, su jurado popular. Y la clave del triunfo de la película –lo que le permite escapar de la manipulación y el maniqueísmo– es la concisión y limpieza de los diálogos que entre la protagonista y sus compañeros de empleo, que van respondiendo de todos los modos imaginables a la petición de Sandra. No hay lugar para la negociación explosiva o la afectación melodramática: cada cual expone sus motivos y los Dardenne escuchan desde una distancia prudente. Aunque siguen de cerca a la protagonista, los hermanos belgas dejaron hace tiempo de pegar la cámara al cogote de sus protagonistas.

Manu Yáñez (Fotogramas)

Los Dardenne vuelven a dar en la diana retratando las consecuencias de desintegración ética que ha causado esta crisis, metiendo el dedo en la llaga del individualismo y el “sálvese quien pueda” que la precariedad laboral está provocando. El guión es excelente, certero, limpio y doloroso. Sin embargo, los maestros del naturalismo no han conseguido sacar de la frescura de sus personajes anteriores. Cotillard está correcta, pero no consigue entrar en el alma de una mujer corriente. Uno nunca deja de ver a la actriz, esforzada y profesional, pero que no acaba de parir al personaje.

María Guerra (La Script)

Cotillard en estado de gracia y la realización hiperrealista de los belgas, con esa cámara pegada a sus protagonistas que puede molestar por su persistencia pero que ratifica su compromiso autoral con su forma de entender el cine. Al final, ya sabéis lo que decía Kavafis, lo que importa es lo que uno aprende en el camino, recordar para ya nunca olvidarlo que coño significan las Ítacas.

Martín Cuesta (Cinemaadhoc)

Sin prometernos un final feliz pero sí un proceso durante el cual nunca se faltará a la verdad (pero sí a la coherencia racional en un momento determinado, lo cual es, guste o no, otro sello distintivo de la firma), el equipo Dardenne & Cotillard pone la personalidad a esta película redonda, tan cruda, perra, cercana y, en el fondo, esperanzadora como la insoportable realidad que nos (y la) rodea.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)

La marcada, e incluso tendenciosa, tonalidad socialista de Deux Jours, Une Nuit empaña tímidamente el filme, sobre todo por una conclusión que nos lleva a una de las tesis constantes del cine social: los empresarios como eternos villanos. Pero que la película se postule de un lado si acaso dignifica más a su personaje protagonista, de ahí que la emoción final, de claro tinte optimista, sea tan vigorizante. Habría que plantear en otro momento si, claro, ese epílogo es todo lo honesto que debería.

Emilio Doménech (Cinéfagos)

La película sigue a Sandra a lo largo de ese fin de semana en su periplo de compañero en compañero con el apoyo de su marido para intentar convencerles de que voten por ella en un repetitivo recorrido por un rosario de pequeñas crisis y pequeños proyectos puestos en cuestión por esta decisión demasiado naïf y con sobredosis de buenismo.

Carlos Elorza (Precríticas)

Still de Water de Naomi Kawase

still the water

Aguas tranquilas contiene, eso sí, un torrente de imágenes de exultante espiritualidad, allí donde la tierra y los cuerpos se funden para siempre. Kawase deslumbra a ratos con su cine envolvente y místico que apela a los cinco sentidos, pero casi convierte la complejidad de El bosque del luto (2007) en una película fácilmente asimilable en comparación con su nueva obra.

Javier Ocaña (El país)

La escena de la muerte de la madre, el pasaje de intimidad familiar en el regazo de un árbol inmenso o la conversación sorprendida de los adolescentes (y ya sentimos tanto lirismo de pandereta) justifican no una película, sino un festival entero. Pese a la imperfección o precisamente por ella.

Luis Martínez (El mundo)

La japonesa Naomi Kawase ha dejado la obra maestra de este Festival, “Still the water”, en ese lugar tan intocable que ni siquiera quitándole la Palma le arrebatarían el Oro. Obra inmensa, aun siendo diminuta, aun hablando de algo tan hablado como la vida y la muerte o el despertar del amor, porque filma algunos momentos y sentimientos tan sorprendentes y nuevos que inducen a la idea de que nunca se habían visto y sentido así. La joven pareja protagonista “inventan” el amor, y a través de su mirada vemos también el “invento” de la muerte, en una larga escena a la que tu cabeza se ha de ir acostumbrando porque destruye con auténtica felicidad la idea tenebrosa del fin.

Oti Rodríguez Marchante (ABC)

‘Still the Water’ de Naomi Kawase, una poética y sobria mirada al implacable ciclo vital desde el punto de vista de una adolescente que se enfrenta a la muerte de su madre, a su primer amor, el sexo. ‘Still the water’ tiene momentos de gran hondura y consigue plasmar con milagrosa transparencia la esencia vital. Todas

María Guerra (La Script)

Still the Water está más preocupada por los caprichos líricos de Kawase, muy empeñada en ensalzar la tradición cultural de su país y en encajar estrofas horteras en el texto, que por sus propios personajes, lo que se hace evidente en el clímax final. Muy olvidable.

Emilio Doménech (Cinéfagos)

La película se ha situado ya en la mayoría de las quinielas como una de las favoritas para figurar en el palmarés final. Una historia de amor adolescente marcada por la muerte. Hermosa y delicada, poética al principio, narrativa en su continuación, íntima y sugerente, romántica y humana sin caer nunca en lo cursi

Carlos Elorza (Precríticas)

Coming Home de Zhang Yimou

Coming home

El regreso a casa: un trabajo cercano a buena parte de los de sus inicios en esto de cosechar premios en festivales (Qui Ju, una mujer china y, sobre todo, ¡Vivir!), y en la línea de ese punto de giro que supuso la preciosa Amor bajo el espino blanco (2010) en esta última, y vacua a pesar de su grandilocuencia, etapa de su filmografía.

Javier Ocaña (El país)

De principio a fin, la cinta, que quiere ser metáfora de la memoria colectiva, se antoja irreprochable. Hasta perfecta. Lo que no siempre es bueno.

Luis Martínez (El mundo)

Melodrama de época de (gran) estudio, el toque de Zhang Yimou se va diluyendo cada vez más rápido en medio de una perfección técnica que apenas alcanza para maquillar las carencias tanto a la hora de abordar tanto la conciencia como la memoria Históricas, por no hablar del descaro y poco rubor con el que se va a buscar la lágrima más fácil. Las notas agudas de piano y los golpes emocionales de educación primaria se van sucediendo con la misma velocidad con la que se arrancan los pañuelos de papel del envoltorio original, sólo que de forma innecesariamente complicada e interminable. En algunas escenas clave, parece incluso como si los protagonistas se convirtieran en aquel adorable perrito de ‘Hachicko’. Así de primario; así de bajo.

Víctor Esquirol (El séptimo arte)