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Si por algo será recordado el cine del siglo XXI es, sin duda, por la oleada de nuevos cineastas new age con clara vocación moderna que han inundado el panorama actual de películas imberbes, pretenciosas y carentes de contenido. Quizá el precursor, y mal que me lluevan collejas como panes, ha sido Wes Anderson y esa manera tan geométrica y plana de narrar sus historias, pero lo cierto es que al menos el cineasta estadounidense tiene algo que defender. En el caso de Michiel Ten Horn, no tanto. El holandés presenta su nueva cinta Eva Van End en un caldo de cultivo favorable para este tipo de cine pero que no deja de ser un ejercicio mal construido sobre el eterno dilema de la madurez y el camino para encontrarse a sí mismo. El resto de la producción la conforma unos actores justitos pero aceptables, una fotografía interesante y alguna secuencia que otra que merece la pena subrayar. ¿El resto? Más de lo mismo.

Está de moda el nerd, el geek o lo que siempre ha sido, el freak. Ya no basta con serlo, ahora hay que presumirlo. Plataformas como tumblr, pinterest o vsco son el meeting point perfecto para que ciudadanos de todas las partes del mundo se den cita para adorar a lo raro, al “rara avis”. Al postureo de ver cosas que van desde ver pastar a un rebaño de vacas durante más de 7 horas, hasta tragarte video artes en los que aparece una persona depilándose las cejas con un hilo. Da igual si lo entiendes o no, la cuestión es no quedarse fuera. ¿De qué? Pues probablemente de una de las sociedades más competitivas y estrambóticas de todos los tiempos y que, además, cuenta con el peligroso poder de llegar a cualquier rincón, por inhóspito que sea, a través de un cable. Ten Horn es uno de esos que sabe de que va todo esto y hace películas para todos los públicos. Con arquetipos, razas y culturas dispares para que el espectador pueda engancharse a la dolencia que más le guste, porque el mensaje de la película se vislumbra desde el principio y no sé hasta que punto vale la pena quedarse en la sala para ver el final. Sea como fuere, lo cierto es que el cineasta holandés tiene un serio problema para que le tomemos en serio. Quizá porque sus principales inquietudes radican en un aspecto tan personal como la paz interior o la metamorfosis hacia un nuevo estadio y universo, representado en el personaje de Eva Van End pero que termina por contagiar a cada uno de los personajes que componen su familia: desde la madre que se engancha al yoga y a la vida sana; el padre encerrado en un matrimonio que hace aguas y no se le ocurre mejor manera para salir de ese bucle que enviar todos sus ahorros a un niño que vive en África y al que no conoce de nada; su hermano mayor cuya identidad sexual se ve cuestionada a lo largo del film; el hermano menor y su afán por meterse en líos; y ella misma, Eva, un patito feo que finalmente pasa a convertirse en cisne o simplemente, la desvirgan en un plegatín por un alemán borracho que no sabe muy bien cómo meterla. Quizá, uno de los mejores momentos de la cinta. Todos y cada uno de ellos teje un tapiz de lo más naïf sobre los métodos para ser feliz y que pasan por la religión, la sexualidad, la interacción social, el altruismo o la violencia. Todas y cada una de ellas afectan de una manera diferente a la familia y les otorga una nueva dimensión, hecho que explora el film de Ten Horn.

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No obstante, Eva Van End no es del todo una mala propuesta. Quizás, eso si, mal ubicada en el tiempo. Porque no nos sorprende nada de lo que cuenta y lo que le falta a la narración, se lo deja a una fotografía que ya hemos visto en anteriores ocasiones y que tampoco cumple su cometido. Además, el personaje de Eva no es el de un protagonista carismático por el que podamos sentir simpatía, más bien todo lo contrario. En realidad y haciendo memoria, dudo que haya ningún personaje al que realmente puedas tenderle una cierta estima, ni que sea por algún momento WTF! (que los hay), a lo largo de la cinta. Es por ello que la película peca a veces de pretenciosa, con un objeto catalizador (un joven alemán de intercambio que revoluciona el vecindario y las hormonas de Eva) que no es lo suficientemente potente como para que nos creamos que realmente los miembros de esa familia son tan desgraciados como nos los pintan. Eso no quita que haya momentos que dejen espacio para la buena interpretación como es el caso de Ton Kas que da vida a Evert, el padre de Eva, y con el que algunos momentos se le alcanza a sentir una mezcla de lástima y ternura. Pero más allá de ello, no considero que la película sobresalga por la interpretación de sus protagonistas. Quizá porque tampoco hay espacio para ello en un guión predecible, contenido y demasiado estratégico como para que pueda emocionarnos. Ni siquiera el momento de enterrar al conejito blanco (símbolo de pureza y virginidad), nos toca la patata. Desconozco si por voluntad del director o no, pero lo cierto es que la historia de Eva Van End la hemos visto antes.

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Personalmente soy de las que considera que si algo funciona para qué cambiarlo y el público consumidor de cine actual imagino que también, dado la extensa oferta de este tipo de cine hipster y new age tan Wes Anderson. Esto es un peligro a la par que una virtud, ya que al menos aunque la película sea un bodrio, siempre nos quedará la bonito de la fotografía como ya sucede en otros títulos de la misma índole. Eva Van End es un ejercicio naïf de un autor obsesionado con el crecimiento del ser humano y su afán por aprender de él. El resultado es fallido, pero con claros toques de genialidad que asoman por un libro que ya ha sido leído en demasiadas ocasiones. Recomendable para los que sólo quieran pasar un buen rato.

2.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: De Ontmaagding Van Eva Van End Director: Michiel Ten Horn Guión: Anne Barnhoorn Música: Djurre de Haan Fotografía: Jasper Wolf Reparto: Jacqueline Blom, Freerk Bos, Frans de Wit, Abe Dijkman, Flip Filz, Rafael Gareisen, Ton Kas, Giam Kwee, Vivian Dierickx Distribuidora: Paycom Spain Fecha de estreno: 30/01/2015