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Aun asumiendo que empezar una crítica ofreciendo argumentos para los haters supone ya otorgarles un pírrico pero innegable triunfo, hay que comenzar recordando que Chicago no tiene la culpa de haber privado del Oscar a la mejor película de 2003 a Las horas, El pianista y Gangs of New York. Alguien tenía que ganar, oigan, y arremeter contra Chicago por haberse alzado con la estatuilla en perjuicio de ese selectísimo ramillete sería tan injusto como hacerlo contra la película de Polanski o de Scorsese en las mismas circunstancias. Fue un gran año, qué le vamos a hacer.

Adaptando para la gran pantalla el legendario musical del mismo nombre, que ha superado las siete mil representaciones en Broadway, Rob Marshall logró un innegable éxito artístico y de taquilla cuyas claves residen, como es habitual en estos casos, en la confluencia de varios factores de distinto orden.

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Para empezar, está el libreto original con las canciones de Kander y Ebb. Por un lado Marshall corría el riesgo de no estar a su altura, pero por otro tenía ya mucho ganado con temas de tanta riqueza melódica e ingenio literario como Nowadays, Cell block tango o I can´t do it alone, imbricadas además en una trama vodevilesca empapada de sensualidad, clase, humor negro y desaforado cinismo. El macabro encanto de la historia que se nos cuenta se multiplica cuando uno llega a saber que está inspirada en hechos reales. En el Chicago de los años 20 se dieron varios casos de mujeres asesinas, todos los cuales tuvieron enorme eco mediático, hasta el punto de convertir en celebridades a sus protagonistas. El Chicago Tribune daba cuenta día a día del desarrollo de los juicios por sus crímenes sin escatimar sensacionalismo, ni privar a sus lectores de detalles sobre los modelitos lucidos por las reas: truculencia y petardeo de la mano. Lo único que la ficción aporta a las muy reales existencias de Roxy Hart y Velma Kelly (nuestras anti-heroínas) es su fijación por convertirse en estrellas del music-hall, objetivo para cuya consecución no vacilarán en valerse de la notoriedad  brindada por sus propios homicidios.

El mítico Bob Fosse asumió la responsabilidad inicial de la obra en Broadway, y si bien no llegó a tiempo de hacerse cargo de la dirección de la película (Fosse murió en 1987),  la adaptación cinematográfica se beneficia enormemente de su trabajo, quedando impregnada de su esencia. La puesta en escena que Fosse ideó para la obra en su versión escénica se conserva en alguna medida, y no son pocas las similitudes con la gran aportación cinematográfica de Fosse, la incomparable Cabaret, obra donde el genial coreógrafo y director trabajó también sobre música del dúo Kander-Ebb. Gran parte de las sinergias observadas en aquella colaboración entre los tres se producen en Chicago  de manera casi milagrosa, ya que como decimos nada tuvo que ver Fosse con la cinta que ahora comentamos. Su legado, sin embargo, es otra de las variables que explica la excelencia del largometraje. Rob Marshall, un artesano en el mejor de los casos (véase Nine, que sin éxito artístico  intenta replicar la fórmula, o valerse de una similar), aprovecha esa herencia sin rubor, y hasta aparece el nombre de Fosse en los títulos de agradecimiento. Viendo la filmografía de Marshall, uno tiende a pensar que Chicago le salió de casualidad. Pero lo cierto es que el camino venía marcado por Fosse, amén de la inspiración ocasional de Marshall, que sabe aprovechar bien los excelentes mimbres de los que se vale.

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Otro de los factores esenciales en el funcionamiento de la película es el trabajo de los actores. Renée Zellweger brinda ese tono amable que proyecta su personalidad (y los papeles con los que el inconsciente colectivo la relaciona, empezando por Bridget Jones) a un personaje gloriosamente abyecto como Roxy Hart, y ese contraste crea un mecanismo de compensación que da con el tono justo para Roxy. Por lo demás, y aun sin ser la mejor del reparto en ese apartado, Zellweger canta y baila con solvencia, como demuestra en el número al que da nombre el personaje, todo un compendio de los tópicos horteras con que el artista, en su frivolidad, suele despacharse cuando desgrana su relación con el público. “I´m a star. And the audience loves me. And I love them. And they love me for loving them and I love them for loving me. And we love each other. And that´s because none of us got enough love in their childhood”. Disculparéis que no me resista a citar los versos de ese momento de la película pero es que es el paradigma del meta-show-business satírico, un género que quizá no exista con ese nombre pero que, de existir y llamarse así, tendrá siempre en Chicago una de sus obras cumbre.

Por su parte, la oscarizada Catherine Zeta-Jones da con el punto de altivez y vulnerabilidad que necesita Velma Kelly, y se revela como una fantástica bailarina y cantante. El célebre número de apertura All that jazz, o el cierre al alimón con la propia Zellweger, son momentos para el recuerdo. A pesar de las críticas recibidas en su momento, Richard Gere da con el contrapunto exacto para ambas encarnando al inescrupuloso abogado Billy Flinn, a quien, como reza el número con el que se nos presenta, solo le interesa el amor. Y muy bien también los secundarios, con la eminente Queen Latifah a la cabeza: el modo en que dota a su personaje de esa certera mezcla de sofisticación y macarrismo bronxiano parece venirle dado, mágicamente, por el personaje en sí, aunque seguramente algo le habrá otorgado antes la actriz al personaje para garantizarse ese trato recíproco (“When you´re good to Mama, Mama´s good to you”).

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Junto a todos estos aciertos pormenorizables, late en Chicago algo intangible que la hace aún más especial. Pocas películas más rigurosamente amorales que Chicago: sus protagonistas mienten, engañan, manipulan. Matan. Solo uno de los personajes con cierto peso en la trama (Amos, el marido de Roxy, interpretado por John C. Reilly) se comporta con rectitud, pero no por ello nos cae mejor: su ingenuidad, de hecho, nos resulta patética, le hace insípido, incoloro (no en vano da pie al número Mr. Cellophane). Tampoco el resto de personajes nos inspira menos solidaridad que él por ser abyectos y sucumbir a las motivaciones más ruines. Al contrario: nos caen divinamente, nos resultan dolorosamente cercanos, quizá porque ni siquiera conduciéndose con esa mezquindad logran escapar a su condición de perdedores irremediables. Son, además, personajes que se entregan a un hedonismo que, envuelto en esa música y esa ambientación, se nos hace entrañable. “You can like the life you´re living. You can live the life you like. You can even marry Harry but mess around with Ike”. Dicho con esa candidez, dicho con esa melodía, resulta incluso encomiable. Puedes casarte con Harry para luego engañarle con Ike y terminar matando a ambos si te parece oportuno. No creas que por eso lograrás escapar a tu lastimosa condición de ser humano y, como tal, digno de la más absoluta compasión. Puedes incluso probar con algo peor (convertirte en estrella del show-business) sin llegar mucho más lejos. Al fin y al cabo, como dice Roxy, sin saber que en su burla dice toda la verdad, todo eso es porque no tuviste suficiente amor en tu infancia.