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Un cursi como yo podría empezar preguntándose por el ritmo idóneo de eso que, vagamente, a falta de mayor concreción, solemos llamar vida. Podría decirse que no existe algo así como un ritmo idóneo, que depende de las obligaciones, exigencias, retos y maneras de cada época y de cada entorno. Puede ser. Pero también cabe reparar en que –vayan ustedes a saber por arte de qué magia- a veces todo parece encajar, resultando una especie de frágil armonía entre aquello que ocurre y el modo en que se nos muestra ese ocurrir. En ese milagro hay paz (que no es lo mismo que la ausencia de conflictos), una suerte de descanso oportuno, la instalación perfecta en el centro, en la tierra natal que nos asiste y nos sostiene más allá de fronteras y avatares socio-políticos.

De esta tierra habla Heimat (Edgar Reitz, 2013), una película-río de casi cuatro horas de duración que se ve con los ojos de Ana Torrent en El espíritu de la colmena, un goce estético, una crónica familiar por donde transita la historia alemana y, en el fondo, todas las historias que en el mundo han sido: la del primer y siempre único amor; la de las convulsas, insanas y también terapéuticas relaciones familiares, la del trabajo con las manos, el sudor y el alma rota; la de la ilusión, el desengaño y la rabia; la del viaje siempre por venir; la de los ritmos del sol y la luna; la del nacimiento, la muerte, el renacimiento y que siga girando el mundo.

Heimat supone una mirada atrás por parte de su director, después de haber acometido el enorme proyecto de plasmar el siglo XX alemán en una serie de películas para la televisión que, en tres secciones, ocupó más de cincuenta y tres horas de metraje. El ojo de la cámara se posa ahora entre los años 1842 y 1844, en el ficticio pueblo de Shabbach y en la familia Simon, donde Jakob (Jan Dieter Schneider), el menor de los hijos, lee, huye de las obligaciones que impone el padre, no aprende a bailar y, sobre todas las cosas, sueña con vivir lo leído. Son tiempos duros, la escasez es casi maldición bíblica y cada vez más familias emprenden irreversible viaje hacia la tierra prometida de Brasil, lugar mitificado, dorado país donde parecen crecer rosas en navidad, donde la nieve es desconocida y donde los niños no caen enfermos nada más nacer.

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Con ese viaje sueña Jakob, tal y como hace George Bailey en ¡Qué bello es vivir!, mientras en Shabbach ocurren las cosas que ocurren al ritmo que ellas van marcando, sin forzamientos industriosos, sin manejos acelerados por la mano del hombre, como pasan las estaciones, como nace y muere el día, acogidos los sucesos por un portentoso blanco y negro y unos sutiles detalles de color que refuerzan el milagro. El tiempo en Heimat es cíclico, la cámara flota por los campos de trigo y por los interiores de una humilde casa de pueblo, donde con absoluta naturalidad, con pena pero sin estridencias, también llega la muerte, así como el invierno sigue al otoño, así como rodaba Dreyer, así como ocurre en aquella maravilla titulada El sur que Víctor Erice dejó inacabada para la historia, y así como parece imposible desentrañar los secretos de una manera tan sutil de hacer una película, casi tejiéndola, sin subrayados, sin imposiciones, como si no hubiera cámara ni actores, sino lo inasible de la mera vida en movimiento. Y todo ello en silencio, todo ello callando, incluso más de lo que podría resultar sano para unos personajes que a veces parecen retratados por Munch, meros caminantes sin alma ni consuelo, juguetes a merced de no se sabe qué designios casi naturales de la tierra, de esa ambivalente Heimat que le da mucho más que título a este prodigio.

Suele traducirse por patria esa palabra alemana, pero su etimología abre una comprensión más adecuada y más esclarecedora para la película. Si patria señala un vínculo paterno y tal vez tenga más que ver con la pertenencia política a un suelo común ya devenido país o nación, el término Heimat alude más bien a lo materno, a una especie de vientre que acoge, que da sustento e impulsa a vivir. Es decir, a un ámbito que otorga los posibles para la propia realización, pero del que a la vez es necesario salir con esfuerzo para llevar a cabo justamente tal desarrollo. Tal es la tierra de la que habla Heimat, un entorno propio y acogedor a la vez que resistente a los proyectos de sus hijos; un lugar bellísimo que proporciona raíz y pertenencia, mientras atrapa y niega mejores expectativas; una casa cómoda y, a la vez, un erial siniestro donde el médico oficia de enterrador y el párroco parece estar siempre a punto de abrir el séptimo sello.

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De esta ambivalencia habla en susurros la película de Reitz, de la dialéctica de la tierra natal y del consecuente sueño del viaje como supuesto cese feliz de todas las contradicciones. Ocurre, sin embargo, que la tierra propia se cuela entre los bártulos de los que migran; pasa que quienes se quedan recogen las sobras y envejecen en un suelo que ya es otro teñido de ausencias; y sucede que tal vez, como dice el ya no tan joven Jakob, “solo tengo que cerrar los ojos para alcanzar cualquier meta: países lejanos, ciudades desconocidas en la selva, la orilla del mar.”

En definitiva, puede que no haya que irse de casa para irse de casa, sino atreverse a profundizar en la tierra misma hasta que –como dice el himno Badlands de Bruce Sprinsgteen– estas malas tierras empiecen a tratarnos bien. Puede.

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Ficha técnica:

Título original: Die Andere Heimat – Chronik einer Sehnsucht Director: Edgar Reitz Guión: Edgar Reitz, Gert Heidenreich Música: Michael Riessler Fotografía: Gernot Roll Reparto: Jan Dieter Schneider, Antonia Bill, Maximilian Scheidt, Marita Breuer, Rüdiger Kriese, Philine Lembeck Distribuidora: Surtsey Films Fecha de estreno: 18/09/2015