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Uno de los capítulos más tristes en la historia española fue sacado a la luz hace apenas unos años, nos referimos al robo de niños durante el periodo franquista. Miles de niños fueron arrebatados a sus padres y vendidos o entregados a otras familias, en muchos casos con la iglesia por mediante. Por fortuna, el avance social sufrido durante el S. XX (aunque ahora estemos entrando en un peligro de recesión), ha acabado permitiendo que todas estas cosas acaben saliendo a la luz, los que antes eran intocables, ciertamente, hoy no han dejado de serlo, pero ya lo son un poquito menos, y el mal, ese “evil” que recalca con efusividad el personaje de Steve Coogan se penaliza para (casi) todos por igual (o casi). El feroz miedo y la fuerte dictadura instalada por el supremo poder de la iglesia (especialmente la católica), fue (y por suerte, podemos empezar a hablar en pasado, aunque sólo podamos empezar a usarlo y con cierta cautela) atroz. Y es que así, y permitiéndome la licencia de citar a Bernard Shaw, pues estamos hablando de una película que el horror que relata se cometió en su misma Irlanda “El poder es la capacidad de pocos de hacerles creer a muchos lo poco que importan”, la iglesia ha hecho lo que ha querido durante años haciendo creer que ellos eran los únicos que importaban ante los ojos de su Dios. Así, ese horror que al principio comentábamos que se ha empezado a destapar en España, hemos descubierto que en otros lados se ha cometido por igual, por el mismo poder, no podía ser otro que el de la Iglesia (católica, como no).

Philomena Lee es una de estas personas a la que la iglesia les robó lo que más quería, a su propio hijo. Lo peor de este robo, no está simplemente ya en el robo, o la forma de la que cuando buscó la verdad se le ocultó, si no en que llegaron a hacerla creer que era algo que merecía, su pecado era únicamente haber tenido sexo extramarital con un chico cuando era joven. Hace ahora 50 años que nació el hijo de Philomena, y es una carga, que como todo pecado, le ha tocado vivir en secreto, pero necesita respuestas, necesita saber dónde está. Contará con la ayuda de un periodista, para ser capaz de revolver el mundo en busca de esas respuestas que tanto necesita y hallar cuál fue el paradero de su hijo. Realmente lo único que Philomena necesita es saber si su hijo, arrancado de su edad cuando no era más que un infante, llegó a pensar alguna vez en ella. Una búsqueda lógica y que esta mujer necesita para completar el ciclo de su existencia.

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Y volvamos a hablar una vez más del poder, porque la carga de Philomena hacia el poder no se centra únicamente en el ejercido por la iglesia, y establece un paralelismo tan peligroso, como cierto, con ese poder establecido por la iglesia. No se asusten por lo que van a leer, pues esto no es un ‘spoiler’ como tal, ese argumento tan banal y temido por el cinéfilo actual que busca la simpleza en la crítica cinematográfica intentando llegar completamente virgen a la película, pero a la vez se encuentra ávido de encontrar información (postura tan loable, como ilógica), pues lo que voy a desvelar a continuación es una revelación que se produce a mitad de la película y que no afecta para nada para nada a la conclusión de la película ni a lo que nos pretende narrar. Philomena descubre que su hijo murió, víctima del SIDA. La particularidad de este dato (que por desgracia no es una licencia cinematográfica), es que su hijo fue consejero legal en las administraciones de Ronald Reagan y George H. W. Bush. Ser republicano y gay en los 80, aunque este tipo hubiera salido del armario en su círculo íntimo, le obligaba a tener una tapadera y además le condenó a la propia muerte desde su interior, pues fue la administración de Reagan la que retiró la ayuda contra los enfermos de SIDA al culpar a los gays de su propia enfermedad. Si la iglesia hizo creer a Philomena que había pecado y la obligó a ocultar su secreto, fue su ideología política la que hizo ocultar su secreto a su hijo, haciéndole creer que lo que hacía estaba mal.

Quizá la mayor virtud de toda esta fuerte crítica es que no busca jamás criticar las creencias que pueda tener el ser humano, de hecho Philomena es una ferviente creyente católica, pero es tolerante y abierta de miras y mucho más solidaria y comprensiva que Martin Sixsmith el periodista que le acompaña, un cínico, ateo e incapaz de comprender los motivos de la fe de los demás, que se cree en posesión de la verdad absoluta y que le lleva a tratar con desprecio a aquellos que cree inferiores. No, la crítica que vierte Philomena no se halla entre las creencias personales, si no la forma de la que el poder aprovecha estas creencias para inculcar el miedo y el temor. Es también pues, esta búsqueda emprendida entre dos personas completamente dispares, lo que hará que Martin aprenda el importante valor de la tolerancia y cuáles son los motivos que mueven a Philomena en esa búsqueda, y que estos no están en culpar a nadie, sino simplemente en obtener la verdad, algo que desde su perspectiva completamente altruista y ofuscada en la creación de esa historia, que forzadamente necesita un villano, en un principio es incapaz de entender.

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Lo mejor de Philomena radica sobre todo en la contundencia de su guión. Es cierto que no deja de ser poco más que un melodrama al uso, que marca efusivamente cuándo el espectador debe llorar y cuando debe reír, pero lo hace con una naturalidad que nunca parece especialmente forzada, por lo que esto nunca llega a resultar molesto. El guión que firma el propio Steve Coogan, es inteligente, sabiendo mezclar esa crítica con un tono de “feel-good movie” que le sienta de maravilla a la película, jamás decide inclinar la balanza para ninguno de los dos lados, un completo acierto, porque su tono agradable tiene una clara implicación social y un motivo de denuncia sin que estos motivos eclipsen a la ambición de hacer cine. Stephen Frears un director bastante artesanal, que en su carrera tiene más fallos que aciertos (que también tiene, y algunos realmente loables), apuesta por una puesta en escena bastante convencional, haciendo que sean los ácidos diálogos escritos por Coogan y la labor de sus actores las que guíen la película.

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Porque ese es otro de los mayores aciertos de Philomena, sus actores. La mirada azul casi completa de Judi Dench, con la pupila reducida a un pequeño puntito imperceptible (ocasionado quizá por la degeneración macular que sufre la actriz) irradia tristeza, pero su rostro es tan cercano y afable que se siente completamente cercano al espectador, que se siente solidario ante la búsqueda ejercida por esta mujer. Por otro lado, el estupendo cómico Steve Coogan, demuestra tener un talento extraordinario para la dramatización, ambos componen una pareja improbable, que funciona y se entiende a la perfección y es a través de la cuál Philomena funciona con contundencia. Sumando a la ecuación la excelente partitura compuesta por Alexandre Desplat (¿estamos hablando del mejor compositor de la actualidad?) con ciertos toques que recuerdan a esa sensación mágica que compuso Yann Tiersen para Amelie y que imprime sobre la película un tono de un pequeño cuento, trágicamente real pero positivamente concluido. Porque la mordaz crítica de Philomena, acaba diluida por esa pequeño brillo de esperanza hacia que aquello que denuncia, sea algo que no se tenga que repetir jamás en nuestra historia.

3.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Philomena Director: Stephen Frears Guión: Steve Coogan, Jeff Pope Música: Alexandre Desplat Fotografía: Robbie Ryan Reparto: Judi Dench, Steve Coogan, Charlie Murphy, Simone Lahbib, Anna Maxwell Martin, Neve Gachev, Sophie Kennedy Clark, Charlotte Rickard, Nichola Fynn Distribuidora: Vértigo Fecha de estreno: 28/02/2014