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Este dedito se fue a por leña…

Empieza la película y, tras unas cuantas letras israelíes, unos niños salen jugando al escondite. La secuencia inicial, sin voz y a cámara lenta, la protagoniza de manera magistral, repleta de matices y paseando la tensión a su antojo, la banda sonora. Sólo ésta secuencia justificaría la brutal afirmación publicitaria que hizo Tarantino sobre Big Bad Wolves. Sabes que algo malo va a pasar y, como buen espectador, solo puedes esperar a que ocurra. El que el título de la película aparezca integrado en un tejado solo es un detalle más que me confirma que esto va a estar realmente bien.

…este otro la cortó…

Me sorprende ver como mi falta de expectativas (ni buenas ni malas) deja lugar a un “me está gustando” muy agradable. Los actores están especialmente bien y el planteamiento de la historia, aunque manido, consigue encontrar su propio tono de originalidad. Es entonces cuando aparece de lleno el personaje Tzachi Grad y la película cambia. Pienso en Prisioneros, de Denis Villeneuve, pero dentro de un sótano y mucho más macarra. Las cartas están sobre la mesa y los lobos feroces escogen el camino del esperpento. Y ese es el mayor acierto de toda la cinta. Los extremos en los que se posicionan los personajes y sus caricaturescas personalidades insuflan un tono irreal a la brutal realidad que se nos cuenta y consiguen que, mientras ves cómo le arrancan los dedos a una persona (por ejemplo), tengas tiempo de echarte unas carcajadas antes de sentirte mal por dentro.

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…este cogió un huevo…

La dirección de Keshales y Papushado gana fuerza y, a pesar del ritmo lento de la cámara, los gestos y la sensación de claustrofobia, los acontecimientos se suceden rápido, sin descanso, con un guion fluido que combina frases hilarantes con intercambios secos y amenazadores. Los tres (luego cuatro) personajes principales terminan arrebatando el protagonismo a la trama principal, creando la necesidad de que quieras ver qué es lo que hacen y qué es lo que les pasa, dejando un poco de lado el misterio que (se supone) se ha de resolver. Pero la muerte sigue ahí, con la pregunta constante sobre lo qué es correcto y lo que no, quién miente y quién dice la verdad.

…este lo frío…

Los lobos son peligrosos. Y lo son aún más si están disfrazados de, digamos, un padre herido, un detective obsesionado o un pedófilo sin escrúpulos. El concepto en sí no es lo más original del mundo pero Big Bad Wolves lo estira tanto hasta sus últimas circunstancias que acabas sorprendiéndote de sorprenderte. Ya no es la brutalidad, ni el terror, ni el morbo que pudiera dar cualquiera de los variados métodos de tortura que se llevan a cabo. Es el paso siguiente, el próximo nivel de locura que alcanzará ese personaje de cuento que tiene encerrado en su sótano a un humilde profesor. Incluso sabiendo en ocasiones qué es lo que vendrá ahora, que obstáculo se interpondrá entre ellos y su objetivo, no importa, porque lo único que consigue es aumentar el suspense antes de que ocurra.

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…y este se comió a todos los demás.

Siendo quisquillosos, es cierto que llega un momento donde la dualidad empieza a resultar un poco tediosa y uno no cree que puedan sorprenderle más, cree que lo tiene todo controlado. Como aquel que cava con la incertidumbre de si hallará algo pero al final solo encentra un agujero en el suelo. Pero, al fin y al cabo, eso no tendría sentido. El castigador castiga. El sufridor sufre. El espectador observa. Y,  de entre todos los lobos que existen, al final, solo puede haber un único y genuino Lobo Feroz.

4.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Big Bad Wolves Director: Aharon Keshales, Navot Papushado Guión: Aharon Keshales, Navot Papushado Música: Haim Frank Ilfman Fotografía: Giora Bejach Reparto: Lior Ashkenazi, Tzachi Grad, Rotem Keinan, Dov Glickman, Menashe Noy, Dvir Benedek Distribuidora: Filmax Fecha de estreno: 21/05/2014