El Hollywood Pre-Code tiene uno de sus más famosos e interesantes exponentes en esta película de Alfred E. Green, que fue un señor que no perdió el tiempo en vida. Me maravilla la alegría y el vicio que se podía mostrar en los años 30 sin llegar al mal gusto de algunas películas de hoy día. ¡Qué descarado puede resultar el plano de una rodilla!

Parece ser que Carita de ángel fue la “respuesta” de Warner Bros. a la Metro-Goldwyn- Mayer por el estreno de La pelirroja, probablemente más divertida y descarada, con una Jean Harlow más espectacular de lo que vemos aquí a Barbara Stanwyck como Lily Powers —sugerente apellido—, que está más dispersa. Es como si a Alfred E. Green lo que más le importara fuera dejar claro que Stanwyck puede hacer lo que quiera contigo, por las veces en las que enfoca su cara con el gesto de sugerencia al hombre de turno, haciendo honor al título del film en España. George Brent aparece como Courtland Trenholm, pero no lo hace hasta casi el final. Y es una lástima porque retroalimenta muy bien a Stanwyck, aunque precisamente su personaje y la conclusión que de él saca el guión no sea lo que más me hubiera gustado ver como resultado de una obra con tanto potencial. Hasta su entrada en escena, Lily Powers va escalando metafórica y literalmente (nos enseñan planos del exterior de un edificio, en el que subimos de planta cada vez que asciende la protagonista) por el rascacielos de un banco, hasta llegar a una surrealista planta superior, en la que acaba enamorándose del jefe. Qué propicio.

Dejando a un lado lo provocador del asunto que trata, la mayoría del metraje transcurre de una forma atropellada hasta que llega a codearse con los altos cargos del banco, y Stanwyck se relaja en los diálogos con Brent. Quizá porque esperaba aspectos más reivindicativos, o porque echaba de menos más feminismo, ahora tan de moda, me he quedado un poco hueca tras ver el film.

Verdadero lance de la cinta, sin embargo, es el discurso del zapatero a Lily con el Superhombre Supermujer, mejor dicho— de por medio. No daban crédito mis oídos escuchando un diálogo que databa de 1933. Estamos tan acostumbrados al Hollywood mojigato actual, que nos sorprende ver algo en blanco y negro con intenciones más pícaras que una película estrenada antes de ayer. Magnífico, aunque no sé quién pondría más grito en el cielo, si Hays por la transgresión de cada uno de los apartados de su código, o las feministas por la visión del género. La película no acaba para nada bien.

Que no nos lo parezca cuando, casi cien años después, el trasfondo del guión sigue siendo nuestro pan de cada día.

Crítica escrita por Ágata Wyler