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Existe una actividad que es un clásico en los estudios de cine y audiovisuales. Tarde o temprano, llega el momento de rodar un corto. Un momento importante en la carrera, la primera toma de contacto seria con la cámara para crear algo importante. Al menos esto es lo que piensan los estudiantes la primera vez que se enfrentan a ello. Es el momento en el que afloran miedos, dudas, egos y los conocimientos adquiridos durante los primeros meses de carrera. Esta experiencia también la vivió Hammudi Al-Rahmoun, que se fijó en los castings que se organizan para estos trabajos y se inspiró para esta particular adaptación de Otel·lo.

Aquí, Hammudi, adoptando el papel de Yago, organiza un casting para contratar a tres actores para los papeles de Otel·lo, Desdémona y Casio para rodar una adaptación de Otel·lo. En este casting llega a varios acuerdos con ellos que terminará por no cumplir y durante el rodaje se encargará de ir manipulándolos psicológicamente para sacar lo mejor que pueda para su obra.

El papel de un director de cine tiene que ser persuasivo y convencer a los actores para que hagan una escena de una determinada manera. Es un consejero durante el rodaje, el encargado de motivar a la plantilla y sacar lo que pretende. También hay directores más manipuladores que llevan a los actores hasta límites poco éticos por pura finalidad artística. Es el caso de Yago en esta adaptación de Otel·lo. ¿La finalidad? Rodar la película como tiene pensado, saltándose cualquier obstáculo moral propio o de uno de sus actores. Cualquier fin justifica los medios, sin importar el daño que se pueda causar.

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Otel·lo es una historia de pasión, traiciones y celos que Hammudi transforma en una mezcla entre una obra de teatro y un making of “gran-hermanizado” con doble ración de traición, pasión y celos. Teatro dentro del cine o cine dentro del cine, como se prefiera Hammudi construye una obra metalingüística bidireccional muy inteligente y atractiva en que dos ficciones, el rodaje de la película y el libreto del guión, se entremezclan, contaminándose de la misma manera que Yago contamina los pensamientos de sus actores. Nada es gratuito en Otel·lo, por eso siempre hay una cámara grabando todos los movimientos de la misma forma que una cámara seguiría al concursante de Gran Hermano u Operación triunfo. Se opta por censurar cierta intimidad, la que el director nos quiere mostrar, dándole un aire apresurado e improvisado cuando es todo lo contrario. De esta manera, podemos ver como los ardides de Yago afectan tanto al resultado final de la película como la actitud de los actores en la realidad cinematográfica. Se trata de un juego a dos bandas

En apenas 70 minutos, consigue actualizar de una manera muy sólida el clásico de Shakespeare del mismo modo que se lo proponía Josh Whedon en Mucho ruido y pocas nueces, con medios parecidos, pero resultados diferentes. Whedon necesitó un par de semanas y una cámara digital para su recreación, mientras que Hammudi se basta con 20.000 €, 3 días y una cámara digital. El director consigue economizar estos recursos para crear una obra aparentemente muy sencilla, con una imagen muy austera, pero que se interpela a sí misma y al espectador de una manera muy clara y directa. Una película catártica, transformadora de su entorno y que obliga a una reflexión. No todo vale a la hora de crear. No todo vale para conseguir un fin.

No es de extrañar que Otel·lo se haya llevado una nominación al Gaudí al mejor diseño de producción. Es una pequeña joya imprescindible.

Ficha Técnica:

Título original: Otel·lo Director: Hammudi Al-Rahmoun Guión: Hammudi Al-Rahmoun Música: Pau Loewe Fotografía: Pau Esteve Reparto: Ann M. Perelló, Youcef Allaoui, Hammudi Al-Rahmoun Font, Kike Fernandez, Marc Montañés, Laia Cobo Distribuidora: Splendor Films Fecha de estreno: 24/01/2014