El primer Sherlock Holmes de Ritchie realmente no era nada del otro mundo, una reinvención del personaje para adaptarlo más al terreno actual Hollywoodiense, aún así conseguía convertirse en una película bastante entretenida, en dónde la pirotecnia y las peleas altamente coreografiadas aún dejaban vislumbrar una interesante historia detectivesca en las sombrías y oscuras calles del Londres de finales del siglo XIX. En esta segunda parte mucho de eso se pierde, lo primero que se esfuma tal y como es de esperar es el factor novedoso, con la primera parte Ritchie nos sorprendía entregándonos a un Holmes muy videoclipero, pero que al no abusar excesivamente de ello tampoco se hacía pesado. También se van las calles de Londres, dejando paso a un escenario mucho más amplio que pierde también parte de ese romanticismo que el escenario daba al personaje, pero lo más importante y que parece que a Ritchie le importa más bien poco es que se olvida por completo de la faceta detectivesca del personaje, relegándola casi a un segundo plano para dar pie aún a más pirotecnia y golpes a cámara lenta. Holmes ha dejado de ser un tío inteligente para hacerle un personaje que básicamente se apoya en la lógica algo que se nos acaba haciendo bastante pesado.

Ritchie parece también demasiado convencido en explorar la relación homosexual de los personajes, mucho más de lo que nunca se había hecho hasta ahora. A Holmes parece molestarle mucho más que Watson se case a que se tenga que enfrentar a un peligro que pone en jaque a todo el mundo (lo cual se puede ver hasta lógico, teniendo en cuenta el poco interés que esta trama despierta en el espectador) y no dudará en irse de luna de miel con él, deshacerse de la esposa y llegar a consumar en un vals en el que por supuesto Holmes es el que lleva el ritmo. No es que moleste el excesivo travestismo de Holmes, ni el hecho de que se ahonde tanto en el tema ya que al fin y al cabo es algo también presente en las novelas de Doyle, pero sí que puede llegar a sentar mal darle a todo esto más protagonismo del que realmente debería tener. Ni que decir tiene que a estas alturas los chistes sexuales carecen de cualquier tipo de gracia.

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Una de las cosas más esperadas de esta secuela era el encuentro con Moriarty, algo que se dejaba bien abierto en la primera entrega, éste no podía ser más insatisfactorio. Aunque Jared Harris de lo mejor de sí para interpretar al archienemigo de Holmes, éste se presenta como un personaje plano, parece más digno de ser un villano de Bond que del detective de Baker Street e incluso su encuentro final es terriblemente insatisfactorio, sintiéndose realmente frío, cuando deberíamos ser testigos de un encuentro casi épico. Algo similar ocurre con Noomi Rapace que en su primer papel en lengua inglesa está totalmente desaprovechada interpretando a una gitana que se maneja muy bien con el cuchillo, un personaje que parece casi metido a calzador. Son sólo Robert Downey Jr. y Jude Law, los que desprendiendo una innegable química consiguen ser divertidos prácticamente con su presencia y de salvar a la película de caer en el más terrible caos.

Ritchie parece muy acomodado, eso le hace olvidarse y prescindir de todo lo que hizo del primer Sherlock Holmes un entretenimiento bastante digno y accesible para todo tipo de público, una nueva visión que tenía un punto de lo más interesante. Aquí estamos ante una película de excesos, Ritchie se excede con la pirotecnia, se excede con las peleas y las escenas a cámara lenta hasta el punto de llegar a agobiarnos, se excede hasta con el volumen de la estupenda banda sonora de Zimmer (Bueno, en realidad no cambia mucho con la de la primera parte) y se excede dejando que éstas y otras nimiedades sean capaces de eclipsar a un guión que no sabe hacer al espectador participe del juego que propone, desinteresándole del todo la historia central y sin que esto tenga graves consecuencias para seguir el desarrollo de la película, pero estamos hablando de una película cuyo villano es Moriarty y que debería ser capaz de conseguir bastante más.

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